El regreso constante de la criatura no deja de ser curioso; pocas figuras cargan con una idea tan básica —un cuerpo envuelto en vendas que regresa de la muerte— y, al mismo tiempo, tan fascinante.
Cuando “The Mummy” apareció en 1932, con Boris Karloff sepultado bajo capas de maquillaje, el terror todavía no corría; se deslizaba. Aquella película jugaba más con la sugestión que con el impacto. Egipto era un territorio de misterio elegante, casi romántico. La amenaza no necesitaba velocidad, pues bastaba una mirada fija, sostenida, para incomodar.
El punto de inflexión moderno llegó con “La momia” (1999), dirigida por Stephen Sommers. Aquella versión, con Brendan Fraser al frente, reconfiguró el mito desde la lógica del blockbuster de aventura. Más cercana a “Cazadores del arca perdida” que al terror clásico, la película apostó por el vértigo, el humor y un despliegue técnico acorde a su tiempo. La criatura, encarnada por Arnold Vosloo, ya no era un residuo del pasado sino una amenaza espectacular, amplificada por los primeros grandes usos de los efectos visuales en el género.
El intento de “La momia” (2017), con Tom Cruise y Sofia Boutella, buscó algo distinto: integrar al personaje dentro de un “universo oscuro” al estilo de las grandes franquicias contemporáneas. La operación fue más industrial que creativa. Había músculo, había ambición, pero faltaba una identidad clara. El resultado: una película que nunca terminó de decidir qué quería ser.
En ese contexto acaba de estrenarse “La posesión de la momia”, una producción de Blumhouse Productions que intenta —otra vez— reconfigurar el mito. Y lo hace desde un lugar reconocible: el terror físico, incómodo, de impacto directo.
La premisa es sencilla y efectiva. Una niña desaparece en el desierto. Ocho años después, regresa. No hay explicación. No hay alivio. Solo una certeza: lo que volvió no es exactamente lo que se fue.
El responsable de dar un giro de ciento ochenta grados a este universo es el director Lee Cronin, quien, sin hacer demasiado ruido al comienzo, terminó instalándose con fuerza en el cine de terror contemporáneo. Nacido en Irlanda, su mirada combina lo íntimo con lo visceral. Le interesa tanto lo que ocurre dentro de la cabeza de sus personajes como aquello que irrumpe desde afuera para hacerlo estallar todo. El punto de inflexión en su carrera llegó cuando tomó las riendas de una franquicia pesada como “Evil Dead Rise” (2023). Lejos de copiar fórmulas, Cronin entendió el espíritu de la saga creada por Sam Raimi y el resultado fue una película brutal.
En el caso de “La posesión de la momia”, todo lo visceral y escatológico regresa, pero en dosis aún mayores, ideales para quienes disfrutan del cine más extremo. La sutileza queda de lado y, desde el inicio, el espectador se enfrenta a un festín de sangre y vísceras, con momentos en los que apartará la mirada de la pantalla, dentro de un universo audiovisual diseñado para ser disfrutado en la pantalla más grande posible. Cronin entiende que el cine de terror moderno ya no es solo espectáculo, sino también una experiencia que debe sentirse en el cuerpo. Y eso ocurre, ya que el espectador es bombardeado por estímulos que, por momentos, resultan excesivos.
Quien se acerque con una mirada más puntillosa, en busca de una lógica interna sólida, un desarrollo detallado de personajes o un guion que articule con precisión las provocaciones narrativas, deberá ajustar sus expectativas. “La posesión de la momia” es una película desordenada, caótica, que invita a preguntarse hasta qué punto el público del horror actual necesita coherencia. En una época en la que la forma suele imponerse sobre el contenido, este tipo de propuestas funciona más como un videojuego que como una pieza de relojería narrativa destinada a perdurar o a ofrecer ideas verdaderamente renovadoras.
La película exige que el público dé un salto de fe constante. Hay momentos en los que esa tensión se vuelve evidente, como cuando el protagonista queda catatónico durante varios minutos, completamente fuera de juego, mientras a su alrededor se desata el pandemonio.
Jack Reynor y la siempre exquisita Laia Costa hacen lo que pueden para salir airosos de las peripecias —en muchos casos absurdas— que el propio Cronin les propone en su faceta de guionista.
Ahora bien, también sería injusto exigirle lo que no pretende ser. Cronin no busca reinventar la figura de la momia desde lo conceptual. Su interés está en otra parte: en devolverle al género una dimensión corporal, casi visceral, que el terror más industrial había ido diluyendo; y en eso, hay algo valioso.
Lo que sí queda claro es que el mito sigue vivo. Y mientras exista esa tensión entre lo antiguo y lo contemporáneo, entre lo que vuelve y lo que no debería volver, la momia va a encontrar la forma de levantarse otra vez.


