Para Eliceo Duarte Montanía, joven de la comunidad Mbya Guaraní, dejar atrás su tierra natal en el departamento de Canindeyú, en Curuguaty, para aventurarse a la capital fue un desafío que combinaba valentía y fe. Llevaba muy poco equipaje material consigo, pero en su interior cargaba una convicción: convertirse en docente. Su camino hacia la meta estuvo marcado por obstáculos que habrían doblegado a cualquiera, pero que terminaron forjando en él un temple de acero.
Los primeros años en Asunción fueron una dura prueba de supervivencia y resistencia. Durante doce meses vivió bajo el amparo de una familia de gran corazón que le ofreció techo y comida, un gesto vital que atesora con un profundo agradecimiento como el cimiento indispensable de su oportunidad. Luego, su sustento dependió de un esfuerzo titánico, sosteniéndose económicamente trabajando cada fin de semana limpiando casas y administrando con extremo cuidado un modesto subsidio mensual que recibía del INDI.
La ciudad le presentó además una profunda barrera lingüística y cultural. Siendo el guaraní su lengua materna, expresarse fluidamente en castellano dentro de un entorno académico riguroso representó un trabajo inmenso. Eliceo superó paulatinamente el miedo a no encajar y se ganó el respeto incondicional de su entorno. Su mayor inspiración para no claudicar ante las adversidades tenía nombre y apellido: Celina Neumann, su profesora de primaria. Él recordaba patente cómo ella, sin ser de la comunidad indígena, caminaba tres kilómetros diarios en doble turno para darlo absolutamente todo por sus alumnos. Esa entrega desinteresada plantó en Eliceo la poderosa semilla de la docencia. Tras arduos años de sacrificio, finalmente se alzó con el anhelado título de licenciado en Educación Escolar Básica, siendo el primer egresado indígena del Instituto Nacional de Educación Superior (Inaes). Una victoria personal e histórica que siempre comparte con sus admiradas tutoras de tesis, las profesoras Clara Duarte y Leonidas Bareiro, quienes no lo abandonaron nunca en su proceso. Pero la obtención del título fue apenas el comienzo de su verdadera vocación.
En un viaje a la localidad de Pirayú para visitar a una tía en la comunidad indígena de Ñevanga Renda, se topó con una realidad dolorosa: la ausencia de maestros y el abandono escolar. Sin dudarlo, se instaló en el lugar y comenzó a enseñar voluntariamente. Hoy lleva más de un año impartiendo clases totalmente ad honorem. En un mundo donde el éxito suele medirse por la cifra del salario, Eliceo se levanta cada mañana movido por una deuda moral con su gente. Para él, ser protagonista del cambio social no requiere remuneración económica, sino la voluntad de transmitir conocimientos para que sus jóvenes alumnos forjen un pensamiento crítico, amen inmensamente su cultura y no oculten jamás sus raíces originarias.
Trabaja con una creatividad admirable, sosteniendo su humilde escuelita gracias a la valiosa donación de personas solidarias que le envían periódicos, libros, enciclopedias y cuadernos, dándoles utilidad a cada página. Su mirada analítica resalta la necesidad de urgentes adaptaciones curriculares por parte del Estado, ya que al asumir su rol notó con tristeza que la mayoría de los niños ni siquiera lograba comprender lo que leía.
Sin embargo, el aula no es su única trinchera de lucha. Consciente de que el desarraigo urbano amenaza seriamente las tradiciones Mbya, Eliceo codirige hoy la brillante iniciativa comunitaria Ao Apo junto a la talentosa artesana Silvia Portillo. Este proyecto textil rescata la dignidad, la memoria y la identidad a través del arte, transformando saberes ancestrales en un modelo económico genuino y sostenible para cubrir los gastos básicos de las familias.
Lo que comenzó tímidamente con la confección de bolsos apunta en el presente a la creación de camisas para empresas más grandes. El impacto de Ao Apo ha sido tan rotundo que, con el acompañamiento integral de la organización Weimpact, se presentó en un panel en la Galería ArtLAC del prestigioso Banco Interamericano de Desarrollo en Washington D.C., demostrando a nivel global que las prácticas creativas indígenas pueden insertarse exitosamente en mercados contemporáneos.
Hoy, Eliceo proyecta su voz inspiradora mucho más allá de las aulas. Seleccionado merecidamente para representar a Paraguay en un importante campamento internacional en Chile, exige con determinación a las autoridades competentes una mayor formación profesional y adaptación al mundo digital para los docentes indígenas.
Sueña despierto con un Paraguay donde los niños y jóvenes crucen fronteras sin abandonar jamás su esencia espiritual. A quienes hoy dudan frente a las aplastantes dificultades, les deja un mensaje de su propia experiencia: no se detengan ante nada, comprendan que cada enorme sacrificio tiene una recompensa que nadie podrá arrebatarles, atrévanse siempre a pedir ayuda cuando flaqueen y sueñen en grande para convertirse, con orgullo, en la esperanza viva de todo su pueblo.


