La IA desafía al Estado a transformar la universidad

Un informe de la UNESCO advierte sobre los riesgos y oportunidades de la inteligencia artificial en la educación superior y propone nueve acciones para garantizar una adopción ética, inclusiva y segura.

| Por La Tribuna
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La inteligencia artificial avanza en las universidades y plantea al Estado el desafío de garantizar formación, infraestructura, inclusión y reglas claras para su uso responsable.

La inteligencia artificial ya ingresó en la educación superior, aunque muchas universidades todavía no decidieron cómo gobernarla. Puede personalizar el aprendizaje, producir materiales, automatizar tareas y apoyar investigaciones. Pero también facilitar el plagio, reproducir discriminaciones, exponer datos y ampliar la distancia entre instituciones.

El informe de UNESCO IESALC sobre oportunidades y desafíos de la IA advierte que la discusión no puede reducirse a permitir o prohibir herramientas. El desafío es incorporarlas con objetivos educativos, reglas verificables y supervisión humana. Esto exige liderazgo universitario y una política de Estado: ninguna institución puede resolver sola los problemas de infraestructura, regulación, formación docente, investigación o desigualdad.

La promesa es considerable. La IA puede ofrecer tutorías personalizadas, asistencia a personas con discapacidad, apoyo lingüístico y retroalimentación inmediata. Puede liberar tiempo docente y revelar señales de riesgo de abandono. En investigación ayuda a procesar grandes volúmenes de información.

Sin embargo, eficiencia no equivale automáticamente a calidad. Una predicción basada en datos incompletos puede etiquetar injustamente a un alumno. Un algoritmo entrenado con sesgos puede multiplicar la discriminación. Una plataforma comercial puede utilizar información académica sensible y una respuesta convincente pero falsa puede deteriorar el aprendizaje. La UNESCO señala que solo el 1,4% de los artículos sobre aplicaciones de IA en educación superior examinó cuestiones éticas, desafíos o riesgos. La innovación avanza más rápido que su evaluación.

La desigualdad es otro límite. El desarrollo está concentrado en países y empresas con capital, datos y capacidad informática. Universidades con menor presupuesto enfrentan mala conectividad, escasez de datos locales y dependencia externa. Las mujeres representaban apenas el 22% de los profesionales de IA citados por el informe. Si el acceso y las decisiones continúan concentrados, la tecnología consolidará exclusiones.

La tarea pública comienza por comprender que alfabetizar en IA no es solamente enseñar a usar una aplicación. Implica conocer sus límites, verificar resultados, proteger información, detectar sesgos y saber cuándo debe intervenir una persona. El pensamiento crítico debe atravesar todas las carreras. Medicina, derecho, periodismo, ingeniería, administración y humanidades necesitarán graduados capaces de trabajar con sistemas automatizados sin entregarles el juicio profesional.

El Estado debe avanzar con una agenda concreta:

  1. Formar equipos técnicos en los organismos que elaboran políticas para comprender las posibilidades, limitaciones y riesgos de la IA.
  2. Crear espacios de trabajo con universidades, estudiantes, docentes, empresas y organizaciones de la sociedad civil.
  3. Regular con criterios de ética, seguridad, privacidad, transparencia, responsabilidad y supervisión humana.
  4. Financiar la capacitación docente y cursos de IA y ética para todas las áreas del conocimiento.
  5. Sostener la investigación interdisciplinaria y la cooperación internacional, atendiendo los problemas y datos locales.
  6. Garantizar conectividad e infraestructura para que la adopción tecnológica no profundice las desigualdades.
  7. Actualizar la evaluación y acreditación universitaria con criterios de utilización responsable de la IA.
  8. Incorporar el pensamiento crítico como competencia transversal en todos los planes de estudio.
  9. Aplicar políticas contra la exclusión por género, raza, origen social, discapacidad u otras condiciones.

Las medidas exigen evaluación permanente. Antes de contratar una herramienta, una universidad debe saber qué problema resolverá, qué datos utilizará, dónde serán almacenados, quién responderá por un error y cómo se medirá su impacto. Después deberá comprobar si mejoró el aprendizaje, la gestión o la equidad. Regular no es congelar la innovación, sino impedir que las decisiones educativas queden sometidas a sistemas opacos o intereses comerciales.

La IA no sustituye la misión universitaria ni la responsabilidad estatal: las pone a prueba. El país que solo compre plataformas seguirá siendo dependiente; el que forme personas, produzca conocimiento y proteja derechos podrá convertirla en una herramienta de desarrollo. Ya no se discute si entrará en las aulas, porque está allí. La decisión es quién fijará sus reglas y al servicio de quién funcionará.

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