Segundos después de las 20:30 del pasado viernes, Esteban Godoy (piano), César Da Costa (guitarra), Paula Rodríguez (bajo) y Gonzalo Resquín (batería) ingresaban al escenario del Teatro de las Américas del CCPA para ocupar sus asientos y esperar a la gran dama de la noche: Lizza Bogado. Entre humedad y un viento fresco en la noche asuncena, el público fue llegando al encuentro artístico de manera puntual.
En una entrevista anterior con LT, Bogado había adelantado que la puesta en escena contaría con cuatro actos entre canciones, danzas y exposiciones audiovisuales. Y así sucedió.
La germinación
El primer momento de la noche inició con el ingreso de Lizza al escenario con sus músicos esperándola ambientando instrumentalmente el momento mientras en las pantallas se proyectaban imágenes de sus inicios, ese génesis folclórico germinado en el seno del Festival del Lago (Ypacarai) en donde se alzó con el premio de la noche, significando un impulso enorme a su carrera artística que la llevó a embanderar la música hecha en Paraguay en escenarios de casi todo el mundo.
Ataviada con un typói blanco y pollera roja, Lizza inauguró el repertorio nocturno con “Yo soy la morena”, emblemática pieza de Carlos Sosa. Al igual que hace cuarenta y cinco años, Bogado sostuvo una desbordante energía durante la puesta, encarnando la esencia de cada composición.
El programa musical continuó con “Embajadora” y otras obras donde la identidad paraguaya vibró en melodías y letras; un fiel retrato de sus inicios artísticos con el folclore como estandarte.
Ataviada con un typói blanco y pollera roja, Lizza inauguró el repertorio nocturno con “Yo soy la morena”, emblemática pieza de Carlos Sosa.
Su vigor interpretativo evocó la frescura de sus primeros años, conduciendo así el primer acto hacia el cierre con una de las polcas canción más románticas: “Nde resa kuarahy’âme”, la célebre poesía de Teodoro S. Mongelós musicalizada por Julián Alarcón.
Etapa innovadora
Tras esa polca, se retiró y volvió a ingresar pero con una mirada seria y vestida de negro, con sombrero y una postura más desafiante, cantando “Canto y plegaria”. Una obra propia que marca aquellos años en donde Lizza se proyectaba con nuevos aires pero siempre respetando los lenguajes musicales tradicionales, pero proponiendo nuevas inquietudes, en un contexto de dictadura militar y la necesidad de cantar y contar al mismo tiempo.
“A veces quiero ser la luna blanca para velar tu sueño en soledad” rezaba parte de la siguiente canción: “A veces quiero ser”, lanzada en 1985 sustentada en el seis por ocho paraguayo y fundamentada en el amor y respeto al prójimo y a los seres queridos.
Su inquietud la llevó a explorar diversos ritmos latinoamericanos desde siempre, en esa línea, optó por interpretar seguidamente “Gracias a la vida” pero en ritmo landó, esa expresión afroperuana que simboliza la resistencia y resiliencia. Con una quijada de burro en mano, pero formato de madera, Lizza vibró con la cadencia del género y animó al público que con aplausos acompañó la canción.
Sin dudas “Gracias a la vida”, marcó la generación de cantores populares en Latinoamérica que en el trabajo artístico y militante por un mundo mejor, nunca se desmarcaron del amor y el respeto bandera política frente a las grandes injusticias. Algunas lágrimas se vieron rodar en las mejillas de los presentes.
“Solo le pido a Dios” y “Cambia todo cambia” sellaron el segmento rebelde de la noche.
Rodando por el mundo
En su tercer acto Lizza se mostró en su faceta internacional, ese momento de su carrera que la llevó a defender su arte y pasión por la innovación grabando discos y canciones con temas del repertorio internacional, explorando en terrenos vocales y creativos. Entre danzas y sinuosos y estéticos movimientos de Amelia Vega, Lizza cantó en francés, guaraní, inglés, portugués y español. Cantó con el alma.
“Ndavy’ai che ka’aruvo“, esa poesía musicalizada de Teodoro S. Mongelós con profundo peso nostálgico, la cantó con tantísima emoción desplegando todo ese talento de interpretación que aprendió a lo largo de su carrera. “Cucurrucucú” fue la canción con la que cerró el tercer acto, canción con la que demostró su talento vocal, admirado por muchos y muchas.
Su fundamento
El cuarto y último momento fue dedicado a su familia, el cimiento que sostiene hasta su actualidad su carrera artística, con una canción a cada integrante.
“Llegó el mejor momento porque abro mi alma y mi corazón”, dijo, y entonó “Madre”, dedicada a su mamá; “De madre a hijo”, dedicada a su hijo mayor Juan Pablo Fernández; “Gracias”, dedicado a su esposo; “Volverás a volar” dedicado a su hijo Santi, “Pequeño cielo” dedica a su hija Jessica y “Viento de otoño”, dedicado a su nieta.
Rompiendo el protocolo, saludó al arpista Ismael Ledesma entre el público e interpretó “Flores de Asunción”, guarania instrumental del músico a la que ella dio voz. Una obra que evoca al creador del género, José Asunción Flores, exiliado por su ideología comunista y a quien, tras su muerte, se le negó el regreso a su tierra.
Lizza relató su historia con su sello indiscutible: puro arte, melodía y ritmo. La artista cantó, narró y demostró que sigue vigente, con la energía intacta para continuar creando.


