Wisner Chocolates emerge como un proyecto que combina pasión, educación y resistencia cultural en torno al cacao. Creado por dos contadores sin formación gastronómica, el emprendimiento nació en la pandemia y hoy desafía a la industria tradicional.
En el corazón de San Antonio, cerca del pulso creativo de Paraguay, se erige un lugar que parece haber escapado de las páginas de un cuento de fantasía. Sin embargo, aquí la magia es tangible, se puede oler y tiene un nombre que resuena con fuerza: Wisner Chocolates. Bajo la dirección de Gabriela Gali y José Coronel, este emprendimiento ha dejado de ser una simple fábrica para convertirse en un bastión de resistencia cultural y gastronómica. José, a quien el imaginario popular ya bautizó como el “Willy Wonka paraguayo”, lidera junto a su esposa una cruzada que nació en el rincón menos pensado: el confinamiento de la pandemia.
Lo más sorprendente de esta travesía es que sus protagonistas son contadores de profesión. Sin formación previa en gastronomía o comercio internacional de materias primas, se enfrentaron a múltiples desafíos estructurales y técnicos que sortearon con éxito gracias a una determinación inquebrantable. Su historia demuestra que el espíritu emprendedor, combinado con curiosidad intelectual y disciplina profesional, puede transformar un desconocimiento absoluto en un referente industrial que hoy desafía a las grandes marcas comerciales.
La historia de Wisner comenzó frente a una pantalla. Inspirados por un programa de cocina que desnudaba los secretos del cacao, Gabriela y José notaron un vacío abismal en el mercado local. Paraguay se encontraba históricamente en la cola del consumo de chocolate en Sudamérica. Pero lo más preocupante no era solo la cantidad, sino la calidad: el país carece de regulaciones claras que diferencien un chocolate auténtico —basado en manteca de cacao— de una barra “sabor a chocolate” fabricada con grasas vegetales hidrogenadas. Esa inquietud los llevó a investigar profundamente en internet y redes sociales para conectar con expertos globales.
Esta búsqueda los llevó finalmente hasta Colombia, cuna del cacao de alta gama. Allí exploraron plantaciones y procesos críticos de fermentación y secado, forjando una alianza de hermandad con productores locales. En honor a esa hospitalidad, bautizaron su marca como Franz Wisner, en homenaje al militar y arquitecto húngaro cuya vida se entrelazó con el destino de Paraguay durante la Guerra de la Triple Alianza, sirviendo como un puente simbólico entre el pasado y el presente.
Emprender en este rubro no ha sido fácil. Recientemente, el aumento internacional en los precios del cacao puso a la empresa ante un muro: sus clientes mayoristas ya no podían costear la materia prima original. Ante esta adversidad, la pareja decidió redoblar esfuerzos en su misión educativa. “Muchos nos dijeron que ya no iban a poder seguir comprando; fue entonces cuando decidimos apostar con todo a las visitas y crear cultura”, relata José. Así nació el “Tour del Chocolate Paraguayo”, una iniciativa que invita a familias y estudiantes a vivir una experiencia sensorial y educativa fuera de lo normal.
Todos los días, la fábrica abre sus puertas para un recorrido inmersivo de 60 minutos. Los visitantes conocen el proceso completo: desde el grano en bruto hasta la barra terminada. El gran atractivo técnico es ver el molino de tecnología de punta, capaz de procesar 70 kilogramos cada tres días. Esta máquina utiliza ruedas de granito que trituran el grano lentamente, preservando la esencia artesanal y los aceites esenciales que se pierden en procesos industriales rápidos. Durante la visita, los asistentes participan en actividades interactivas y degustan chocolates frescos fluyendo directamente de las máquinas.
Es una interacción humana directa donde el propio José recibe a los visitantes. Los precios se mantienen accesibles, buscando que el aprendizaje sobre el “chocolate real” llegue a todos los sectores. La meta es clara: que el consumidor paraguayo aprenda a diferenciar un producto genuino de una imitación con solo saborearlo, dotándolo de un sentido crítico frente a la góndola. Para ellos, un cliente educado es el mejor aliado de la calidad.
Lo que sale de San Antonio es un producto de excelencia superior: orgánico, vegano y libre de gluten. La gama abarca desde el 37% con leche hasta una barra pura del 100% de cacao, además de opciones sin azúcar. Su compromiso los ha posicionado en los puntos de venta más exclusivos del país. Con la mirada en el futuro, la empresa planifica para el 2026 un aumento significativo en su producción para llegar a más capitales departamentales.
Este esfuerzo ha sido premiado en varias ocasiones por su innovación y resiliencia. El reconocimiento más reciente fue el Premio a la Competitividad entregado por el Ministerio de Industria y Comercio (MIC). Además, Gabriela fue distinguida como “Mujer emprendedora” por el gobierno de Taiwán, subrayando el liderazgo estratégico femenino detrás del éxito.
Aunque José no buscó el apodo de Willy Wonka, hoy lo abraza como un puente pedagógico. Wisner Chocolates es el testimonio de que en Paraguay la innovación y la determinación de dos profesionales contadores pueden fundirse en una pieza de chocolate perfecto. Es la historia de un matrimonio joven que decidió que su país merecía un producto a la altura de su historia: auténtico, resiliente y con un sabor que perdura mucho más allá del último bocado.


