No caminaban por capricho ni de manera errante, sino porque creían que, siguiendo a sus guías espirituales llamados payés, podían encontrar esa buena vida aquí mismo, en este mundo.
Para los guaraníes la tierra no es solo suelo: es vida, sentido y refugio. Cada grupo vivía en su tekoha: el lugar donde estaban sus casas, sus cultivos y sus costumbres. El tekoha tenía monte para cazar y pescar, sitios para recoger miel y frutas, y tierra fértil para sembrar. Por eso la búsqueda de la Tierra sin Mal mezclaba una esperanza espiritual con necesidades reales: querían un lugar donde vivir bien y con sentido.
Desde zonas como el antiguo Guairá (hoy en territorio brasileño) y las tierras de los carios salían muchas expediciones. Algunos grupos fueron hacia la costa del océano Atlántico, otros subieron por el río Amazonas, y otros llegaron hasta el delta del Río de la Plata o las estribaciones de los Andes. En cada viaje tomaban y dejaban tierras, pero no se olvidaban de su modo de vida: siempre buscaban un lugar que les permitiera vivir como pueblo.
Con la llegada de los europeos todo cambió. Llegaron la espada, la cruz y formas nuevas de trabajo forzado. Muchos guaraníes perdieron su libertad. Entonces la Tierra sin Mal empezó a significar también un lugar para recuperar su tekoha, sin misioneros ni encomenderos, un lugar para volver a ser libres.
La historia del Yvymarae’ÿ nos recuerda que la relación de los guaraníes con la tierra fue mezcla de fe, memoria y lucha. No fue solo un mito: fue una fuerza real que movió a miles en busca de dignidad y de un hogar donde vivir en paz.

