Robin Wood, el MEC y los libros reguetoneros

Miguel Ángel Gaspar

| Por La Tribuna
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Robin Wood

Plutarco cuenta que Licurgo, para demostrar que el carácter no se hereda, sino que se construye, tomó dos cachorros de la misma camada. A uno lo crió en la perrera, entre rastros y caza; al otro, entre platos y cojines. Cuando los mostró ante la asamblea espartana, uno olfateaba la liebre y el otro, el guiso. La lección era brutal en su simpleza: lo que dice Licurgo después no es “este es mejor”, no, dice algo para reflexionar: nacieron iguales. Lo que los separó no fue talento, fue lo que hicieron todos los días mientras nadie prestaba atención.

Los cuadernillos de Lengua Castellana y Literatura para el ciclo 2026 llegaron a las escuelas con letras de música urbana como ejercicio de “análisis crítico”.La justificación oficial habla de motivación lectora, de conectar con el entorno cotidiano de los jóvenes, de dinamismo pedagógico. Son argumentos que suenan razonables hasta que uno los examina y descubre que son, en realidad, la más elegante forma de rendirse a la industria del entretenimiento, especialista en generar linchamientos digitales para todos lo “no entretenidos”.

Pienso entonces en los materiales que sacara este mismo MEC de un escritor paraguayo al que el mundo entero reconoció como uno de los más grandes: Robin Wood.

Robin Wood nació en Caazapá en 1944. No conoció a su padre. Pasó parte de su infancia en orfanatos. Su educación formal no superó la primaria. Y, sin embargo, con esas cartas en la mano, se convirtió en el guionista más prolífico y celebrado de la historieta latinoamericana: más de 95 personajes creados, más de 10.000 guiones escritos, el Yellow Kid, el Oscar del cómic, recibido en Roma en 1997.

Yo lo conocí. Era un hombre que hablaba de Sumer con la misma naturalidad con que otros hablan del tiempo. Sus historietas, así las llamaba él, con esa modestia característica que no era falsa humildad sino exactitud, eran crónicas de sus viajes narradas por los personajes que nacían de su cabeza: guerreros mesopotámicos, mercenarios italianos del Renacimiento, navegantes sin puerto fijo. Literatura con viñetas. Aventura con sintaxis.

Un niño que lee a Robin Wood aprende que Paraguay puede narrar el mundo. Aprende que la imaginación no tiene techo, ni pasaporte, que alguien que creció sin nada fue capaz de construir universos que hoy habitan en las bibliotecas de Milán y Madrid.

Un niño que analiza letras de reguetón aprende a analizar letras de reguetón.

Los perros de Licurgo no eran mejores ni peores al nacer. Solo los alimentaron distinto. La pregunta es devastadoramente simple: ¿qué queremos que sepan hacer nuestros hijos cuando crezcan?

Porque la respuesta, siempre, empieza en lo que ponemos ante ellos cuando son pequeños.

En palabras de Robin Wood: “La gente que quiere leer y soñar es la que quiere vivir”.

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