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Ñemity Mbo’ehaópe, cuando la huerta se convierte en el aula viva

Hay personas que guardan en su memoria el aroma de la tierra mojada y el sonido de un arroyo como un tesoro que define su destino. Lucha Abbate es una de ellas. A sus 78 años, su voz no solo transmite la experiencia de décadas de labor social, sino la frescura de quien sigue encontrando asombro en el brote de una semilla. Su historia es la crónica de una mujer que decidió que las paredes de un aula eran demasiado estrechas para contener la inmensidad del aprendizaje humano.

| Por La Tribuna
Clases a cielo abierto: La cosecha de lechugas es el resultado palpable de una educación que une la ciencia, el trabajo en equipo y el respeto por el ambiente.

Todo comenzó con un recuerdo de infancia en el campo y una preocupación que se transformó en misión: ¿cómo es posible que los niños de la ciudad desconozcan el origen de lo que comen? Para Lucha, ese abismo entre el asfalto y la raíz era una herida en la educación. Así nació, en los años 90, la Granja Escuela Mamoreí, la primera experiencia privada de este tipo en el país. Allí, bajo la guía espiritual y pedagógica del padre Jesús Montero Tirado, Lucha comprendió que el aprendizaje no debía ser una carga pesada, sino la aventura más fascinante del ser humano.

En Mamoreí, los niños de los colegios más exclusivos de Asunción descubrieron que en la naturaleza nada se pierde y todo se transforma. No era una frase de manual, era una vivencia. Recogían cáscaras, hojas secas y palitos para convertirlos en abono; preparaban los tablones, sembraban, regaban y, finalmente, cosechaban para sentarse a la mesa a comer una sopa de verduras que ellos mismos habían gestado. “Ellos iban a vivenciar el ciclo de la vida”, recuerda Lucha con esa pasión que la caracteriza.

Pero su corazón siempre latió por la equidad. Lo que era un éxito en el sector privado debía llegar a la escuela pública. Así fundó Tierra Nuestra, gestionando fondos internacionales y nacionales para llevar este modelo a más de 400 instituciones en todo el país, sistematizando el programa y logrando que el Ministerio de Educación lo declarara de interés educativo. Tras 25 años de entrega, Lucha se retiró de la fundación, pero la tierra, fiel a su ciclo, la llamó de nuevo.

Hace apenas un año, una conversación con su sobrino y ahijado, vinculado a la empresa Vanguardia Agronegocios, encendió la chispa definitiva. El desafío era Arroyos y Esteros. Lucha, con la sabiduría de quien sabe que los grandes proyectos se construyen con afectos, convocó a sus antiguos facilitadores —aquellos que empezaron con ella siendo adolescentes y hoy son profesionales de élite— para conformar un equipo que regresara al barro. Bajo el patrocinio de Vanguardia y en alianza con la Fundación Moisés Bertoni, nació el proyecto Ñemity Mbo’ehaópe (sembrar en la escuela).

Este proyecto no es solo una huerta, es la resurrección de la “Escuela Nueva” de Ramón Indalecio Cardoso. Lucha se inspiró en aquel pedagogo paraguayo que en los años 20 ya hablaba de una “escuela activa”, donde el aprendizaje es vivencial y prepara para la vida y la producción. Hoy, en Arroyos y Esteros, la huerta es el eje transversal del currículum. Allí, la matemática se aprende midiendo perímetros de tablones; la lengua, redactando crónicas de la siembra; y las ciencias naturales, observando los puntos cardinales y el comportamiento del clima.

La fase actual marca un hito: la expansión al Tercer Ciclo, la Educación Media y en los BTA (Bachilleres Técnicos Agropecuarios) buscando que los jóvenes de seis escuelas públicas no solo produzcan alimentos, sino que desarrollen “habilidades blandas”: trabajo en equipo, comunicación, liderazgo y solidaridad. Lucha insiste en que no se puede progresar solo; el programa es una “comunidad emprendedora” que involucra a padres, directores y voluntarios de las empresas patrocinadoras, rompiendo barreras sociales y generando un círculo de sensibilidad humana.

Los desafíos no han sido pocos. La sequía brutal de la zona puso a prueba la templanza del equipo, pero las lluvias recientes llegaron como una bendición para la siembra de esta tercera etapa. El impacto es innegable: más de 4.000 plazas de capacitación en dos años y una generación de niños que hoy miran la tierra con respeto y esperanza. Para Lucha Abbate, el orgullo es la satisfacción humilde de ver que su legado florece en manos de otros.

Ñemity Mbo’ehaópe demuestra que, cuando el sector privado, el Estado y la comunidad se alinean bajo una visión inspiradora, la educación se transforma en un acto de amor por la vida. Lucha, a sus 78 años, sigue caminando entre los tablones, recordándonos que enseñar es, en esencia, cultivar el futuro a cielo abierto.

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