Cuando apareció en HBO, allá por 2019, muchos la miraron de reojo. Otra serie de adolescentes, pensaron. Error. Lo que hizo fue patear la mesa. En un panorama donde el coming-of-age todavía venía bastante domesticado —más cerca del drama prolijo que del caos real—, la serie creada por Sam Levinson se metió sin pedir permiso en temas que otras apenas rozaban: adicciones, sexualidad, ansiedad, violencia emocional; todo al mismo tiempo, sin anestesia y sin antídoto.
Y sí, Zendaya. Su Rue no es solo el eje narrativo; es el pulso, la respiración entrecortada de la serie. Hay momentos en los que parece que todo se va a romper, y a veces se rompe. Esa interpretación —cruda, incómoda, casi sin red— no solo redefinió su carrera, también elevó el estándar de lo que se espera de un protagonista joven en televisión.
La primera temporada fue, en cierto modo, una bomba sensorial. Luces de neón, cámaras que flotan, música que entra como un latigazo emocional. Pero debajo de ese artificio había una estructura. Había una mirada. No era solo estilo. Era un estilo al servicio de algo más turbio: la sensación de estar perdido incluso cuando todo parece estar al alcance.
Después vino la segunda. Más oscura. Más fragmentada. Y, para algunos, más irregular —no pasa nada, se puede decir—. Levinson decidió soltar un poco la narrativa lineal y meterse en zonas más incómodas, incluso contradictorias. Personajes que crecen… y otros que se desdibujan, tramas que se estiran hasta incomodar. ¿Capricho autoral? Quizás. ¿Búsqueda genuina? También.
Lo interesante es que, incluso con esas tensiones, “Euphoria” siguió marcando agenda. En redes, en moda, en música. Las estéticas de maquillaje, los códigos visuales, el uso del silencio (sí, el silencio también). Todo empezó a replicarse, como si la serie hubiera instalado una especie de lenguaje generacional. Medio exagerado, medio aspiracional, pero ahí está.
Ahora bien, la tercera temporada. Ese fantasma.
Durante años se habló de retrasos, reescrituras, agendas complicadas, y, últimamente, declaraciones que no ayudan a calmar las aguas. La propia Zendaya dejó entrever dudas sobre el rumbo del proyecto. No cancelación —todavía no—, pero sí una sensación de incertidumbre. Algo no termina de encajar.
Se sabe, o se intuye, que habrá un salto temporal. Que los personajes ya no estarán en el secundario. Y eso abre una pregunta clave: ¿qué pasa con “Euphoria” cuando deja de ser estrictamente adolescente? ¿Sigue funcionando igual o pierde parte de su ADN?
Porque —y esto es importante— la serie nunca fue solo sobre la juventud. Fue sobre la intensidad de esa etapa. Sobre vivir todo al límite. Y trasladar eso a la adultez…, bueno, no es tan simple. Puede volverse otra cosa; mejor o peor.
Mientras tanto, la industria mira, no tanto por el rating —que importa, claro— sino por el impacto cultural. Porque “Euphoria” logró algo que no es tan común: ser discutida. Amada, odiada, parodiada. Pero nunca ignorada.
Y quizás ahí está la clave. En una era donde las series se consumen rápido y se olvidan aún más rápido, “Euphoria” se quedó. Incómoda. Excesiva. A veces brillante, a veces errática. Como la vida misma, si uno se pone un poco cursi.
¿Volverá con la misma fuerza? Difícil saberlo. Pero incluso si no lo hace, ya dejó una marca, y no es menor. Porque en televisión —como en casi todo— no siempre gana el más perfecto. A veces gana el que se anima a desordenar un poco las cosas. Aunque moleste, aunque duela, aunque, bueno… no cierre del todo.
La tercera temporada de “Euphoria” podrá verse desde el próximo domingo 12 de abril a través de la plataforma HBO.


