A los 21 años, Giuliano Sarubbi llevó el acento del sur del mundo al corazón de la ONU. Fue panelista del World Social Summit for Social Development 2025 en Doha, Qatar, un foro histórico que reunió a reyes, ministros, jefes de Estado, presidentes de organismos internacionales y delegaciones de más de 180 países. Allí, entre trajes diplomáticos y agendas apretadas, una frase suya se volvió brújula: “No vine a participar, vine a conquistar con propósito”.
La escena inicial basta para entender su impacto. En la ceremonia de apertura —presidida por la presidenta de la Asamblea General de las Naciones Unidas, Annalena Baerbock, junto a António Guterres y Lok Bahadur Thapa—, la presidenta lo felicitó con una sonrisa cómplice: “Te esperan muchas horas de vuelo”. Giuliano asintió: su viaje no es turístico, es una travesía de servicio.
Durante el Summit, Sarubbi se sentó en cuatro paneles oficiales y habló de lo urgente y lo ineludible: tecnología asistiva y discapacidad; educación, empleo y juventud; desigualdades demográficas; y emprendimiento social e innovación intergeneracional. “Representé a la juventud global —dice— pero, sobre todo, aporté una mirada desde el sur del mundo, en mesas donde siempre se escuchan acentos del norte”. Con ese eje, encendió conversaciones donde a veces solo había estadísticas.
En el panel sobre educación y empleo juvenil, desplegó su historia como argumento. A los 16 años fundó Ñemotenonde, el primer centro de formación vocacional para jóvenes indígenas chamacoco en Paraguay. “La educación del futuro debe enseñar no solo a pensar, sino a sentir y a crear; a ser emprendedores, no simplemente a producir”, insistió, visibilizando a una comunidad escondida en el extremo norte del país. Sus palabras no quedaron en el aire: en estos encuentros se redacta lo que orientará la agenda de la ONU en los próximos 30 años. “Van a enfocarse también en las comunidades indígenas”, celebra. Y recuerda que, tres décadas atrás, Nelson Mandela ocupó un lugar semejante en Copenhague: “Hoy estuvimos nosotros; yo, paraguayo, y otros jóvenes increíbles”.
Giuliano sabe que su presencia carga una responsabilidad. No viajó como parte de una delegación gubernamental; llegó invitado por UN DESA, UNFPA, IISD y el Major Group for Children and Youth (MGCY), que reconocieron su trabajo en educación, empleo juvenil e innovación social. “Yo fui a conquistar lugares que el paraguayo no tiene todavía”, explica. “Ojalá, a través de mí y de muchos otros que ya están transformando sus comunidades, más jóvenes puedan alzar la voz y hacer que el mundo escuche sus historias. Paraguay tiene muchísimo que ofrecer”.
Su convicción nació lejos de las cumbres. “Soy caazapeño”, repite con orgullo. Viene de un departamento golpeado por la pobreza y los cambios climáticos, y de una casa sostenida por una madre viuda, “mamá y papá a la vez”. Desde allí escogió propósito: usar la vida a favor de otras vidas. Ñemotenonde fue la puerta que lo proyectó: su modelo hoy dialoga con experiencias en Asia, donde también investiga con juventudes indígenas.
Antes de Doha, Giuliano ya había representado a Paraguay en plataformas de la Universidad de Harvard y Yale; ya había colaborado con la ONU; ya había sido seleccionado por el MGCY como voz latinoamericana del Global South. También es autor de Nunca Muy Joven y Conquistando, dos libros que animan a tomar el propio poder para transformar la comunidad. Y recientemente subió al escenario TED, quizá como uno de los primeros paraguayos en hacerlo, para contar lo que la estadística nunca logra: el pulso humano del cambio.
Hoy vive en Taipéi, en los últimos meses de la carrera de Política Global y Economía, con un rendimiento académico que también lo distingue. De madrugada —“eran la 1:57”, recuerda entre risas— atendió a una radio paraguaya para hablar de Doha. La distancia horaria no apaga la cercanía con su país: “Abrir camino” es su mantra. Quiere que más jóvenes de Paraguay y de América Latina encuentren su propósito, desarrollen sus talentos y se conviertan en agentes de cambio. “Si me dan la oportunidad, lo voy a seguir haciendo; y si no me la dan, la voy a crear”.
En Doha, entre ministros, embajadores y presidentes de agencias de la ONU, Sarubbi demostró que la juventud no es una sala de espera, sino un motor. Su mensaje no busca provocar aplausos fugaces, sino compromisos duraderos: educación que enseñe a sentir y crear; empleo que dignifique; tecnología que incluya; innovación que una generaciones. No fue a pedir permiso, fue a recordar que el futuro también se escribe con manos jóvenes del sur.
Quizá por eso su declaración inicial no fue una consigna vacía, sino una promesa en marcha: “No vine a participar, vine a conquistar con propósito”. Y ese propósito, que alguna vez nació en Caazapá, hoy conversa con el mundo entero. Porque cuando se trabaja con propósito —dice Giuliano— “las puertas correctas se abren solas”. Y cuando se abren, no se entra solo: se entra llevando a un país, a su gente y a sus sueños.


