Decoradora de eventos, jugadora de handball y madre de cuatro hijos, Cristina transformó un diagnóstico de cáncer con metástasis ósea en una misión de vida. Tras vencer un pronóstico de apenas tres meses, hoy lidera la Asociación Oncológica del Hospital San Pablo, demostrando que la disciplina del deporte y el amor familiar son las mejores herramientas para rediseñar el destino.
A finales del 2019, la vida de Cristina parecía un escenario perfectamente montado. Decoradora de eventos de profesión y jugadora de handball por pasión, su mundo giraba en torno a la estética, el movimiento y la crianza de sus cuatro hijos. Sin embargo, una visita al mastólogo derribó toda la estructura: el diagnóstico fue un cáncer agresivo y urgente. No hubo anestesia en las palabras de la doctora; la realidad se presentó cruda, justo en el umbral de una pandemia que estaba por confinar al mundo, mientras ella iniciaba su propia batalla por la libertad.
Para Cristina, el 2020 no fue solo el año del barbijo, sino el de la cirugía y la aceptación. Tras la extirpación de las mamas, el panorama se oscureció: la enfermedad se había extendido a los huesos. “Las probabilidades de vida eran muy pocas”, recuerda con la serenidad de quien ya cruzó el desierto. Los médicos fueron sinceros: la radioterapia era riesgosa y solo quedaba la quimioterapia paliativa para intentar darle “calidad de vida” a lo que quedaba de ella. Pero Cristina, forjada en la disciplina del deporte, decidió que su cronómetro no se detendría ahí.
Con el apoyo incondicional de su esposo, quien la acompañó en cada sesión, y la fuerza de sus hijos y hermanos, activó la mentalidad de atleta. Entendió que, si bien los médicos ponen la ciencia, el paciente pone la voluntad. En el 2023, lo que parecía un diagnóstico de tres meses de vida se transformó en un milagro médico: los ganglios y nódulos habían desaparecido. Estaba libre.
Pero la supervivencia no fue el final del camino, sino el inicio de una misión. Al mirar a su alrededor en los pasillos del Hospital San Pablo, Cristina vio la otra cara de la enfermedad: la soledad, la burocracia y la carencia. En un sistema de salud donde los pacientes oncológicos a veces deben esperar por amparos judiciales mientras el tiempo se les escapa, ella decidió que no podía quedarse de brazos cruzados. Así nació la Asociación Oncológica del Hospital San Pablo.
Hoy, Cristina lidera un trabajo voluntario titánico. Su oficina es un pasillo caluroso donde consuela a compañeras, gestiona insumos y organiza actividades para costear traslados de quienes vienen de lejos y no tienen recursos. Su sueño es concreto: construir una ala oncológica propia en el hospital, un espacio digno con aire acondicionado y tecnología donde el cáncer no sea sinónimo de abandono. Sabe que la salud en Paraguay es una carrera de obstáculos, pero ella nunca ha dejado de correr.
Incluso después de la enfermedad, Cristina volvió a las canchas. El año pasado participó en un torneo internacional de handball, desafiando las secuelas físicas y las advertencias médicas. Para ella, el movimiento es vida y el deporte es la herramienta emocional para no entregarse. Cuando entra al hospital, no lo hace solo como presidenta de una asociación, sino como el testimonio vivo de que el diagnóstico no es destino.
“Si yo, con todo lo que tenía encima, pude salir adelante, vos también podés”, les dice a las mujeres que llegan a ella con el alma desinflada por la palabra cáncer. Su mensaje es una mezcla de fe y pragmatismo: la mente es la jugadora estrella. Hoy, a seis años de aquel inicio incierto, Cristina sigue decorando, pero ya no solo salones de fiestas, sino el futuro de cientos de mujeres a quienes les devuelve, con cada gestión y cada abrazo, la esperanza de una segunda oportunidad.


