Arte y Cultura

Yerma: una obra clásica del teatro interpretada con profesionalidad

Federico García Lorca sigue demostrando su vigencia, y esta obra es una de las muestras fehacientes de ello, llevada a las tablas en Paraguay por Marcela Gilabert, con fino toque de crítica actual.

| Por Edson Vázquez
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Marcela Gilabert, Roxana Lezcano y Eli Marin en un momento de la representación de “Yerma”, la obra clásica de Federico García Lorca.

Clásico de las puestas escénicas en español, “Yerma” volvió a escena el pasado domingo tras el éxito cosechado el fin de semana anterior. La obra contó con la dirección y adaptación de la reconocida actriz y directora Marcela Gilabert.

El elenco estuvo integrado además por Roxana Lezcano y Eli Marín, quienes, a través de una interpretación excelsa, sostuvieron con solvencia cada uno de los momentos y atmósferas que ofrece la trama.

Vigencia actual

El trasfondo abordado por García Lorca —en las vísperas del noventa aniversario de su fallecimiento— continúa siendo tan frontal como necesario: la maternidad y su peso social. Yerma es una mujer que anhela con todas sus fuerzas la experiencia de maternar; su esposo Juan, en cambio, le confiesa en la escena final, y tras un largo trajinar de ella por hallar solución a su “vientre seco”, que carece de interés en dejar descendencia. Es allí donde la protagonista padece el implacable “qué dirán” de una sociedad que condena la ausencia de fecundidad.

La obra de García Lorca, navega en olas de puro lirismo y una ilustrada riqueza de vocabulario, todo para narrar una tragedia que necesariamente interpela a los espectadores.

Yerma recurre a consejos, rituales espirituales e introspecciones para encontrar una respuesta a sus angustias de no poder quedar encinta. En esos vaivenes, la obra expone la fuerte presión social que impone sobre las mujeres en su función “necesariamente” reproductiva en medio de una cultura machista que ejerce el mandato de género como forma de vida sin dejar espacio a la autonomía reproductiva. Este problema, abordado por el dramaturgo español allá por 1934, sigue siendo un imperante tema de conversación, que Gilabert lo propone desde una perspectiva crítica y aguda.

Al tratarse de una puesta de impronta minimalista, la obra se centra en tres mujeres que van desdoblando personajes como la propia Yerma, interpretada por las tres actrices, vecinas, lavanderas, y otros ambientes que fueron construyendo con las luces y sonidos.

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Yerma fue hilando sus pensamientos entre las normas sociales y la ausencia permanente de su esposo Juan, quien gastaba sus horas diarias en el trabajo de campo para sostener al joven matrimonio. Asfixiada por las rígidas pautas sociales, y ante la confesa indiferencia de Juan en procurar tener un (o varios) hijos, Yerma transita un veloz e intenso pasaje de impulsividad que lo lleva a matarlo, con una fuerte y chocante frase: ¡maté a mi hijo!, dejando entrever al público que en su afán desmedido y casi obsesivo de ser madre, cegada por la ira, desvivió a quien debería haber sido el responsable de dejarla embarazada.

Intenso y preciso

Toda la obra se desarrolló con la marcada intensidad que rodeaba a Yerma, interpretada en diferentes momentos por las tres actrices. La penetrante actuación de Marcela, Roxana y Eli, provocó una honesta y fraterna ola de aplausos en el acto final de la obra que sucedió con las tres actrices ahorcando a Juan (interpretado por Roberto González), con una fuerte luz roja para que luego toda la sala quede a oscuras.

La permanente atmósfera de angustia, de una mujer que emprendió el viaje del matrimonio con el deseo de parir a un hijo alguna vez, fue creciendo desde el primer acto, con diálogos suaves y lentos; para luego escalar a otros más intensos e intrépidos; siempre con una lírica marcada por la estética castellana.

Justa y necesaria

Gilabert habló al final de la obra y presentó a todo su equipo, y adelantó que su gusto por las obras clásicas del teatro seguirá siendo su bandera, por lo que seguirá trabajando en producciones que acerquen al público puestas teatrales clásicas, con su impronta contemporánea. Así como lo hizo con Yerma, una puesta que arrincona al público actual a conversar sobre tensiones (como la maternidad, los cuerpos o la autonomía sexual) que se entrometen entre lo íntimo y lo social, lo natural y lo impuesto.

La obra se llevó a cabo en Sala La Correa, un espacio que viene siendo epicentro de producciones independientes que gustan del público. La producción fue de 2D Época en colaboración con El Búho Teatro.

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