El sonido de Lorca: 90 años sin él

Pensar en García Lorca es evocar al genio literario, pero poco se sabe de su primer amor: la música. Antes de brillar en el teatro, Federico fue un talentoso pianista que rescató el folclore andaluz, dejando un gran legado sonoro que hoy pervive en la memoria colectiva.

| Por La Tribuna
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El alma sonora del gran poeta Federico García Lorca.

Pensar en Federico García Lorca es, casi por inercia, pensar en el célebre poeta y dramaturgo. Existen decenas de ediciones de sus libros, tanto para niños como para adultos, repletas de su teatro y poesía. Sin embargo, muy poco se habla de aquel Federico cuyo primer gran amor no fueron las letras, sino los acordes. Un Lorca que sudaba, reía y aporreaba el piano, entendiendo el arte no como un ejercicio solitario, sino como una verdadera fiesta compartida.

Hoy resulta imprescindible recordar a ese “duende sonoro”, ese genio que creaba, cantaba, bailaba y respiraba música. Antes de ser el dramaturgo mundialmente reconocido, Federico fue un músico y un pianista con gran proyección. Su sueño inicial era estudiar en París, pero su padre se lo impidió. Tras la muerte de su maestro Antonio Segura, Lorca dejó los brazos de la música formal para entregarse de lleno a la poesía y al teatro.

De los atriles a los pueblos: el rescate del alma andaluza

Aunque abandonó la idea de deleitar a las audiencias en salas de conciertos con grandes piezas universales, Lorca jamás dejó de lado la música. Entre 1920 y 1922, su pasión musical dio un giro fundamental. Durante su estancia en Granada, entabló una íntima amistad con el célebre compositor Manuel de Falla. Juntos, se dedicaron a la investigación musical y organizaron el histórico primer Concurso de Cante Jondo en la plaza de los Aljibes de la Alhambra.

Durante esta etapa, Federico recorría los pueblos andaluces libreta en mano, con una misión clara: rescatar canciones de cuna, coplas y romances que, por ser de transmisión exclusivamente oral, estaban al borde del olvido. Ancianas, campesinos y lavanderas le confiaron estas melodías a capela. Lorca, valiéndose de su formación técnica, las armonizó y refinó al piano, logrando una mezcla perfecta entre el alma cruda del pueblo andaluz y la sofisticación clásica.

Entre las principales joyas musicales que inmortalizó se encuentran Anda Jaleo, originalmente cantada por contrabandistas y bandoleros de la sierra andaluza; las nanas, profundamente melancólicas y hasta trágicas a diferencia de otras de Europa, como la Nana de Sevilla, donde las mujeres cantaban sus penas a sus hijos para dejarlos dormidos; Los cuatro muleros, una tradicional copla andaluza centrada en la vida de los arrieros; En el Café de Chinitas, donde rescató la historia de un café cantante real de Málaga, transformando una anécdota de toreros en una obra de arte teatral y sonora; o el Zorongo gitano, un cante y baile del siglo XVIII que modernizó con un enérgico piano.

Un repertorio inmortalizado entre teatros, discos y tragedias

Cualquiera pensaría que un escritor tan prolífico habría dejado un registro escrito impecable de sus partituras, pero no fue así: Lorca las tocaba de memoria. Estas melodías eran su repertorio habitual en cualquier reunión social y, más tarde, se convirtieron en el corazón musical de sus obras teatrales. De hecho, muchas de estas canciones son tan populares hoy en día que se consideran composiciones anónimas, ignorando que fue Lorca quien les dio la estructura y la forma musical con la que las conocemos.

Aunque no dejó partituras, sí dejó un invaluable testimonio sonoro. En 1931, junto a la famosa cantante y bailarina Encarnación López, conocida como “La Argentinita”, grabó cinco discos de gramófono de pizarra. Mientras ella cantaba y tocaba las castañuelas, Federico la acompañaba al piano. Este hito discográfico fue un éxito rotundo en su época y aseguró la supervivencia definitiva de estas piezas.

La música continuó siendo su compañera durante su etapa con el grupo teatral La Barraca (1932-1935). Lorca subía a los camiones junto a sus estudiantes para llevar el arte dramático a los pueblos de España. No solo diseñaba las escenografías, sino que tocaba la guitarra y cantaba con los actores en una mezcla itinerante de música y teatro.

Ese mismo polvo de los caminos lo encontró trágicamente entre Víznar y Alfacar. La madrugada del 18 de agosto de 1936, con apenas 38 años, fue fusilado por las fuerzas sublevadas franquistas.

Incluso en sus últimos años, cuando su obra literaria se volvió más oscura, la música nunca lo abandonó. Integró el bagaje sonoro de los pueblos en obras magnas como La Casa de Bernarda Alba y Bodas de Sangre, dotándolas de una profundidad inquietante, como se percibe en la desgarradora nana del caballo grande. Hoy, aunque no exista una tumba que visitar, su verdadero legado late en cada guitarra, en cada cantaor y en cada escenario donde resuenen castañuelas. El Federico más eterno no es el que descansa en las bibliotecas, sino el que sigue bailando, a contratiempo, en la memoria viva de la cultura universal.

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