Sobreviviente de cáncer de hueso, emprendedora y referente de superación, Andy Solís convirtió su trauma en su mayor fortaleza. Con la misma valentía con la que enfrentó la enfermedad de niña, hoy organiza ferias y busca donantes para una cirugía compleja, demostrando que aunque la vida la rompa en mil pedazos, ella siempre encuentra la forma de volver a armarse.
La vida de Andy Solís se partió en dos a los 12 años, con un golpe seco mientras jugaba fútbol en el patio de la escuela. Lo que parecía un moretón de infancia terminó siendo un diagnóstico que nadie quiere escuchar: cáncer de hueso. De un día para otro, los juegos y las tareas fueron reemplazados por el olor a hospital, el frío de las agujas y la visión desgarradora de sus padres derrumbándose en silencio. Andy recuerda ver a su madre esconderse en el baño para llorar y a su padre rezar en la penumbra, creyéndola dormida. En ese entonces, ella era solo una niña que dormía con peluches, pero el destino la obligó a convertirse en guerrera antes de entender siquiera qué significaba estar viva.
Su caso en el Instituto de Previsión Social (IPS) fue un hito médico: fue la primera vez que se logró salvar un miembro sin recurrir a la amputación ante un cáncer tan agresivo. Sin embargo, el precio de esa victoria fue una estructura de metal que hoy define su andar. “Mi fémur es todo prótesis, mi rodilla también”, explica. El proceso de sanación no fue solo físico. Andy recuerda con dolor la imagen de aquella “peladita” frágil que la miraba desde el espejo, sin pestañas y sin el cabello largo que tanto amaba. Se sintió desnuda, rota y avergonzada. Se escondió del mundo, odiando esa nueva versión de sí misma, hasta que comprendió que la niña que corría en el recreo ya no existía y que debía aprender a amar a la mujer que nacía de esas ruinas.
Esa aceptación llegó vestida de humor. Hoy, Andy se hace llamar “La Chueca”, un apodo que para muchos podría ser un insulto, pero que para ella es un estandarte de poder. “Mis traumas son mis chistes”, afirma con una seguridad que desarma. No es que el dolor haya desaparecido, es que aprendió a no dejar que sea lo único que la defina. El humor fue su escudo para que sus padres no sufrieran más de la cuenta y su herramienta para recuperar el control sobre una narrativa que ella no eligió.
Ese mismo espíritu de lucha la llevó a buscar independencia apenas terminó el colegio. Para no ser una carga, salía con muletas a buscar empleo, subiendo a los colectivos con un esfuerzo que conmovía a su padre, quien siempre la acompañaba a la parada. Trabajó como niñera, en limpieza y en call centers, hasta que un día, tras una ruptura amorosa que la dejó vulnerable, decidió que era momento de apostar por lo suyo. Así nació su emprendimiento, primero vendiendo casa por casa en su auto, y luego estableciendo su propia tienda en Fernando de la Mora. El nombre original, La Vaca y el Pollito, era un homenaje a los dibujos animados que la acompañaron en sus quimioterapias. Con el tiempo, integró su identidad a la marca, rebautizándola como La Chueca Chic. Para ella, verse bien y arreglada es parte de su terapia; es una forma de decirse a sí misma que sigue siendo bella, incluso con sus grietas.
Sin embargo, la batalla de Andy no ha terminado. Una reciente fractura la ha devuelto a las muletas y, en ocasiones, a la silla de ruedas. Se enfrenta a una cirugía compleja y costosa que requiere no solo recursos económicos, sino también donantes de sangre. Lejos de rendirse, ha vuelto a organizar ferias y asadeadas, apelando a la solidaridad de quienes conocen su historia. Su motor sigue siendo el mismo: retribuir a sus padres y a su abuela todo el sacrificio que hicieron por ella. Su sueño no es solo volver a caminar sin ayuda, sino llevar a su familia a conocer el mundo, como una forma de decirles que todo el dolor valió la pena.
Andy es hoy la unión de dos personas: la niña que temblaba en la sala de oncología y la mujer que camina con paso firme aunque la prótesis pese. Su mensaje para quienes atraviesan la oscuridad es contundente: “La vida puede romperte en mil pedazos y, aun así, podés armarte de nuevo. Si el dolor no se va, aprendés a bailar con él”. Ella sabe que no volverá a jugar fútbol ni a andar en bicicleta, pero ha descubierto que la valentía no siempre ruge; a veces es solo un susurro que, en medio del llanto y la oración, te dice que mañana habrá una nueva oportunidad para intentarlo. Porque mientras haya aliento, hay lucha, y mientras haya lucha, hay un milagro ocurriendo en cada paso, por más lento que sea.


