Separarse no fue una opción para los seis hermanos Cohene, y rendirse tampoco lo fue para María Guadalupe. Criada bajo el cuidado de una familia del corazón en San Ignacio, esta joven doctora hoy lidera un camino de superación que inspira a toda una generación.
La historia de María Guadalupe Cohene es un testimonio de cómo el amor y la determinación pueden transformar un destino incierto en una vida de propósito. A sus 26 años, Guada no solo es médica, es el reflejo de una resiliencia forjada en la calidez de un hogar que nació de las Aldeas Infantiles SOS.
Originaria de Luque, el destino la llevó junto a sus cinco hermanos a San Ignacio, Misiones. No fue una coincidencia, fue un acto de protección: Aldeas de esa ciudad permitió que los seis crecieran juntos, sin separarse. Allí, bajo el cuidado de Mirtha, su “mamá del corazón”, aprendieron que la familia se construye con apoyo incondicional. Mirtha fue la brújula que les enseñó que el esfuerzo era la única llave capaz de abrir todas las puertas.
Guada siempre supo que la educación era su camino. Se destacó desde pequeña, convirtiéndose en la mejor egresada del bachillerato técnico en Electricidad. Su brillantez no conoció fronteras: en el 2018 fue seleccionada para representar con orgullo a Paraguay en Taiwán, formando parte de una delegación de cuatro jóvenes destacados a nivel nacional. Aquel viaje a un país tan lejano fue la confirmación de que su sacrificio daba frutos. “Me superan las emociones”, confesaba entonces, asimilando que su origen no determinaba su techo.
Sin embargo, su verdadera vocación latía desde el séptimo grado: la medicina. El camino exigía una entrega total. Estudiar esta carrera implicaba migrar a Encarnación y enfrentar la independencia. Pero Guada no caminaba sola. Sus hermanas, María de los Ángeles y María Benita —sus compañeras de vida por partida triple—, sentían el mismo llamado. Con el respaldo de Aldeas Infantiles SOS, que financió sus estudios y estancia, las trillizas emprendieron la mudanza en equipo.
En Paraguay, la formación médica es una carrera de resistencia. Tras años de estudio, Guada completó con éxito su internado rotatorio, una etapa crucial donde la teoría se vuelve práctica en las trincheras de la salud. Pasó por los pasillos del Hospital de Trauma en Asunción, y por centros asistenciales en Fram y Encarnación, ganando la experiencia necesaria para el siguiente gran paso. Ahora, se prepara con disciplina para rendir el examen de residencia médica, luego buscará la especialización y cumplir su sueño: ser cirujana general y, posteriormente, cirujana pediátrica.
Su motivación es profundamente humana. Durante su internado fue testigo de la carencia de especialistas en el interior. “Quiero volver a mi comunidad para que los niños de Itapúa no tengan que viajar a la capital para recibir atención médica, ese es mi propósito”, dice con firmeza.
Su mensaje para los jóvenes que hoy enfrentan dificultades es claro y potente: “El esfuerzo y el sacrificio tienen recompensa. Hay que dedicarse y nunca rendirse”. Guada es la prueba viviente de que las circunstancias de donde uno viene no definen hacia dónde se puede llegar si existe la voluntad de persistir.
Al mirar atrás, el nudo en la garganta es inevitable. “Aldeas es mi familia, son mi papá y mi mamá. Les debo todo”, afirma con una gratitud que trasciende las palabras. Pero hay algo que la ciencia no explica del todo: sus hermanas, María de los Ángeles y María Benita también avanzan hacia la cirugía y la pediatría. Como si un hilo invisible las guiara, las tres han elegido el mismo lenguaje de sanación.
Es el remate de una historia extraordinaria: las trillizas Cohene no solo comparten el ADN o el recuerdo de una infancia en Aldeas SOS. Están conectadas por una misión superior, unidas por alma y espíritu en una danza de resiliencia donde el éxito de una es la victoria de todas. Son tres corazones que laten al mismo ritmo, preparándose para curar a los niños de su país, demostrando que cuando hay amor y apoyo, no existen imposibles.
Aldeas Infantiles SOS, presente en Paraguay desde 1970, sigue siendo ese faro para casi 1.000 niños y jóvenes, demostrando que el derecho a una familia es el cimiento sobre el cual se construyen sueños que hoy visten bata blanca.


