Ña Tere y Clarita: las manos que vencen al hambre con amor

Lo que comenzó como un intercambio de materiales reciclados se convirtió en una alianza inquebrantable de amor. La historia de ña Tere, una abuela que alimenta a 150 niños cada sábado, y Clarita Garófalo, el puente solidario que sostiene sus sueños, es el testimonio vivo de cómo la unión entre mujeres puede cambiar la realidad de un barrio entero.

| Por La Tribuna
Ña Tere junto a su hermana, una de las manos valientes que la acompañan en la misión de que ningún niño del barrio se quede sin su plato de comida.

Caminar por las calles de Viñas Cué es encontrarse con el eco de una labor que no sabe de cansancio, pero sí de esperanza. Allí, donde el asfalto a veces olvida llegar, la figura de Teresa Báez se recorta contra el horizonte como un monumento a la resiliencia paraguaya. A sus 63 años, “ña Tere”, como la llaman con una mezcla de respeto y ternura, lleva en su piel los surcos de una vida que comenzó con el desarraigo de su natal Caballero, en Paraguarí, y se forjó en la dureza de la capital. Madre de seis mujeres, abuela de veinte nietos y bisabuela de dos, su vida podría haber sido la historia de una mujer que simplemente descansa tras décadas de esfuerzo, pero el corazón de Teresa late con un ritmo distinto: uno que se acelera cuando hay alguien con hambre.

Durante veinte años, sus manos se curtieron entre cartones y plásticos. El reciclaje no fue solo su sustento, sino el puente que la conectó con la realidad de un barrio que vive con carencias, pero también con sueños. Fue en ese trajinar donde germinó la semilla de lo que hoy es el Comedor Comunitario “El Buen Pastor”. En el 2020, cuando el mundo parecía detenerse por la incertidumbre, Ña Tere decidió avanzar. Con la donación de insumos de una persona solidaria y el apoyo de su hija y su yerno, comprando carne y carbón con lo poco que tenían, encendió el fuego de las primeras ollas populares. Lo que comenzó como un gesto de auxilio se convirtió en un refugio semanal donde 150 niños encuentran, cada sábado, algo más que un plato de comida; encuentran dignidad servida en forma de un guiso suculento o una sencilla pero amorosa ensalada de porotos con tortilla.

Sin embargo, las historias de los grandes cambios rara vez se escriben en soledad. En el 2022, el destino puso a prueba la fe de Teresa. Se acercaba el Día del Niño y la promesa de unos juguetes se desvaneció, dejando un vacío amargo en el barrio. Fue entonces cuando apareció Clarita Garófalo. Clarita no era una extraña para Teresa, era la mujer que solía entregarle sus materiales reciclados. Al enterarse de la desilusión que acechaba a los pequeños de Viñas Cué, Clarita no se quedó en la compasión, sino que pasó a la acción. Movilizó a su familia, amigos y antiguos compañeros de colegio, logrando que ese día no solo hubiera juguetes, sino también una merienda inolvidable.

Ese encuentro fue el nacimiento de una alianza inquebrantable que trasciende clases sociales, edades y fronteras geográficas dentro de una misma ciudad. Es la unión de dos mujeres que entienden el amor como un verbo. Gracias a la gestión incansable de Clarita, las donaciones de carne, pollo y fideos empezaron a llegar de forma sostenida. La precariedad era tal que, al principio, ña Tere debía pagarle a un vecino para que le permitiera usar su heladera y no perder los insumos, hasta que la solidaridad volvió a tocar a la puerta en forma de un pequeño congelador propio que hoy custodia la “cadena de frío” de la esperanza.

La salud de Teresa ha intentado frenarla, pero ha fallado en el intento. Ha superado dos cirugías de corazón y dos cateterismos, intervenciones que habrían jubilado a cualquiera, pero que en ella solo parecen haber renovado su propósito. “Seguiré hasta que Dios diga basta”, afirma con una fe que desarma cualquier lógica médica. Su combustible no son los medicamentos, sino el abrazo de esos niños que la llaman “tía” o “abuela”, y que corren a su encuentro preguntando qué habrá de rico hoy. Para ella, el servicio no es un sacrificio, sino una retribución. Recuerda a su padre como un hombre solidario y siente que cada plato que sirve es una forma de honrar su legado y agradecer a quienes alguna vez le tendieron la mano a ella.

Clarita Garófalo, por su parte, observa esta obra con humildad, consciente de que, aunque un plato de comida no es la solución definitiva a los problemas estructurales de la vulnerabilidad, es el alivio necesario para que un ser humano tenga fuerzas para seguir un día más. Juntas, estas dos mujeres han demostrado que para ayudar no se necesita que sobre nada, solo se necesita que el corazón sea lo suficientemente grande como para no ser indiferente.

Hoy, ña Tere no se conforma con los almuerzos. Si el presupuesto lo permite, durante la semana se las ingenia para que el cocido con leche o la chocolatada anime las tardes del barrio. Su historia es la prueba viviente de que la verdadera riqueza no reside en lo que se acumula, sino en lo que se es capaz de repartir. En el comedor El Buen Pastor, el fuego nunca se apaga del todo, porque mientras haya una mano dispuesta a dar y otra dispuesta a recibir, el milagro de la solidaridad seguirá alimentando el alma de muchas familias.

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