Jacinta Pereira Hicret, una mujer sanapaná cuya vida es el testimonio vivo de que la dignidad no tiene fecha de vencimiento y que el conocimiento es la herramienta más poderosa para la libertad. Jacinta es la primera lideresa indígena del Paraguay. Su comunidad lleva el nombre de Redención, también conocida como “Yesoal Sectema”, un refugio multicultural que resiste a la orilla de la ciudad de Concepción. Su historia no es solo la de una dirigente; es la crónica de una mujer que decidió imponer respeto, protegerse y estudiar de adulta para convertir su voz en un escudo legal para su pueblo.
Jacinta, que forma parte de la Articulación de Mujeres Indígenas del Paraguay (MIPY), personifica la resiliencia. A sus 54 años ya enfrentó la dolorosa pérdida de su esposo, Humberto y se convirtió en el único sostén de sus tres hijos: Yemima, Anahí y el joven Humberto. Con la firmeza de quien sabe que el ejemplo arrastra más que las palabras, en el 2023 alcanzó una meta que para muchos parecía lejana: se graduó como licenciada en Trabajo Social por la Universidad Nacional de Concepción. Pero su sed de justicia no se detuvo en el título; hoy, Jacinta se desempeña como perito indígena para el Poder Judicial, caminando los pasillos de los tribunales para asegurar que los derechos de sus hermanos y hermanas no sean ignorados por un sistema que a menudo olvida las lenguas y cosmovisiones originarias.
Su ascenso como lideresa fue un acto de valentía pura. Arrancó cuando la policía intentó llevarse arbitrariamente al antiguo líder de su comunidad, Jacinta se plantó frente a la patrulla. Con una claridad asombrosa, interpeló a los oficiales, exigió sus identificaciones y se ofreció ella misma como garantía: “Llévenme a mí, porque ustedes no saben qué peso tiene nuestro líder”, les dijo. Esa defensa férrea le ganó el respeto de las 243 familias de Redención, un mosaico de siete pueblos —sanapaná, lengua enhlet, guaná, chamacoco, angaité, toba qom y paï tavyterã— que desde hace 14 años la reconocen como su cacique y guía.
Para Jacinta, el estudio es una trinchera. Aunque celebra los avances legales, como la Ley N° 5347/2014 que dispone el libre acceso indígena a las universidades, denuncia con honestidad que el ingreso es solo el principio. “Lo más difícil sigue siendo la parte económica”, explica, refiriéndose a los costos de transporte, materiales y gestiones que asfixian los sueños de los jóvenes. Por eso, su labor es incansable, hace días acompañaba a cuatro jóvenes de su comunidad al Indi para gestionar becas que les permitan estudiar en la Universidad Nacional de Asunción. Bajo su ala, su comunidad ya cuenta con 23 estudiantes universitarios y técnicos que desafían las estadísticas.
El lenguaje de Jacinta es el de la aspiración legítima. No se conforma con la supervivencia. Sueña en grande y lo dice sin rodeos: quiere ver a jóvenes indígenas ocupando cargos electivos, siendo diputados o senadores. Sueña con una igualdad real que se traduzca en bienestar material. “Sueño con que los indígenas tengan casas de dos pisos, camionetas y aire acondicionado, como cualquier paraguayo”, afirma con una convicción que sacude los prejuicios. Para ella, la identidad no debe ser sinónimo de carencia, sino de potencia.
Hoy, mientras continúa su formación con un posgrado en culturas indígenas, Jacinta sigue insistiendo en el deporte y el estudio como los caminos para que sus hijos y los jóvenes de Redención sean “buenos ciudadanos y un ejemplo”. Su vida en “Yesoal Sectema” —aquel lugar que sus ancestros divisaban por los techos de ladrillos rojos al llegar al puerto— es hoy un faro de esperanza. Jacinta Pereira Hicret no solo cuenta la historia de su pueblo; la está escribiendo de nuevo, con tinta de justicia y una voluntad de hierro que se niega a descansar hasta que el último de sus jóvenes tenga el futuro que merece.


