En el corazón del barrio Sajonia, donde el aroma del río Paraguay se siente en el aire, Ana Paniagua construyó su vida. Allí crió a sus cuatro hijos, allí trabajó durante años en el área de recursos humanos, gestionando el capital más valioso de cualquier empresa: las personas. Sin embargo, la vida con sus giros inesperados le tenía preparado un guion que ella jamás imaginó escribir.
La historia de Ana no es solo la suya; es la crónica de miles de madres paraguayas que ven cómo sus nidos se vacían no por elección, sino para mejorar sus vidas. Primero fueron sus hijos. Uno a uno, emprendieron el rumbo hacia España, buscando mejores horizontes. En 2019, con la valentía de quien no tiene nada que perder y todo un mundo por ganar, Ana decidió que era su turno de mirar hacia el mar. Su destino: Las Palmas de Gran Canaria.
A sus 50 años, la edad en la que muchos buscan la estabilidad del retiro, Ana se encontró en una isla volcánica, rodeada de un azul infinito, aprendiendo a ser una nueva versión de sí misma. La migración no la doblegó; la transformó.
“Aquí tuve la oportunidad de formarme y hoy soy Sociosanitaria y acompañante de transporte de personas con movilidad reducida (PMR)”, relata con una voz que destila la serenidad de quien ha encontrado su propósito. Pero su búsqueda no se detuvo en el cuidado físico. Profundizando en las heridas del alma que causa el desarraigo, se formó como coach motivacional en terapia Gestalt. Ana no solo quería ayudar a mover cuerpos, quería ayudar a sanar corazones migrantes.
Estando en España, Ana observó una realidad punzante: la “niñez migrante” corría el riesgo de convertirse en una generación sin raíces, suspendida entre el país que los acogía y el país que sus padres recordaban con nostalgia. Fue así como nació Origina.
“La idea inicial fue mía, pero pronto sumé a gente que vibraba con la misma frecuencia”, explica emocionada. El proyecto no es un esfuerzo solitario; es una red de afectos compuesta por una junta directiva donde la paraguayidad se mezcla con la solidaridad local: la tesorera Mirna Busto y la vocal Yolanda Díaz son paraguayas, y el secretario es el español Jesús Suárez. “Gente maravillosa”, añade, subrayando que la patria también se construye con quienes nos reciben.
Legalmente constituidos en el casco histórico del barrio Vegueta, bajo el amparo del “Patio de las Culturas”, Origina ha desplegado dos alas fundamentales desde septiembre de este 2025.
La primera es la Escuelita de Historia del Paraguay. Dos veces al mes, durante dos horas, niños de entre 6 y 12 años se sientan frente a la docente Juana Duarte. No es una clase común; es un viaje en el tiempo. Allí, entre relatos de héroes y leyendas de la selva, los pequeños descubren que su identidad no empezó en un aeropuerto, sino siglos atrás, en una tierra de tierra roja y guaraníes.
El segundo pilar es “Nosotras las que migramos”, un registro de memoria viva. Un espacio necesario para que el proceso de migración no sea solo una estadística de remesas, sino un relato humano. Es el archivo de las voces de quienes dejaron su país, un testamento de valentía para las generaciones futuras.
A pesar de la magnitud de su obra, Ana es tajante sobre la naturaleza de su trabajo: “Es a todo pulmón. No tenemos una remuneración económica. Lo hacemos por el amor que sentimos por la patria. Somos y vamos a seguir siendo paraguayos y paraguayas aunque hayamos decidido vivir en otro continente”.
Al hablar de sus compatriotas en el extranjero, los ojos de Ana brillan con un orgullo legítimo. Define al paraguayo como una mano de obra cualificada, valorada y, sobre todo, profundamente resiliente. “Nuestra capacidad de resistencia solo se puede comparar con la de nuestras Residentas”, afirma, evocando a aquellas mujeres que reconstruyeron el Paraguay desde las cenizas.
Para Ana, la migración no debe ser vista solo como una huida, sino como una oportunidad de crecimiento y una forma de vida diferente. Su mensaje para los que están lejos es claro: “Solo tenemos que creer un poco más en nosotros mismos”.
El camino del voluntariado es arduo y, a menudo, silencioso. Pero Ana camina por las calles de Las Palmas con la frente en alto, sabiendo que en cada niño que aprende quién fue el mariscal López o en cada mujer que narra su travesía, ella está plantando un lapacho invisible que florecerá en pleno invierno canario. Porque para Ana, y para Origina, la patria no es un lugar en el mapa, sino un fuego que se mantiene encendido, contra viento y marea, a través de la memoria.
Hacen lo que está en sus manos, con la certeza de que este camino de entrega, algún día, será recompensado por la historia.


