El pogo es ese espacio de catarsis donde la piel es la frontera única entre fraternos de una misma hermandad que no discrimina edades, sexo, religiones ni nada inventado por los prejuicios.
Una comunión salvaje en donde si uno cae, diez manos te levantan. Es el corazón palpitante de un festival, un ritual de liberación colectiva en donde solo se precisa de las ganas de disfrutar la música, pero a través del cuerpo entero en un espacio con gente desconocida, o no, sumergidos en una marea humana de sudor y euforia, en donde cada cuerpo choca con otros al ritmo de la distorsión.
Si un festival no es capaz de generar eso con las bandas de rock, se debería replantear la nomenclatura del evento (más allá del gran abanico de subgéneros que existe en el rock). Pero esto lo lograron dos grupos argentinos en Rock al Puerto 2026 y fueron Árbol y Bulldog.
Punk para y con los amigos
En el escenario secundario, después de la presentación del derechoso e inentendible Andrés Calamaro, Bulldog subió para dar paso a la rebeldía. Mantu con sus amigos hicieron delirar a fanáticos leales y también a los neófitos del caos. La banda, con más de 35 años de carrera, arrancó con un sonido saturado, apremiados por no perder ni un minuto en el ajustado cronograma del festival.
Entre temas y temas, llegaron himnos de sus épocas doradas como “Más y más”, “La vida”, “El antigil”, entre otros. “Y vos pensaste que nadie se quedaría después de Calamaro, ustedes son los intrépidos del rock”, dijo el cantante y guitarrista Mantu en una pausa al momento de agradecer al público por su fidelidad en los tres caminos de andar en escenarios.
Con más de 35 años de trayectoria ininterrumpida y giras internacionales, Hernán “Mantu” Mantoani y sus compañeros se mantienen como auténticos trabajadores del rock y son testigos del recambio generacional de sus fans.
“Me avisan por la cuca que nos queda un tema más, no puede ser. Muchas gracias por todo este recibimiento, Paraguay”, dijo Mantu y se despidió con “Más que diez”. “¡Que se pudra todo!”, gritó y se salió del cronograma para cantar la versión “La noche sin ti”, ese tema tan romántico de Los Huayra, pero llevada a una atmósfera más agresiva pero tierna a la vez. Y así se despidió Bulldog, rebelde, mientras en el escenario principal ya se escuchaba la primera canción de otro revoltoso: Pablo Romero.
¡Trenes, camiones y patadas!
Mientras Bulldog terminaba su último tema, Árbol ya abría el último concierto de la noche con “Trenes camiones y tractores”, en las primeras horas del domingo. El público tuvo que emprender una carrera hasta el otro escenario levantando las primeras polvaredas. “La güera Salomé” sonó seguidamente, esa fusión entre hardcore, cumbia psicodélica y otras yerbas.
Después vino “Prejuicios”, o conocido como “Osvaldo”, canción que condensa la crítica hacia los “opinadores” de vidas ajenas, soltando cuanto término peyorativo sea posible. Siguió con un clásico de toda una generación: “Pequeños sueños”, y es que Árbol siempre supo amalgamar ternura y rebeldía, nostalgia y agresividad en un solo proyecto musical. En esa línea luego sonó “Ya lo sabemos”, con el violín sonando de la mano de Diego Velázquez. El tema fue subiendo de a poco para convertirse en energía pura en los últimos coros.
“Revoloteando“ siguió en el setlist que marcó a toda una generación, allá por los 2000.
Un lindo recuerdo del pogo
En Paraguay, bandas como Flou, Revolber o Villagrán Bolaños saben cómo congregar a los fieles del sarambi rockero frente al escenario. Árbol pertenece a esa misma generación. Como era de esperarse, Pablo, el vocalista, organizó el pogo abriendo un espacio en el centro, ante un público que ya agitaba las remeras en el aire, listo para el ritual. El claro que se formó en el campo se cerró de golpe, a puros empujones, en cuanto sonaron “Vomitando flores” y “Cosacuosa”.
Como último tema entonaron “Fantasma”, canción que dejó rodar algunas lágrimas. El tiempo en el escenario había expirado hacía rato, pero eso no impidió que Árbol siguiera tocando. Con la casaca de la Albirroja puesta, Pablo cerró la velada defendiendo el rock más sincero a pura corazonada, en medio de una fría noche asuncena a la vera del río Paraguay.


