Opinión

Criar en calma cuando todo se desborda

Por: Eugenia Peroni

| Por La Tribuna
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Este artículo es tanto para los lectores como para quien escribe.

Llevan a un niño de urgencia a la sala de emergencias. La situación es crítica, pero los médicos no corren desesperados ni empiezan a improvisar. Tampoco se dejan llevar por el pánico. Hacen algo mucho más simple —y mucho más inteligente—: siguen un procedimiento.

Primero evalúan la situación. Luego controlan las constantes vitales. Estabilizan al paciente. Y recién entonces actúan.

La calma no aparece por casualidad. Es parte del método.

En la crianza ocurre algo muy parecido, solo que muchas veces los adultos hacemos exactamente lo contrario. Cuando nuestros hijos no escuchan, cuando se distraen, cuando hacen algo que no deberían, solemos saltar directamente al modo solución. Pedimos amablemente, luego exigimos, y si nada funciona, amenazamos con consecuencias. Todo ocurre en cuestión de segundos.

Es natural querer resolver el problema. De hecho, muchos padres sienten que deben hacerlo. Pero cuando el primer intento no funciona —cuando el niño ignora la instrucción o no cumple lo que prometió— la paciencia comienza a agotarse. La frustración crece, el tono de voz se eleva y entramos en ese círculo tan conocido de enojo, gritos y culpa.

No pasa porque seamos malos padres. Pasa porque nadie nos enseñó a detenernos antes de reaccionar.

La crianza, al igual que la medicina, también necesita un procedimiento que nos ayude a mantener la calma incluso cuando sentimos que la estamos perdiendo.

1. El primer paso es reconocer nuestros propios desencadenantes.

Hay palabras, comportamientos o situaciones que nos irritan más que otras, y muchas veces no tienen tanto que ver con nuestros hijos como con nuestra propia historia o con el día que estamos teniendo. Tal vez nos altera la desobediencia porque crecimos en un ambiente donde obedecer era la regla más importante. Tal vez el desorden nos desborda porque para nosotros el control siempre fue sinónimo de seguridad. Tal vez nuestro jefe nos amonestó o chocamos el auto y llegamos cargados a la casa.

Identificar esos disparadores no es un ejercicio de culpa, sino de conciencia. Cuando entendemos qué nos activa emocionalmente, tenemos más posibilidades de responder en lugar de reaccionar.

2. El segundo paso consiste en regular nuestras propias emociones antes de intentar regular las de nuestros hijos. Los niños aprenden mucho más de lo que observan que de lo que escuchan. Un adulto que grita intentando enseñar calma transmite exactamente lo contrario de lo que busca.

Respirar profundo puede ayudar, pero no siempre alcanza. Sobre todo en esos días en los que todo parece ponerse en contra… En esos momentos no necesitamos perfección; necesitamos estrategias.

3. El tercer paso es quizá el más importante: reparar la relación cuando nos equivocamos. Porque sí, a veces perdemos la paciencia. A veces gritamos. A veces decimos cosas que no queríamos decir. Eso no nos convierte en malos padres.

Lo que realmente importa es lo que hacemos después.

El silencio o la distancia pueden resultar más dolorosos para un niño y sobre todo para un adolescente que el conflicto mismo. Volver a conectar es fundamental. Un abrazo, una conversación o simplemente reconocer que nos equivocamos puede reparar mucho más de lo que imaginamos.

Criar no es hacer todo perfecto. Criar es aprender —igual que nuestros hijos— a intentarlo de nuevo.

Y tal vez ese es el aprendizaje más valioso que podemos transmitirles: que incluso cuando todo parece desbordarse, siempre existe la posibilidad de volver a empezar.

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