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De niña ayudante a La Sillonera Cuéllar: la historia de la emprendedora que no se rindió

Empezó sentada en un sillón viejo, con las piernas colgando y apenas ocho años. Hoy, más de tres décadas después, Fátima Cuéllar se presenta con orgu…

| Por La Tribuna
Fátima mantiene viva la tradición de la silla cable.

Empezó sentada en un sillón viejo, con las piernas colgando y apenas ocho años. Hoy, más de tres décadas después, Fátima Cuéllar se presenta con orgullo como La Sillonera Cuéllar, una emprendedora que levantó su casa, crió a sus hijos y construyó un oficio a base de cables, pintura, herrería… y mucha perseverancia.

“Aprendí de mi papá cuando tenía 8 años”, recuerda. Mientras iba a la escuela, su padre le pagaba un pequeño sueldo cada sábado por ayudar en el taller. Aquello que empezó como un juego infantil se convirtió, con el paso del tiempo, en una profesión que la acompañó en todos los momentos de su vida.

A los 14 años ya trabajaba de lleno como sillonera. Muy joven se casó, llegaron los hijos y, como tantas mujeres paraguayas, se encontró con el desafío de querer generar ingresos sin poder dejar solos a los niños. En lugar de rendirse, Fátima transformó esa dificultad en oportunidad: organizó su casa como taller y decidió que, si no podía salir al trabajo, el trabajo iba a entrar a su hogar.

Desde entonces, su emprendimiento familiar funciona puertas adentro. Ella, su padre y sus dos hijos conforman el pequeño equipo que repara, restaura y vuelve a dar vida a sillones, hamacas, juegos para chicos, rejas y portones. “Si tu sillón está roto y ya pensás tirarlo a la basura, me llamás y yo lo rescato”, cuenta. Lija, pinta, cambia el cableado, corrige soldaduras: donde otros ven chatarra, ella ve una segunda oportunidad.

Con el tiempo, Fátima no solo se mantuvo en su oficio, sino que se profesionalizó: hizo cursos de construcción, aprendió herrería y empezó a ofrecer trabajos de soldadura. Cada pieza que pasa por sus manos es artesanal, lleva horas de dedicación y, sobre todo, lleva su sello de garantía. “Lo mejor es que mi trabajo siempre tiene garantía”, repite segura de lo que hace.

A pesar de su trayectoria, todavía no consiguió que el Estado la reconozca formalmente como artesana. Intentó registrarse en instituciones como el Instituto Paraguayo de Artesanía y no fue aceptada. Ese rechazo la entristece, pero no la detiene. Su sueño es abrir algún día un pequeño local o instituto donde pueda enseñar el oficio a otras mujeres, en especial a madres solteras que, como ella, necesitan una fuente de ingreso que se pueda desarrollar desde casa.

“En Paraguay hay muchas madres solteras con hijos, que no pueden salir a trabajar porque sus niños son chicos”, explica. “Yo también viví eso. Entonces usé el trabajo que mi papá me enseñó y comencé a trabajar en mi casa”. Hoy quiere compartir esa experiencia para que otras mujeres puedan sostener a sus familias con sus propias manos.

Mientras ese reconocimiento llega, Fátima sigue adelante con las herramientas que tiene. Muestra sus trabajos en Facebook, Instagram y TikTok, todas bajo el nombre La Sillonera Cuéllar, y atiende pedidos al WhatsApp (0971) 168 592, de lunes a lunes. Cada publicación, cada video y cada foto es una invitación a valorar el trabajo manual y a entender que un sillón restaurado también puede contar una historia de resiliencia.

Sus hijos, que crecieron entre cables y fierros, hoy trabajan a su lado. Ella sale a los trabajos domiciliarios y ellos la respaldan desde el taller. “Eso les sacó adelante. Ahora tienen familia, estudian, trabajan”, dice con orgullo. Su emprendimiento no solo mantiene un hogar: formó personas, dio ejemplo y demostró que la constancia puede más que cualquier obstáculo.

La historia de Fátima Cuéllar es la de miles de emprendedoras silenciosas que sostienen al Paraguay desde el patio de sus casas. Mujeres que, sin títulos ni papeles, construyen futuro todos los días. Su mensaje es claro: no hace falta tenerlo todo para empezar; hace falta empezar con lo que se tiene, creer en uno mismo y no dejar de aprender. Por eso, cuando Fátima sueña con un instituto de silloneras, no piensa solo en ella. Piensa en esas mujeres que miran sus cuentas y sienten que no alcanza, que se preguntan qué podrían hacer desde casa. Su historia demuestra que un oficio aprendido en la infancia, una habilidad que parece simple, puede convertirse en un proyecto de vida digno. El verdadero título está en la mesa servida, en los hijos que estudian y en la fuerza de una madre que nunca se rindió. Y Fátima, desde su taller, lo recuerda cada día.

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