Opinión

Todos contra todos

Por: Christian Torres

| Por La Tribuna

Este país es realmente un cambalache, donde el todos contra todos se juega con un entusiasmo increíble. Vyrorei “La biblia y el calefón”. Los sindicalistas, por ejemplo, cantan a voz en cuello “el pueblo unido”, y en el caso de los docentes tienen ¡21 sindicatos!, tres o cuatro federaciones y algunos más en proceso de formación. Nadie comulga con nadie. Y no son temas de fondo los que los separan, sino intereses crematísticos, pequeños feudos, parcelas de poder. Solo aquí.

Ahora todo el mundo grita. Todo el mundo habla, todo el mundo pontifica. IPS es uno de los blancos predilectos, pero te vas de madrugada y parece Caacupé por la cantidad de gente que llega buscando atención…

La rivalidad entre olimpistas y cerristas ya no es “folklórica”, alcanza niveles directamente delincuenciales. Nos estamos acostumbrando a la violencia.

Santi es otro “punching ball” de la perrada. Le dicen de todo, pero él va para adelante, impávido. Sabe que está haciendo bien las cosas. “Santítere” es lo habitual. En el Parlamento, Raúl Benítez lo tildó de ladrón, mentiroso, mitómano y hasta de imbécil… y no pasó nada. Y son varios.

Hasta la naturaleza parece asociarse a este desbarajuste general. Hoy se desata un diluvio feroz que arrasa con todo, y a la mañana siguiente amanece un sol radiante, como si nada hubiese pasado. Un país increíble...

Cuando escucho que todo el mundo dice lo que le da la gana, no puedo evitar pensar que ahora vivimos en otro mundo. Cómo cambiaron las cosas. En la época de Stroessner —ya quedamos pocos para recordarlo— no volaba una mosca sin la anuencia del dictador. Había que intuir qué no le iba a gustar para autocensurarse. Silencio… o aparecía el “matamoscas”. En los medios, era Cáceres Almada, poderoso subsecretario, con su amenaza clásica: “Lo perdono por esta vez, la próxima le llamo al dueño de su medio para que lo eche”. Y lo hacía.

En política, el asunto era directamente de vida o muerte. Reinaba el terror. Y aun así, hubo quienes resistieron. El caso de Domingo Laíno —hoy casi borrado de la memoria colectiva— es emblemático: entró y salió tantas veces de la cárcel que perdió la cuenta.

Leí una anécdota brutal en el libro de un exprisionero: Una celda oscura, húmeda, el piso resbaloso, imposible de pisar sin tropezar con bultos. Eran cuerpos humanos torturados, sangrantes, arrojados allí hasta la próxima “sesión”. Dantesco. Eso también fuimos.

Pero basta de ese pasado terrible, que hoy parece no importarle a casi nadie. Quizás ese sea parte del problema: olvidamos rápido y aprendemos poco.

La única salida a este marasmo sociológico-político-social sigue siendo la educación. Y la del Paraguay es pobre, desordenada, insuficiente. Todo esto en medio de un mundo con un despliegue tecnológico impresionante que nos empuja a una velocidad inédita. Nunca estuvimos tan conectados… y, sin embargo, tan desconcertados.

A esta “aceleración local” se suma una zozobra mundial creciente. El “naranjado” Trump patea el tablero sin misericordia y reinstala la lógica del choque permanente. El mundo también juega su propio todos contra todos, y nosotros, inevitablemente, quedamos dentro de esa ola.

Por supuesto, no tengo la solución para este barullo. Nadie la tiene en soledad. Tal vez el camino no sea apagar las voces —como en la época de Stroessner—, sino volver a discutir con argumentos, no con agravios; a disentir sin destruir; a competir sin aniquilar. Parece poco pero es muchísimo.

Porque, a pesar de todo, este país de locos, permítaseme decirlo, este mismo, caótico, contradictorio, pero de pronto solidario y “cholulo” (ama a los extranjeros), ha demostrado una y otra vez una capacidad de resiliencia fantástica. Llevado de la mano por sus mujeres (me anoto un poroto con lapa) calificadas por Franciscus, como las “Más gloriosas de América”.

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