Opinión

Chaqueñito y la representación en crisis en Paraguay

Pablo Noé

| Por La Tribuna
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Chaqueñito

Una tarde cualquiera, de esas en las que la política se mete en la sobremesa sin pedir permiso, alguien tiró la frase como quien no quiere la cosa: “¿Viste lo de Chaqueñito?”. Nadie preguntó el nombre real. Nadie lo necesitó. Y en ese pequeño gesto —en esa naturalidad con la que un apodo reemplaza a una identidad— hay una señal más profunda de lo que estamos viviendo. Porque cuando un representante deja de ser reconocido por lo que hace y pasa a ser reducido a lo que simboliza, o peor, a lo que caricaturiza, algo se empieza a romper.

Javier Vera no será recordado por una ley, ni por una idea, ni por haber elevado el nivel del debate público. Su paso por el Congreso quedará asociado a otra cosa: a haber tensionado, una y otra vez, los límites de la representación democrática. Pero sería demasiado fácil —y hasta cómodo— creer que el problema es solo él. Nunca lo es. Su figura, en todo caso, funciona como un síntoma. Como una alerta que expone las grietas de un sistema que permite que lo improbable no solo ocurra, sino que se sostenga en el tiempo sin mayores costos.

Se ensayaron explicaciones; que fue el apuro para completar listas, que fue el arrastre electoral, que fue el sistema, que incluso representaba, en una especie de construcción forzada, a “los asaditeros del Paraguay”. Pero cuando la representación se convierte en caricatura, deja de ser representación. Y cuando los partidos —oficialismo y oposición incluidos— lo sostienen por conveniencia aritmética, el mensaje es todavía más preocupante: los votos valen, incluso cuando erosionan la credibilidad del sistema que los contiene.

Su conducta es inadmisible, su desempeño legislativo difícil de defender. Pero detenernos ahí es quedarnos en la superficie. Porque mientras se señala al individuo, el sistema sigue funcionando con las mismas reglas que hacen posible que aparezcan, una y otra vez, figuras que degradan la confianza pública. Y ahí es donde la discusión se vuelve realmente incómoda: ¿cómo reconstruir la representatividad sin romper la democracia?, ¿cómo fortalecer un modelo que se apoya en estructuras partidarias cerradas, acuerdos de cúpula y lógicas de poder que muchas veces están más cerca de la conveniencia que del mérito?

Cada episodio como este empuja un poco más a la sociedad hacia la frustración, hacia la idea de que nada cambia, de que todo está diseñado para repetirse. Y en ese clima, la tentación de dinamitarlo todo empieza a parecer una salida, pero no lo es. Porque la democracia, con todas sus imperfecciones, sigue siendo el único marco posible para corregir esos desvíos. El desafío es otro: animarse a revisar las reglas, abrir los mecanismos de selección, exigir más y mejor representación, entender que no todo puede seguir dependiendo de acuerdos que se cocinan lejos de la ciudadanía.

El final de esta historia parece escrito. La salida de Vera llegará, por la vía que corresponda. Pero sería ingenuo pensar que con eso alcanza, porque el problema no se va con él, sino que queda instalado, latente, esperando su próxima versión, su próximo nombre, su próximo apodo.

Y entonces volvemos a la sobremesa, a esa escena cotidiana donde alguien comenta, alguien se ríe con ironía, alguien se indigna, pero ya nadie se sorprende. Y ahí, en esa ausencia de sorpresa, está el verdadero riesgo. Porque cuando dejamos de esperar algo mejor, cuando aceptamos que la representación puede convertirse en parodia sin consecuencias reales, lo que empieza a vaciarse no es un senador, sino es la democracia misma, que sigue en pie, pero cada vez más liviana, más frágil, más parecida a ese comentario al pasar que ya nadie se toma del todo en serio.

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