A sus 23 años, Ruru Sañuq es mucho más que un joven estudiante de Diseño Industrial en la Facultad de Arquitectura, Diseño y Arte (FADA) de la Universidad Nacional de Asunción. Es un puente viviente entre tres culturas y el depositario de una técnica milenaria que fascina al mundo del arte paraguayo. Su nombre, de profundo significado, resume su esencia: en quechua, “Ruru” significa “ser que trasciende a través del barro”. Y eso es exactamente lo que hace este artista, cuya historia comienza mucho antes de que sus pies tocaran suelo guaraní.
Un nombre quechua para una técnica ancestral
Hijo de un reconocido ceramista peruano conocido como “Maneno” y de una ceramista japonesa, Ruru nació en Ōtsu, Japón. El romance de sus padres es digno de una novela: se conocieron en Japón, donde su padre, un joven y talentoso maestro de bruñido del norte de Perú, fue invitado a dar una charla en la universidad donde su madre estudiaba. Desde los 2 años vivió en Perú, y en 2011, buscando tranquilidad y un punto céntrico entre Brasil y Argentina, donde su padre impartía talleres, la familia se radicó en Paraguay. “Desde cero llegamos y viajamos”, relata sobre el viaje de siete días en colectivo con sus hermanos menores. Aunque vivió principalmente en Asunción, este año la familia se mudó a su propio taller en Areguá, la “capital de la cerámica”. Allí, Ruru ha comenzado a explorar su propio camino artístico, uniendo las técnicas ancestrales heredadas de las culturas Vicús y Tallán del norte del Perú con la materialidad paraguaya.
El “bruñido” y el pulido: una técnica que cautiva
Lo que genera gran curiosidad y éxito en el trabajo de Ruru es, sin duda, su técnica. No utiliza esmaltado, el método más común hoy en día para dar brillo y protección a la cerámica. En su lugar, emplea el “bruñido”, un proceso que consiste en pulir la pieza de arcilla, ya seca, con una piedra lisa de río. El roce sella los poros y compacta la superficie, creando un acabado brillante y sedoso al tacto que es puramente natural. “Esa técnica es bastante ancestral”. Ruru comenzó a profundizar en esta tradición familiar a los 15 años, y hoy, a sus 23, es capaz de crear obras maestras utilizando solo herramientas manuales: la piedra, la paleta, y el modelado por placas. El proceso es laborioso y complejo; cada pieza es única y requiere semanas de trabajo. Ruru estima que para una exposición de 25 obras se requieren mínimo seis meses de dedicación.
La fauna como espejo y mensaje
Es en la elección de sus temas donde Ruru Sañuq encuentra su conexión más personal con su tierra adoptiva. Su más reciente exposición, dedicada a la fauna y flora del Paraguay, presentó 26 obras que incluían el tatú (armadillo), el oso hormiguero, la tortuga, el tapir, el tucán, el guacamayo, el búho, el tujuju cuartelero y el carpincho, entre otros. “Yo empecé haciendo cosas más abstractas, pero me inspiraba igual en la naturaleza”, cuenta. La decisión de enfocarse en los animales surgió “como para dar un mensaje de preservación para que la gente vea y conozca también. La sociedad ahora es trabajo y trabajo y no tienes tiempo para ver lo que está a tu alrededor la naturaleza”.
Su éxito es evidente, ya que ganó el premio Jajapo del Instituto Paraguayo de Artesanía (IPA) y fue invitado por la FADA a dar una charla sobre su trabajo. A corto plazo, busca impartir más talleres para compartir su conocimiento, y, a largo plazo, sueña con seguir cruzando fronteras, tener su propio taller y vivir plenamente del arte que trasciende mundos y protege la vida.
La palabra del día
Confluencia
Definición: Lugar o punto donde se unen distintas corrientes, ideas, tendencias o culturas.
La historia de Ruru Sañuq es una hermosa confluencia. En su arte convergen armónicamente la herencia japonesa, las técnicas milenarias peruanas y su amor por la biodiversidad de Paraguay. Esta unión no solo preserva un legado familiar invaluable a través del barro, sino que moldea un mensaje urgente de conservación, demostrando que múltiples raíces pueden entrelazarse para proteger nuestro entorno natural.


