La duración de un día parece una medida inalterable: 24 horas, 1.440 minutos o 86.400 segundos. Sin embargo, la rotación de la Tierra no funciona como un reloj perfecto. El planeta acelera y desacelera ligeramente por la influencia de la Luna, los océanos, la atmósfera, el núcleo terrestre, los movimientos sísmicos y la redistribución de grandes masas de agua y hielo.
Las mediciones de alta precisión detectaron que el 22 de julio la Tierra completó su giro en menos de los 86.400 segundos que definen el día solar medio. La diferencia fue de apenas una fracción de milisegundo, imperceptible para la vida cotidiana, pero suficiente para ubicar la jornada entre las más cortas registradas desde que comenzaron las mediciones modernas, en 1960.
Este comportamiento puede parecer contradictorio, porque la tendencia de largo plazo indica que la Tierra está perdiendo velocidad. Ambas afirmaciones son correctas. En escalas de millones de años, el planeta gira cada vez más despacio; pero en periodos breves puede experimentar aceleraciones y desaceleraciones causadas por procesos internos y externos.
La principal responsable del frenado progresivo es la Luna. Su gravedad genera las mareas y moviliza enormes masas de agua. Como los abultamientos oceánicos no quedan perfectamente alineados con el satélite, se produce una fricción que reduce lentamente la velocidad de rotación terrestre. Parte de esa energía pasa a la órbita lunar, provocando que la Luna se aleje alrededor de 3,8 centímetros por año.
Este desplazamiento fue comprobado mediante reflectores instalados durante las misiones Apolo, que permiten medir con láser la distancia entre ambos cuerpos. Con el paso del tiempo, la interacción entre la Tierra y la Luna alarga gradualmente los días.
Las estimaciones científicas indican que la duración del día aumenta, en promedio, entre 1,7 y 2,4 milisegundos por siglo, dependiendo de los procesos considerados. Si ese ritmo se mantuviera de forma constante, una jornada de 25 horas podría producirse dentro de aproximadamente 200 millones de años.
No obstante, esa cifra no debe interpretarse como una fecha exacta. La evolución de la rotación terrestre no es lineal. La distribución de los continentes, la profundidad de los océanos, la forma de las costas, las corrientes marinas, los vientos y las mareas atmosféricas pueden acelerar o frenar temporalmente el proceso.
Incluso en el pasado existieron periodos en los que el día permaneció cerca de las 19,5 horas durante cientos de millones de años, debido al equilibrio entre las mareas oceánicas y las atmosféricas. Por eso, la llegada de las 25 horas constituye una proyección física razonable, pero no una cuenta regresiva precisa.
Parte de la confusión también surge porque la astronomía utiliza distintas formas de medir un día. El día solar medio, utilizado como base de los relojes, dura 24 horas. En cambio, el día sideral, que mide cuánto tarda la Tierra en completar una rotación respecto de las estrellas lejanas, dura aproximadamente 23 horas, 56 minutos y 4 segundos.
La diferencia se debe a que, mientras gira sobre su eje, la Tierra también avanza en su recorrido alrededor del Sol. Para que el astro vuelva a ocupar la misma posición aparente en el cielo, el planeta debe realizar una rotación adicional de casi cuatro minutos.
También existe el día solar aparente, medido entre dos pasos consecutivos del Sol por un mismo meridiano. Su duración cambia ligeramente durante el año por la forma elíptica de la órbita terrestre y por la inclinación del eje. Esas variaciones son normales y no implican que una jornada civil pueda ganar o perder horas repentinamente.
Además de la Luna, otros procesos alteran la rotación. Los terremotos, las corrientes oceánicas, los movimientos atmosféricos, el deshielo y las grandes obras hidráulicas modifican la distribución de la masa terrestre.
Uno de los ejemplos más conocidos es la presa de las Tres Gargantas, en China. Según cálculos del Laboratorio de Propulsión a Chorro de la NASA, si su embalse estuviera completamente lleno, la redistribución del agua podría alargar el día aproximadamente 0,06 microsegundos y desplazar el polo terrestre cerca de dos centímetros.
El cambio climático también influye. Cuando el hielo de los polos y glaciares se derrite, el agua se desplaza hacia los océanos y hacia zonas más alejadas del eje de rotación. El efecto es semejante al de un patinador que abre los brazos y gira más lentamente.
Entre 2000 y 2018, esta redistribución habría añadido una tendencia equivalente a 1,33 milisegundos por siglo y contribuido al desplazamiento del eje terrestre. A la vez, los movimientos del núcleo, el bamboleo natural del eje y los cambios atmosféricos pueden provocar aceleraciones temporales, como las observadas en algunos de los días más cortos recientes.
Estas diferencias son diminutas, pero tienen importancia tecnológica. Los sistemas de navegación satelital, las telecomunicaciones, las redes eléctricas y los mercados financieros dependen de una sincronización extremadamente precisa entre el tiempo astronómico y los relojes atómicos.
Si la Tierra acumulara una aceleración suficiente, los organismos internacionales podrían evaluar por primera vez la introducción de un segundo intercalar negativo, es decir, retirar un segundo del Tiempo Universal Coordinado para mantenerlo alineado con la rotación real del planeta.
Para las personas, nada cambiará de manera perceptible. No habrá próximamente días de 25 horas ni jornadas sensiblemente más cortas. Pero detrás de la aparente regularidad del reloj existe un planeta dinámico, cuyo ritmo depende de fuerzas que actúan desde el núcleo hasta la Luna y desde los océanos hasta la atmósfera.


