Hermelinda Benítez no solo vende mandioca y batata; ella exporta esperanza. Como presidenta de un comité de 25 familias, ha logrado que los jóvenes permanezcan en su tierra y que las mujeres tomen las riendas del hogar. Entre el aroma a harina de maíz y el esfuerzo de las madrugadas de feria, Hermelinda afirma que una comunidad que trabaja tiene éxito si nadie se queda atrás.
En Potrero Boca, Caaguazú, donde la tierra roja late al ritmo de la azada, la historia de Hermelinda se escribe con manos curtidas y una determinación inquebrantable. A sus 54 años, no es solo una productora; es el motor de una evolución silenciosa que nació en la chacra y hoy mejora la calidad de vida de 25 familias . Su historia es un testimonio de cómo la agricultura familiar, cuando se viste de organización y liderazgo femenino, tiene el poder de transformar no solo un hogar, sino una comunidad entera.
Hermelinda creció rodeada de cultivos, heredando el saber de su madre y su abuela, mujeres que le enseñaron que la tierra es generosa con quien la respeta. Sin embargo, su camino no fue sencillo. Tras formar su familia y con la responsabilidad de criar a seis hijos, Hermelinda desafiaba las distancias con un carrito a caballo. En aquel entonces, su horizonte era el centro local, donde vendía mandioca, batata y zapallo con un objetivo sagrado: asegurar el sustento de sus “escueleros”. Esa chispa de emprendedora nata fue la que, hace doce años, encontró un nuevo cauce a través de la capacitación técnica.
La llegada de la asistencia del Estado marcó un antes y un después. No se trató solo de aprender nuevas técnicas de cultivo, sino de entender el poder de la unión. Así nació el comité “Kuña Aty”, un espacio donde las mujeres rurales dejaron de ser islas para convertirse en un conjunto de producción. Lo que empezó como la venta de excedentes de la huerta familiar en la municipalidad y luego en un moderno tinglado, pronto se convirtió en un modelo de negocio sólido. Los jueves y viernes de feria empezaron a cambiar la fisonomía de sus vidas; el esfuerzo se transformaba, por primera vez, en una calidad de vida tangible.
Hoy, el liderazgo de Hermelinda como presidenta del comité es una brújula para 25 familias. Aquel carrito a caballo quedó en el recuerdo, reemplazado por un camión propio que es el orgullo de la organización. Ya no solo venden en su zona; ahora llegan a San Lorenzo y a la Costanera de Asunción, viajando hasta tres veces por mes. Pero Hermelinda no se detiene. Con la mirada puesta en el futuro, sueña con un segundo camión para que ninguna socia se quede atrás y con un tractor que alivie la carga del trabajo físico.
El impacto de su labor se mide en logros que trascienden lo económico. Gracias a la feria, Hermelinda pudo costear los estudios de dos de sus hijos, quienes hoy son ingenieros agrónomos, devolviendo al campo el conocimiento científico que ella inició con intuición. En su hogar, el progreso tiene forma de gallinería, una forrajera, un congelador y, fundamentalmente, sistemas de riego. Hermelinda es plenamente consciente de que el clima ha cambiado; el calor intenso ya no es una anécdota, sino un desafío que requiere inversión y tecnología para proteger la producción.
El modelo de “Kuña Aty” es un ejemplo de economía circular y solidaridad. Cuando viajan a la capital, quienes suben al camión llevan consigo los productos de las compañeras que se quedan en la finca. Nadie pierde. La preparación es un ritual de calidad: un día antes se congela la carne de cerdo, se prepara la harina de maíz y se empaquetan las gallinas para garantizar seguridad al comprador. La logística es sacrificada —dormir en colchones en oficinas públicas para empezar la venta al alba—, pero la recompensa es ver cómo sus productos frutihortícolas y animales de corral se agotan en cuestión de horas.
“Nosotras mandamos en la casa”, confiesa entre risas, dejando entrever el empoderamiento que otorga la autonomía económica. Ese liderazgo natural, que mantiene a los jóvenes arraigados a su comunidad trabajando junto a sus familias, le valió recientemente un reconocimiento histórico del Ministerio de Agricultura en el marco del Día de la Mujer Paraguaya. Es la primera vez en su vida que recibe un galardón oficial, aunque su verdadero premio ha sido siempre la dignidad de su trabajo. Hermelinda Benítez es la prueba viviente de que cuando una mujer rural lidera, el campo florece, la pobreza retrocede y el futuro se cultiva con esperanza.


