El 21 de septiembre, en nuestro país no solo se celebra la primavera y la juventud, sino que esta fecha también ha marcado un ícono en la historia de las revoluciones. Con el inicio de la estación marcada por risas y algarabías, en 1980, nació el Centro Paraguayo de Teatro (CEPATE), un gremio creado para levantar la voz de protesta en una época donde la libertad de expresión costaba caro.
Aquel gremio no se fundó para debatir cómodamente sobre metodologías actorales. Nació como una trinchera ante la necesidad de abrir un espacio de libertad de expresión para la discusión y el análisis del trabajo teatral en épocas de intolerancia y persecución. El germen ya se había gestado el 27 de marzo de ese mismo año, cuando este grupo de teatristas se reunió en la sala Goya del Centro Cultural de España Juan de Salazar para festejar el Día Mundial del Teatro y debatir en un panel la situación del sector en el país.
Entre sus impulsores destacaban figuras como Josefina Plá, Pelayo García, Teresa Gonzalez Meyer, Moncho Azuaga, Victor Bogado, José María Rivarola, Nucky Walder, Heddy Benitez, Antonio Pecci, Ñeco Rabito, Arturo Pereira, José Luis Ardissone, Jorge Britez, Erenia López, Edda de los Ríos y Ramón del Río, a los que se sumaron Emilio Pérez Chavez, Clotilde Cabral, Gustavo Calderini y muchos más. Actores, directores y técnicos teatrales entendieron que el teatro no podía limitarse a ser un mero entretenimiento; era una herramienta de supervivencia.
Lo verdaderamente revolucionario de aquellos pioneros fue despojarse de la etiqueta romántica del “artista bohemio” para plantarse ante el régimen y asumirse como trabajadores. Ese paso al frente los llevó a ser fundadores del Grupo de los Nueve (los únicos sindicatos libres de la época), del Movimiento Intersindical de Trabajadores (MIT) y, posteriormente, de la Central Unitaria de Trabajadores (CUT). Todas estas asociaciones nacieron con un fin claro: velar por los intereses de los trabajadores y pelear por la ansiada libertad.
El peso político forjado en la calle se tradujo, con la transición democrática, en conquistas estructurales. El CEPATE fue vital para que el Estado reconociera los derechos morales y patrimoniales con la Ley de Derechos de Autor, para que se creara el FONDEC como primer mecanismo de financiamiento, y para lograr el ansiado acceso de los artistas independientes al seguro social. A nivel internacional, la membresía en la Federación Internacional de Actores (FIA) dotó al gremio de un escudo frente a la persecución y de un modelo jurídico para dignificar el oficio.
Pese a ello, el teatro sigue en la sombra de la resistencia, en consecuencia el gremio sostiene que es tiempo de exigir la formalidad de la industria. Esto se traduce con urgencia en una Ley Nacional de Teatro que otorgue un marco de protección irrenunciable; la creación de un Instituto Nacional de Teatro autárquico, con un presupuesto blindado.
Inclusive, plantean una Ley de Mecenazgo moderna a fin de conseguir deducciones fiscales atractivas para que el sector empresarial apueste al teatro como una inversión estratégica.
46 años después, el trabajo escénico sigue operando en las cuerdas de la informalidad y desde el gremio sostienen que para cambiar esta situación, no necesariamente se necesita de la intervención del Estado, sino que más bien, se requiere de un cambio profundo de la idea del teatro que flota en la mente colectiva de la sociedad.

