Injusticias Repetidas: el teatro y su poder de resignificación

La puesta en escena fue acompañada por el público con felicitaciones y aplausos tras cada presentación. Una obra que supo retratar a una sociedad asediada por el irracional conservadurismo.

| Por Edson Vázquez
Agregar La Tribuna en
La obra teatral “Injusticias repetidas” se desarrolló por dos fines de semana en Sala La Correa. GENTILEZA.

“Sí papá, soy puto”, fue la frase contundente que dijo Claudio mientras le hablaba a su padre, postrado en una silla de ruedas sufriendo una enfermedad degenerativa. Claudio se enfrentó dialécticamente al hombre que lo había criado -a base de violencia- luego de diez años de ausencia.

Una década tuvo que pasar para poder regresar a su hogar y enfrentar tantas injusticias vividas en un hogar domado por el machismo patriarcal, ejercido por su papá, un militar que no aceptaba otro modelo de hogar más que del hombre proveyendo y la mujer procreando, criando y “satisfaciendo” a su marido.

Porque la vida pues es así, así siempre fue y así debe ser. En esa premisa giró la vida de Claudio quien solo buscó un poco de amor, de contención, y comprensión en medio de una familia donde el miedo estuvo sobre el respeto; en donde el dolor se debe soportar porque eso es de “hombres”.

“Injusticias repetidas” subió a las tablas de Sala La Correa por dos fines de semana con el local repleto de los asiduos asistentes que optan por el teatro alternativo.

Martín Loperena y Marcela Gilabert supieron retratar y condensar en una obra la realidad y la dinámica familiar de una sociedad cegada por el absurdo conservadurismo, por pensamientos arcaicos que terminan desembocando en escenas de abusos sexuales y violencia, marcando de por vida a miles de personas, en un país que no ofrece garantías de un acompañamiento integral para los que sufren vulnerabilidad.

Una puesta para aplaudir

Con un estilo casi de series televisivas, la obra arrancó con la presentación de todo el elenco y la producción en un vídeo, para luego presentar a los personajes en posiciones estáticas y de perfil con luces focales que los contrastaban de la oscuridad del resto del escenario.

La trama abordó la historia de Claudio quien desde temprana edad tuvo que trabajar y “hacerse hombre”, tal y como lo decía su papá, ese militar autoritario que “corregía” a su mujer. De hecho, el primer acto trataba sobre eso, el “jefe de familia” arrepintiéndose de haber golpeado a su esposa, quien solo meses atrás había parido a su hijo. “Ya cambié, no va a pasar otra vez”, decía.

La obra también trata en paralelo otra historia, la de una niña (Mariana) con discapacidad motriz condenada a la ignorancia de sus padres que ni intentaron siquiera darle una vida digna más allá de la silla de ruedas en la que siempre vivió.

Sin muchas figuras retóricas y con una respetuosa frontalidad la puesta fue brindando detalles claros sobre la situación que padecía cada víctima: Claudio, violencia y abusos sexuales; la madre, golpes y violencia emocional y Mariana, quien solo quiso ser una niña “normal”, disfrutando de sus derechos de jugar, estudiar y ser feliz.

LEER MÁS: Gorila: la obra que interpela y obliga a la introspección

Las luces, sombras y el acompañamiento sonoro se conjugaron en una armoniosa coreografía escénica que permitió vivir cada emoción de la trama.

Excelentes y profesionales

Las actuaciones fueron evidentemente buenas. Ariel Galeano encarnó perfectamente a Rafael, el padre milico que destilaba odio y desprecio. Jazmín Mello interpretó a Marta, la madre subyugada a la dependencia económica y emocional ejercida por su esposo. Ingrid Sotelo sobresalió por sostener un personaje que en cada acto iba sufriendo el avance de una enfermedad neurodegenerativa.

A su turno, Mar Villalba, defendió con altura al personaje principal que fue creciendo con el paso de la obra, interpretando a Claudio de niño, adolescente y joven adulto, etapa a la que llega con una resiliencia obligada.

El final esperanzador detalló el origen posible del nombre de la obra cuando en los altoparlantes sonó la canción “Honrar la vida” de Eladia Blázquez.

“Injusticias repetidas” puso sobre el tapete conversaciones necesarias como el respeto a la diversidad, los abusos infantiles y la violencia intrafamiliar. Con mucha sensibilidad y simpleza, dejó entrever que estos temas deben ser afrontados y que negarlos solo empeora la situación de muchas víctimas.

TAGSNo hay tags para el artículo.

También te puede interesar

Últimas noticias