Hay personas que llegan a la música casi sin darse cuenta. Y hay otras —como Derlis González— que prácticamente crecieron con ella como banda sonora permanente desde su infancia.
En su casa siempre había algo sonando. Su mamá tenía esa costumbre hermosa de regalarle casetes y cedés de artistas muy distintos entre sí. Nada de un solo estilo. Todo valía, y él se pasaba horas escuchando. Sin distracciones. Solo escuchar. Desarmar canciones en la cabeza. Volver a ponerlas. Aprenderlas de memoria sin proponérselo.
A los diez años empezó con clases de guitarra. Y un par de años después ocurrió ese momento bisagra que a veces define una vida entera: vio “Star Wars” por primera vez. No fue solo la película, fue la música. Ahí entendió que las melodías podían narrar, emocionar, anticipar, sostener. Que podían ser parte del relato, no un simple fondo.
Desde entonces, el vínculo con la música de cine ya no fue un gusto pasajero. Se volvió rumbo.
Estudió guitarra clásica en el Conservatorio Nacional de Música y, tras terminar la secundaria, consiguió una beca completa para estudiar composición en Canadá. Fue un salto grande. De esos que asustan un poco. Pero también fue el lugar donde empezó a construir su oficio en serio. Ahí compuso para proyectos estudiantiles, escribió a directores que encontraba en internet, aplicó a convocatorias. Lo que fuera necesario. Gracias a esa insistencia terminó trabajando en decenas de cortos y hasta en algún largometraje de ultra bajo presupuesto. Aprender haciendo. No hay otra.
Su primera incursión en el cine paraguayo llegó con “Lectura según Justino”, dirigida por Arnaldo André. Después vendrían títulos que hoy forman parte del mapa audiovisual del país: “Paraguay, droga y banana”, “Los buscadores”, “Orsai”, “La última obra”, y los trabajos para televisión “Marilina: Atreverse a soñar” y “Solo por unos días”.
Si hay una colaboración que lo marcó especialmente es la que mantiene desde hace casi diez años con Juan Carlos Maneglia y Tana Schémbori. “Trabajar con ellos —dice— es una alegría real”. No es una frase hecha. Es una dinámica construida con confianza. Ellos aman la música, entienden su peso dentro del relato y saben lo que buscan. Pero también confían. Y eso cambia todo. No hay listas rígidas de instrucciones. Hay diálogo. Prueba y error. Intercambio. Se aprueban ideas, se descartan otras, siempre pensando en el proyecto. Sin egos. Sin jerarquías innecesarias.
Con otros directores la experiencia puede ser distinta. Algunos quieren controlar cada detalle. Otros, en cambio, prácticamente le dicen: “Esto es más o menos lo que imagino, el resto es tuyo”. Y en el medio están quienes necesitan guía, conversación, acompañamiento constante. Para Derlis no hay un método mejor que otro. Cada proyecto encuentra su propia forma.
Su proceso creativo empieza siempre hablando. Entendiendo el corazón del proyecto. Le gusta la música temática, esa que construye melodías asociadas a personajes o situaciones, como si cada historia tuviera su propio ADN musical. Encontrar esa melodía —ese núcleo— es lo más difícil. Y lo más importante. ¿Cómo sabe que es la correcta? No hay fórmula. Instinto. Intuición. Algo de suerte. Y, por supuesto, la reacción de quienes están del otro lado. Al final, la música funciona o no cuando se encuentra con la imagen. No hay mucha vuelta.
Hoy su mayor aspiración no es una estatuilla ni una alfombra roja. Es poder seguir viviendo de la composición a tiempo completo. En Latinoamérica, eso ya es un logro enorme. Claro que sueña con expandirse. Argentina, Brasil, Colombia. Más al norte también. Pero sin perder el eje.
El panorama del cine paraguayo lo entusiasma. Ve crecimiento, impulso, ganas. Cree que el compromiso público ha sido clave, pero que el sector privado debe apostar aún más fuerte. Porque una industria audiovisual sólida no se construye de un día para el otro. Requiere paciencia. Visión. Persistencia.
Él, mientras tanto, sigue componiendo. Buscando esa melodía que todavía no existe. La próxima. Siempre la próxima.










