Así mismo, mientras “El padrino”, “Taxi Driver”, “Todos los hombres del presidente” copaban las carteleras del mundo, títulos como “El joven Frankenstein”, “Locuras en el oeste” o “Alta ansiedad” se codeaban con dichas películas, burlándose de todo: desde el terror clásico hasta las películas de Hitchcock, pasando por la ciencia ficción y el cine épico. Nada escapaba de la mordacidad de Mel Brooks.
Melvin James Kaminsky nació el 28 de junio de 1926. Quedó huérfano de padre cuando apenas era un niño y fue criado por su madre, junto a sus tres hermanos mayores en medio de dificultades económicas. Asumió su nombre artístico cuando aún era adolescente, acortando el apellido de soltera de su mamá, Brookman. Era baterista y cambió su nombre original, para evitar ser confundido con el trompetista Max Kaminsky y porque Brookman era demasiado largo para caber en el bombo de su batería.
Pronto comenzó a contar chistes, con mucho éxito, y dejó la música por los stand ups.
Combatió en Europa durante la II Guerra Mundial, una experiencia “que lo cambió”, según explicó en el documental “Mel Brooks : The 99 Year Old Man!” estrenado en 2024 y que puede verse en la plataforma Max.
Encontró en el humor negro, la sátira y sobre todo en la parodia una fórmula de vida que lo convirtió en referente mundial: “Me enorgullece poder decir que he hecho reír a la gente para ganarme la vida (...). Aunque pueda parecer una tontería y una soberana memez, la comedia es lo que más tiene que decir sobre la condición humana”, escribió Brooks en su autobiografía “Todo sobre mí”.
Formó una pareja artística con el comediante Carl Reiner, entre fines de los cincuenta y comienzos de los sesenta, pero su gran éxito fue la serie televisiva “El super agente 86”, que produjo y escribió a mediados de la década. A partir de ahí, dirigió su primera película: “Los productores” (1967), en el que ya se podía apreciar todo su estilo burlón. Una sátira al nazismo que sigue a dos productores teatrales que pretenden hacer fraude con una obra destinada al fracaso.
La cinta, que escribió y dirigió, le valió su primer Óscar, al mejor guión original. Más de treinta años después, la adaptó en Broadway, donde hizo historia al ganar doce premios Tony, el mayor número obtenido por un musical hasta el momento.
En 1970, dirigió “Las doce sillas”, que está disponible en Youtube.
Se convirtió en uno de los comediantes más influyentes del cine. A lo largo de su carrera ha trabajado como actor, guionista, productor, director, escritor y músico.
Su prolífica carrera en Hollywood incluyó títulos con un gran número de parodias a géneros y películas dramáticas como “Locuras en el oeste” (1974), “El joven Frankenstein” (1974), “Alta ansiedad” (1977), “Las locas aventuras de Robin Hood” (1993) y “SOS. Hay un loco suelto en el espacio” (1987), un exitoso remedo de la Guerra de las Galaxias, que estrena en 2027 la secuela: “Spaceballs, the new one”.
El legado del neoyorquino va más allá de la comedia, con su productora Brooksfilms, apostó por películas dramáticas como “El hombre elefante” (1980) de David Lynch, que obtuvo ocho nominaciones y consolidó la carrera del director. También estuvo detrás de la producción de éxitos como “Frances” (1982), “My Favorite Year” (1982) y “La mosca” (1986).
Brooks es uno de los pocos artistas ganadores de los galardones más importantes en el circuito estadounidense conocidos como los EGOT (Emmy, Grammy, Óscar y Tony).
Su estilo cómico comenzó a decaer desde mediados de los ochenta. Su última película como director fue la parodia de Drácula protagonizada por Leslie Nielsen (1995).
A sus cien años sigue vigente trabajando apoyado por sus cuatro hijos, producto de dos matrimonios, el primero con Florence Baum, madre de los tres mayores, de quien se separó para después casarse con la actriz Anne Bancroft, el amor de su vida, y su pareja durante 45 años hasta 2005, cuando falleció.
Ya está acostumbrado a que lo interroguen sobre su secreto para llegar a esta edad: “A veces me preguntan: ‘Mel, ¿cuál es el secreto de una vida larga?’. Y siempre respondo: ‘No morir’”. Pero, más que nada, ha seguido lo que siempre ha repetido en su obra: “La risa es un grito de protesta contra la muerte”.


