Entre la crianza de sus dos hijos y su empleo formal, Estela encontró en la nobleza del pallet una pasión y un sustento extra. Desde su taller en Asunción, esta emprendedora paraguaya nos enseña que el verdadero motor del éxito es la persistencia y que, para una madre decidida, cualquier madera —por más desechada que parezca— tiene el potencial de convertirse en una obra de arte.
En el barrio San Francisco de Asunción, donde el eco de la ciudad se mezcla con la esperanza de quienes buscan un futuro mejor, vive Estela. Ella no solo es madre de dos hijos y trabajadora incansable; es una arquitecta de lo invisible, una mujer que decidió que los límites de lo que “debe” hacer una mujer son solo líneas dibujadas en la arena que ella misma se encargó de borrar. Su materia prima es el pallet, esa madera que muchos desechan como restos de carga, pero que en sus manos se convierte en testimonio de resistencia y dignidad.
Para Estela, la carpintería no fue un camino planificado, sino un descubrimiento nacido de la curiosidad y la necesidad de creer en sí misma. Mientras otros veían en el aserrín y las máquinas un territorio exclusivo de hombres, ella vio una oportunidad. “Los límites nos ponemos nosotras mismas”, afirma con la seguridad de quien ha domado la madera y los prejuicios. Su historia en este oficio comenzó en un curso de artesanía en reciclados, donde entre neumáticos y botellas, el pallet la sedujo por su nobleza oculta. Aquella primera mesita de sala con ruedas y vidrio, que dejó boquiabiertos a profesores y vecinos, fue el primer peldaño de una escalera que hoy sigue construyendo.
Pero el camino no estuvo exento de roces, y no solo los de la madera. Estela recuerda la duda en los ojos de su primer instructor cuando ella pidió usar las máquinas. “Es peligroso”, le decían. Sin embargo, su determinación fue más afilada que cualquier sierra. Convenció al maestro, superó el miedo a lo desconocido y encendió por primera vez esos motores que hoy son la banda sonora de sus tardes. Porque cuando Estela termina su jornada laboral fija y llega a casa, no busca el descanso inmediato; busca la lijadora.
La energía para emprender después del trabajo no surge de la nada. Tiene nombres y apellidos: sus hijos. Un joven universitario y una adolescente de quince años son el motor que impulsa cada corte y cada barnizado. En un Paraguay donde el costo de los sueños es alto, Estela ha encontrado en la carpintería la manera de garantizar que a los suyos no les falte lo básico y, sobre todo, que hereden una lección invaluable: que con trabajo honrado y lucha, todo es posible. Ella no solo fabrica muebles; está ensamblando el futuro de su familia con la misma precisión con la que coloca un tornillo.
Hay una poesía profunda en su labor. Estela encuentra una similitud poderosa entre la madera recuperada y la vida misma. Así como un pallet maltratado y sucio puede transformarse en un objeto maravilloso tras ser moldeado, ella cree firmemente que las personas, a pesar de las dificultades o de ser ignoradas por la sociedad, albergan una belleza increíble que solo necesita trabajo y dedicación para brillar. Esta empatía se traslada a sus clientes. Ella no vende melaminas desechables; vende detalles, paciencia y garantía, porque sabe lo que cuesta ganar cada guaraní y se niega a entregar algo que no sea de excelencia.
Hoy, su taller es un espacio de lucha. Es un lugar precario donde la lluvia se cuela por las goteras y el sol dicta los horarios de trabajo. Pero en su mente, ese taller ya está transformado. Se imagina un espacio amplio, equipado con máquinas modernas, donde pueda crear estructuras para eventos y grandes decoraciones, un sueño que hoy solo se ve frenado por la falta de espacio físico, pero nunca por la falta de visión.
A la mujer que hoy siente miedo al “qué dirán” o que cree que un oficio no es para ella, Estela le sostiene la mirada con la calma de quien ha vencido sus propias tormentas: “Anímate, no hay limitaciones. La satisfacción de dar todo y ver los frutos es el mayor triunfo”. Ser una mujer empoderada en el Paraguay de hoy, para ella, no es un eslogan de redes sociales; es la persistencia ante la falta de materiales, es la fuerza para seguir adelante cuando el local donde compraba madera y es la capacidad de pedir comprensión a sus clientes mientras sigue produciendo con lo que tiene a mano.
Estela no solo transforma madera, transforma la realidad de su barrio y la percepción de lo que una madre trabajadora puede lograr. Cuando el último barniz se seca y el mueble brilla en la casa de un cliente, ella siente que el ciclo se cierra. En ese momento, el “desecho” ha dejado de serlo, y el esfuerzo de una mujer paraguaya se convierte en un hogar más cálido, más fuerte y, sobre todo, más inspirador.

