Yo caminé entre gigantes. No lo supe entonces; lo comprendí mucho después, cuando entendí que aquellas conversaciones y redacciones compartidas no eran episodios comunes, sino estaciones de aprendizaje irrepetibles.
Hablo, por ejemplo, de José Luis Appleyard. Con él aprendí que la palabra exacta puede iluminarlo todo. Recuerdo una víspera de Viernes Santo en el antiguo diario La Tribuna. En la tapa, un enorme Cristo crucificado. Me pidieron el título y el copete. Presenté cerca de veinte alternativas. No gustó ninguna.
Desesperado, recurrí al maestro. Se sentó frente a su vieja máquina Olympia, con los dedos manchados de nicotina, y en segundos escribió: “Su soledad, la nuestra”. Allí estaba el crucifijo y aquellas cuatro palabras que lo decían todo. Fue aprobado de inmediato. Ese fue el primer gigante que conocí.
Otro fue Néstor Romero Valdovinos, escritor y poeta, un verdadero científico de las letras. Fue vecino y también maestro. Recuerdo que me contó cómo buscaba el final de su obra Mbocaya, ha’e ño, sobre los paraguayos que emigraban a Buenos Aires cargando soledad y nostalgia. Durante semanas, no encontraba el broche justo, hasta que en sueños apareció la frase: “Paraguay no es nuestra tierra…, pero es nuestra tierra”. En esa contradicción resumía el desgarro y el amor profundo por el país.
Con quien trabajé más tiempo fue con Helio Vera Viveros. Fundamos incluso una pequeña consultora. Helio era un genio irrepetible. Escribía con la computadora sobre las rodillas, como si solo transcribiera algo ya perfecto en su mente. Asesorábamos en comunicación a autoridades de la Justicia Electoral. En una ocasión, en un evento internacional, él no aparecía y el presidente me pedía empezar. Lo llamé insistentemente hasta que atendió; de fondo se escuchó el ladrido de su perra Luna. Aún estaba en su casa. Finalmente, llegó, habló y todo se ordenó.
Tenía una capacidad singular: cuando le pedían un editorial, preguntaba “¿a favor o en contra?”. Podía escribir con solvencia desde cualquier ángulo. Su “Tratado de Paraguayología” fue traducido a varios idiomas. Murió joven, pero dejó una huella imborrable.
Las cosas han cambiado. Cambiaron los paradigmas del periodismo y de la vida. El mundo avanza con una velocidad vertiginosa; la tecnología transforma la educación y hasta la manera en que pensamos. La inteligencia artificial escribe, habla, crea.
Y uno se pregunta hacia dónde vamos. Tal vez avancemos, pero también sé que vamos a extrañar a los gigantes: aquellos que llevaban consigo un bagaje inmenso de historia y genio personal.
Caminé entre gigantes. Y, al recordarlos, agradezco haber sido testigo de una época en la que la palabra tenía peso propio y la inteligencia no necesitaba artificios para imponerse.


