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Corazón de barro y acero: la lucha diaria de Marisa por su comunidad

Inspirada por el legado de los padres Francisco de Paula Oliva y José “Pepe” Valpuesta, esta mujer de 60 años sostiene una red de contención para anc…

| Por La Tribuna
Marisa Román junto a los abuelos del Bañado Sur frente al Servicio Comunitario Padre Pepe Valpuesta, el refugio que sostiene con fe y autogestión.

Inspirada por el legado de los padres Francisco de Paula Oliva y José “Pepe” Valpuesta, esta mujer de 60 años sostiene una red de contención para ancianos, niños y enfermos. Una historia de autogestión pura donde la fe se traduce en platos de comida, una plaza propia y una entrega que no conoce de achaque alguno. Entre polladas y convenios universitarios, hoy lidera un centro que ofrece desde almuerzos hasta atención médica gratuita, transformando el barro en esperanza para el Bañado Sur.

En el corazón del Bañado Sur, donde el suelo a veces cede y el olvido parece ser la única constante, existe una fuerza de la naturaleza que no se rinde. Se llama Marisa Román. Oriunda de Naranjo, Piribebuy, Marisa llegó a estas tierras hace décadas, pero fue hace exactamente veinticuatro años cuando su destino se selló con una promesa que transformaría no solo su vida, sino la de cientos de familias en el barrio San Cayetano. En su tercer retiro espiritual, no escuchó una voz lejana, sino un llamado rotundo de Jesús que le exigía volcar su existencia hacia los demás. No hubo dudas, solo una obediencia nacida del amor más puro.

Comenzó en la intimidad de su propio hogar, abriendo las puertas para ofrecer un plato de comida a los ancianos que la soledad había dejado desamparados. Aquel pequeño comedor era apenas una semilla en un terreno que muchos consideraban infértil. Pero Marisa no estaba sola. En su camino aparecieron figuras que ella hoy describe con los ojos humedecidos y la voz quebrada por la gratitud: el padre Oliva y el padre Pepe Valpuesta. Oliva fue quien, con una certificación de transparencia y fe, validó su labor ante el mundo, permitiendo que las primeras donaciones llegaran. Pepe, por su parte, fue el motor moral, el amigo y el pilar que le inyectó la fuerza necesaria para no desmayar cuando el cansancio arreciaba.

Con el tiempo, la autogestión se convirtió en su bandera. Marisa no espera sentada; ella acciona. Organiza polladas, tallarinadas y ferias de ropa usada con una energía que desafía sus 60 años. Gracias al apoyo de comunidades religiosas y la mirada sensible de arquitectos solidarios, aquel sueño que nació en una cocina pequeña hoy es el Servicio Comunitario Padre Pepe Valpuesta. Lo que antes era solo un plato de sopa, hoy es un centro de vida: gracias a convenios universitarios, el lugar ofrece fisioterapia, odontología, pediatría, peluquería, asesoría jurídica y clases de informática y costura. Todo gratuito. Todo nacido de la voluntad de una mujer que conoce cada pasillo, cada recoveco y cada historia de dolor del Bañado.

La rutina de Marisa es un ejercicio de resistencia y ternura. De lunes a viernes, garantiza el almuerzo para 30 personas; los sábados, la comunidad CVX toma la posta, y los domingos, el aroma a merienda convoca a 70 niños scouts. Pero su mirada va más allá de las paredes del centro. Ella sabe quiénes no pueden caminar, quiénes están postrados por la enfermedad y la pobreza extrema. Por eso, asiste a 100 personas encamadas, llevándoles no solo alimentos, sino la dignidad de ser vistos.

Su resiliencia se pone a prueba en los detalles más difíciles. Marisa ya despidió a su compañero de vida, pero se sostiene en sus cuatro hijos, sus cuatro nietos y en sus 40 años como catequista. Su fe no es teórica, es de barro y escombros. Lo demostró al liderar la transformación de “La Basurita”, una antigua laguna convertida en vertedero, que hoy es una plaza. Ella misma gestionó la carga de tierra y compró los juegos por redes sociales buscando precios imposibles. Hoy, los niños juegan donde antes hubo desperdicios, en un espacio que también honra el nombre de su querido Pepe Valpuesta.

Marisa camina bajo el sol ardiente, ignorando los achaques propios de la edad, porque está convencida de que la vida solo cobra sentido cuando se entrega. “Quien tiene amor para dar, debe acercarse a los más vulnerables; a través de ellos se conoce a Dios”, afirma con una convicción que desarma. En un lugar donde falta tanto, ella es la prueba de que la solidaridad es el único recurso inagotable. Hoy, el centro necesita alimentos no perecederos y pañales para seguir sosteniendo a los que no tienen nada, porque para Marisa, rendirse nunca fue una opción. Ella sigue firme, recordándonos que incluso en el Bañado, la esperanza tiene nombre de mujer y manos que nunca dejan de servir.

La serenidad de quien encontró su propósito: Marisa Román, una mirada que refleja 24 años de entrega incondicional a los más vulnerables.

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