La Tribuna que cambia el juego

Con la alegría como bandera, una docente itaugüeña no se detiene

A los 87 años, María Elena “Muki” Gómez desafía el paso del tiempo con una energía que desborda las calles de Itauguá. Tras una carrera forjada entre…

| Por La Tribuna
“Muki” Gómez, 87 años, docente, artesana y artista. Un ejemplo de que la pasión no tiene fecha de vencimiento. Sus cuadros cuentan lo que las palabras no alcanzan para describir la historia de una mujer que decidió vivir con el alma encendida.

A los 87 años, María Elena “Muki” Gómez desafía el paso del tiempo con una energía que desborda las calles de Itauguá. Tras una carrera forjada entre sacrificios y viajes a contramano, hoy se reinventa como artista, artesana y es un testimonio de resiliencia que inspira a generaciones. La mujer que estudiaba bajo la luz de una lámpara a kerosén nos revela que el secreto de su longevidad no está en la genética, sino en la capacidad de perdonar y en la eterna alegría de crear. Mientras tanto no posterga su cita de los domingos donde, entre cartas y risas, sigue ganándole la partida al olvido.

Hay vidas que se escriben con la tinta de la resistencia y se pintan con los colores del optimismo. En Itauguá, el aire parece vibrar de una manera distinta cuando se menciona a María Elena Gómez, aunque para todos, el nombre que evoca una sonrisa inmediata es “Muki”. A sus 87 años, ella no es solo una docente jubilada; es el testimonio viviente de una estirpe de mujeres paraguayas que no conocen la palabra “imposible”, esas que transformaron las carencias en puentes y el sacrificio en una danza eterna de gratitud.

La historia de “Muki” comenzó con el polvo de los caminos y el rugido de los motores de antaño. Estudiar en Asunción, siendo del interior, era en aquel entonces una odisea que requería una logística casi militar y una voluntad de hierro. Tras cursar en el Colegio Dahlquist, la realidad del transporte la obligó a un cambio estratégico: trasladarse al Colegio Presidente Franco para poder estudiar por las mañanas. El motivo era tan simple como implacable: el último colectivo de la empresa “El Indio” de Eusebio Ayala partía de Asunción a las 17:30. Perder ese bus significaba quedarse varada, lejos de su hogar.

Pero el Paraguay de antes, aunque duro, estaba cimentado en la solidaridad. “Muki” recuerda con una ternura que humedece los ojos a sus “compañeras fabulosas”. Sin recursos para libros propios, ellas se convertían en su biblioteca personal. “Me prestaban los libros y yo de noche hacía mis resúmenes con lámpara a kerosén”, relata hoy, soltando una carcajada que borra cualquier rastro de autocompasión. En esa penumbra iluminada por una llama vacilante, no solo se formaba una maestra; se templaba una mujer que aprendió a leer el mundo antes que los textos.

Aunque el sueño de ser bailarina quedó suspendido en el tiempo por las carencias de la época, “Muki” no permitió que el silencio ganara. Si sus pies no pudieron deslizarse en un escenario de danza, sus manos se convirtieron en coreógrafas de la tradición. Heredera de la destreza de su madre, domina el lenguaje del crochet, el ñandutí, el ao po’i y el delicado frivolité. Pero su espíritu inquieto no se detuvo en lo aprendido en la infancia. Hace quince años, cuando muchos deciden que ya es tarde para lo nuevo, “Muki” tomó los pinceles. Sus cuadros, cargados de paisajes que narran historias, son hoy el reflejo de una mirada que se niega a nublarse. Con una vista que desafía al tiempo y apoyada apenas en sus lentes, sigue creando belleza a partir de elementos reciclados, demostrando que el arte es, ante todo, una forma de reciclaje del alma.

La vida le presentó duelos profundos. Perdió a su esposo en el 2003 y sus tres hermanos partieron antes que ella. Sin embargo, “Muki” no habita el pasado con tristeza, sino con una aceptación luminosa. Atribuye su longevidad a la genética de sus abuelos —aquellos centenarios que le marcaron el camino—, pero sobre todo, a una filosofía de vida que hoy es su estandarte. Lectora de Brian Weiss, repite con convicción que el secreto de la felicidad no es un arcano inalcanzable: es perdonar, es decir “te amo”, es querer al prójimo. Es, en esencia, la alegría de estar aquí.

Madre de dos profesionales que la sostienen y abuela de cuatro nietos que son su puente al futuro, “Muki” se divierte en el laberinto de la tecnología. Aprende a navegar pantallas con la misma curiosidad con la que hacía sus resúmenes a kerosén, riéndose de las complicaciones modernas. No hay espacio para el aislamiento; ella es el motor de grupos de adultos mayores y la protagonista indiscutible de los domingos en casa de su amiga Felicita. Allí, entre cartas de “Escoba de 15”, mantiene el cerebro alerta y el corazón contento, demostrando que la vejez no es un ocaso, sino una luz que se vuelve más cálida y sabia.

“Muki” es la síntesis de la mujer paraguaya: esa que cuida, que trabaja, que crea y que, por encima de todo, resiste con una sonrisa. Su vida nos dice que no importa qué tan temprano salga el último colectivo, siempre habrá una forma de llegar al destino si se tiene la voluntad de caminar o la generosidad de una mano amiga. Ella no piensa rendirse. Sigue irradiando una energía que contagia, recordándonos a todos que la verdadera fortaleza no reside en no tener obstáculos, sino en tener la actitud necesaria para convertirlos en anécdotas contadas entre risas y tejidos.

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