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Ricardo Sanabria: el abogado que camina 800 km haciendo el Camino de Santiago

El silencio de la meseta castellana solo se ve interrumpido por el rítmico golpeteo de unos bastones contra el sendero de tierra. Para Ricardo Sanabria, cada paso es una conversación con el tiempo, un diálogo que comenzó hace once años en una lejana aula universitaria de España y que hoy, a sus 36 años, se materializa en una travesía de fe, resistencia y descubrimiento personal.

| Por La Tribuna
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Ricardo Sanabria, el "paraguayito en el camino", posa sonriente frente al cartel que marca su ingreso a la comunidad de La Rioja. Cada cartel es un hito superado y un recordatorio de que los sueños, paso a paso, se vuelven realidad.

Todo nació de una anécdota fortuita. Durante sus años de maestría en Salamanca, en una clase de oratoria, el profesor pidió a los alumnos relatar una travesía significativa. Uno a uno, sus compañeros comenzaron a hablar del Camino de Santiago con una pasión que a Ricardo le resultó ajena y fascinante a la vez. En aquel entonces, él no tenía idea de qué era esa ruta milenaria, pero la semilla quedó plantada. Aquel joven de 25 años se prometió que algún día él también sería protagonista de esos relatos. Sin embargo, la vida y sus responsabilidades lo devolvieron a Asunción, donde el sueño quedó guardado en un rincón del alma mientras ejercía su profesión. Pero los sueños, cuando son auténticos, no mueren; simplemente susurran hasta que decidimos escucharlos y dar el primer paso.

La espera no fue pasiva ni sencilla. Durante más de una década, Ricardo trabajó y ahorró con una disciplina admirable, demostrando que ir tras una meta grande requiere de sacrificios cotidianos y pequeños. No solo se trató de dinero, fue una ingeniería de vida para coordinar vacaciones, feriados de Semana Santa y licencias laborales. Para financiar el proyecto, organizó proyecciones de cine sobre el Camino, cobró entradas y recibió el apoyo incondicional de su familia, quienes, aunque al principio no comprendían la necesidad de tal esfuerzo físico, terminaron contagiados por su convicción. Así nació “Paraguayito en el camino”, una iniciativa que hoy, en su décimo día de marcha, lo sitúa en la histórica Burgos, con la mente puesta en los 33 días que le tomará completar el recorrido. Es la prueba viviente de que la diferencia entre un deseo y una realidad es, simplemente, ponerle una fecha.

Caminar 25 kilómetros diarios no es solo un reto para las piernas, sino una batalla contra la propia mente. Ricardo confiesa que hay momentos de extrema dureza donde el cuerpo parece claudicar y la sensación de finitud se vuelve real. Sin embargo, es en esa vulnerabilidad donde aparece la verdadera fortaleza. En los albergues y senderos se ha encontrado con una humanidad vibrante: personas que huyen de crisis personales, buscadores de respuestas y caminantes movidos por una fe inquebrantable. Lo que más le ha conmovido es la curiosidad que despierta su origen. En un ecosistema global donde pocos conocen Paraguay, Ricardo se ha convertido en un embajador itinerante, practicando su inglés para explicar dónde queda su tierra y compartiendo su cultura con cada sello en su credencial de peregrino. Su viaje enseña que, cuando uno se atreve a salir al mundo, no solo se encuentra a sí mismo, sino que pone su pedazo de mundo en el mapa de los demás.

Pero su visión trasciende el logro personal. Ricardo ya proyecta su regreso a Paraguay con un objetivo claro: fundar la Asociación de Amigos de Santiago de Compostela. Sabe que hay muchos compatriotas que han realizado la ruta, pero se encuentran dispersos. Quiere nuclear esa energía, asesorar a futuros viajeros y difundir la historia del Apóstol como una herramienta de transformación espiritual. Además, documenta cada tramo en video para un futuro documental que sirva de guía e inspiración para otros. Su mensaje es potente y urgente: el Camino, como la vida, exige el coraje de dar el primer paso. No importa si pasan once años o una vida entera; lo vital es no dejar que los anhelos se marchiten en la inacción. Con cada ampolla y cada atardecer, este “paraguayito” demuestra que el éxito no es solo llegar a la Catedral, sino haber tenido la valentía de abandonar la orilla para ir a buscar lo que el corazón siempre supo que necesitaba. Al final, los sueños no se cumplen, se caminan.

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