Hay un fenómeno que crece en silencio por las ciudades paraguayas: el abandono masivo del empleo formal. Cada vez más personas dejan un salario fijo para sentarse frente a un volante y conducir para una plataforma. No lo hacen por vocación emprendedora ni por el deseo de “ser sus propios jefes”; lo hacen porque el sueldo ya no alcanza. Así de simple.
Conversar con quienes manejan diez o doce horas al día deja al descubierto una realidad que los informes económicos omiten. Muchos renunciaron a contratos, horarios y aportes al seguro social. No porque el nuevo trabajo sea “mejor”, sino porque la paga es inmediata. Hoy, la urgencia del presente pesa más que cualquier promesa de estabilidad futura.
Desde una visión de largo plazo, la decisión parece imprudente, sin jubilación, sin seguro médico y sin protección laboral. Pero ese razonamiento ignora una verdad incómoda: para miles de paraguayos, el futuro dejó de ser una prioridad porque el presente ya es imposible de sostener.
¿Quién vive hoy con un salario mínimo en Paraguay? Incluso quienes ganan un poco más enfrentan el mismo dilema. El alquiler, la comida, el transporte y los servicios básicos devoran el ingreso apenas se acredita. Cuando se termina de pagar lo básico, el salario ya se evaporó.
No es una situación marginal, con más de 30.000 conductores registrados en aplicaciones, estamos ante una masa laboral que lleva años fuera del sistema. Muchos no tienen intención de volver. La razón es unánime: al volante ganan más y manejan su tiempo. Esa combinación pesa más que un contrato que, en la práctica, dejó de garantizar una vida digna.
Pero detrás de esa elección hay una grieta que nadie quiere mirar de frente: ¿Qué pasará en veinte años con esta generación sin aportes? El problema no desaparece, solo se traslada hacia adelante. Estamos incubando una población envejecida sin jubilación ni cobertura de salud.
El problema no son las plataformas. El problema es un mercado laboral que dejó de ser un motor de progreso para convertirse en un estancamiento. Cuando trabajar ocho o diez horas diarias no cubre las necesidades básicas, el pacto social se rompe por dentro. En ese escenario, planificar el futuro es un lujo que pocos pueden permitirse.
La pregunta real no es por qué la gente abandona la formalidad. La pregunta es: ¿Qué tipo de país estamos construyendo cuando un contrato de trabajo ya no alcanza para vivir?
Mientras esa respuesta siga pendiente, miles de paraguayos seguirán tomando la misma decisión. No elegirán el futuro. Elegirán llegar a mañana.


