Hay personas que parecen estar hechas de una tela que no se desgarra, por más de que la vida tire con fuerza. Rebeca Maidana es una de ellas. Su historia con la moda no empezó en una pasarela, sino en el silencio de una crisis; hace nueve años, se quedó sin empleo. Con el título de enfermera bajo el brazo pero la incertidumbre en el pecho, se refugió en lo que sus manos recordaban por herencia. Su abuela le había enseñado a tejer crochet, un conocimiento empírico que fue la semilla de Minerva, su marca propia.
Lo que empezó como un hobby autodidacta, pronto exigió estructura. Rebeca no solo tenía ganas; tenía lo que ella llama “ser caradura”, ese ímpetu de atropellar al miedo. Tras confeccionar su primera camisa y vender rápidamente las cuatro siguientes, entendió que el talento necesitaba técnica. Se inscribió en el SNPP para estudiar corte y confección, un paso que le abrió el panorama y le dio las herramientas para entender que su pasión podía ser, efectivamente, un negocio.
El camino de Minerva ha sido un reflejo de la vida de su creadora; cíclico, valiente y profundamente humano. Cuando quedó embarazada de su hijo Cayetano, la necesidad de ingresos la empujó a dedicarse de lleno a la costura. Desde un pequeño taller en su casa, con una sola máquina y la potencia de las redes sociales, empezó a construir una comunidad. Lo que siguió fue una tienda física y un equipo de colaboradoras. Luego llegó el 2020, y mientras el mundo se detenía por la pandemia, Rebeca aceleraba. Fue pionera en transformar retazos de colores en tapabocas que se volvieron un éxito rotundo, permitiéndole dar empleo a seis personas y consolidar su marca en un momento de crisis global.
Sin embargo, el éxito no es una línea recta. El 2023 trajo otra crisis que la obligó a achicar el taller y regresar a sus inicios en casa. Pero Rebeca no sabe rendirse. En 2024 se mudó a un paseo en Villa Morra, logrando un éxito notable, solo para enfrentarse a un nuevo golpe en 2025: la clausura del predio y la necesidad de cerrar su local nuevamente. En medio de esa tormenta, tuvo que buscar un empleo estable por primera vez. Aunque no tenía un currículum tradicional, su trayectoria hablaba por ella, ya que las empresas la buscaban porque conocían su calidad. Trabajó siete meses como diseñadora para una marca grande, pero el llamado de Minerva era más fuerte. Renunció para priorizar su sueño, volviendo a apostar por su local en el barrio Las Mercedes.
Hoy, en 2026, el destino le ha dado a Rebeca una nueva “vuelta de tuerca” cargada de patriotismo y frescura. En un mercado saturado de remeras de fútbol, ella se atrevió a pensar distinto: “¿Por qué no una camisa albirroja?”. Diseñó una prenda en tonos bordó y tela natural que se volvió viral instantáneamente. No es solo ropa; es un símbolo de identidad que la gente ha abrazado con fervor. Con más de 300 pedidos pagados por adelantado y una demanda que sobrepasa su capacidad de producción, la “camisa albirroja” se ha convertido en el motor que está sacando a flote su emprendimiento una vez más.
Rebeca asegura que la clave de su permanencia es la fidelización. Sus clientes no compran solo una prenda; buscan la esencia de Minerva, esa que ella teme perder si se industrializa demasiado rápido. Aunque hoy se enfrenta al desafío de crecer hacia el mercado mayorista, su prioridad sigue siendo el cuidado del detalle. Vive con Cayetano, su hijo de 9 años y compañero de batallas, quien es la razón detrás de cada puntada.
La historia de Rebeca Maidana es un recordatorio de que emprender es, sobre todo, un acto de fe y persistencia. Entre retazos, máquinas de coser y el fervor de una hinchada que ahora viste sus diseños. Ella demuestra que no importa cuántas veces haya que cerrar un local o volver a empezar desde casa, mientras haya una idea y el coraje para “atropellar”, siempre habrá una nueva camisa lista para conquistar el mundo.


