A los seis años, Jiva Velázquez (*) entró a clase de danza del Instituto Municipal de Arte (IMA) de Asunción casi por obligación familiar. No le gustaba demasiado. Estuvo a punto de dejarlo… hasta que el Ballet Municipal presentó “El cascanueces”. Allí entendió lo que podía ser el ballet: un mundo, una disciplina y una vocación. Desde entonces, el camino fue nítido. Tras años de formación en el IMA y luego en la compañía de danza del Instituto Superior de Bellas Artes (ISBA), con maestros nacionales e internacionales y pasos por concursos como el Varna IBC y el Youth American Grand Prix, llegó la oportunidad decisiva: en febrero del 2013, la maestra Lidia Segni —entonces directora del Teatro Colón— vio su trabajo en un curso de verano en Asunción y le ofreció un contrato inmediato. Dos semanas después, Jiva ya estaba en Buenos Aires. Desde el 2014 integra el Ballet Estable del Teatro Colón, donde hoy baila roles solistas y protagónicos en títulos como “La cenicienta”, “El lago de los cisnes”, “Sylvia”, “Don Quijote”, “Corsario”, “La viuda alegre”, “Paquita”, “La Sylphide”, “Romeo y Julieta”, “Clear” y “Por vos muero”, entre otros.
El trayecto no estuvo exento de miradas torcidas. “Siempre va a haber prejuicios por ser bailarín de ballet, más en un sistema patriarcal como el nuestro, y más todavía en Paraguay”, dice sin rodeos. “También faltan más figuras masculinas haciendo ballet. Miguel Bonin tuvo mucha repercusión y ahora hay varios paraguayos pisando fuerte en el mundo; eso me enorgullece y me motiva”. A los que “jodían”, no les guardó rencor: “Siempre tuve claro lo que quería. Con el tiempo, esa misma gente entendió que era lo mío y terminó apoyando. Fue lindo verlo”.
Su familia lo acompañó con una condición: que buscara un horizonte donde el esfuerzo pudiera sostener una vida independiente. “En Paraguay es muy sacrificado: el sueldo en el ballet municipal se acerca al mínimo y hay que dar clases, multiplicarse. Cuando salió el contrato en Buenos Aires, aceptaron probar un año”, recuerda. Aquella apuesta marcó su despegue.
A los 30 —confiesa— aprendió a escuchar al cuerpo. “Arranqué a trabajar a los 17, todo era energía. Hoy entiendo que hay que regular para llegar mejor a función. Si me duele algo, aviso. Por suerte, como solista me respetan más los tiempos; ya no tengo que estar ‘demostrando’ todo el tiempo”. El ballet es, también, una economía del desgaste: saber dónde poner cada salto para que el arte no se rompa con el cuerpo.
Qué decirle a quienes sueñan con ese camino: “Rodeate de un círculo que esté en la misma. Nos salvamos juntos: nos levantábamos en los bajones y nos empujábamos cuando había que empujar. Mis amigos de esa época hoy son profesionales. Eso no es casualidad”. Y una segunda clave: saber decidir. “Se abren puertas y se cierran otras. Algunas ofertas suenan atractivas, pero no son el camino. Hay que analizar pros y contras”.
¿Se puede vivir del arte en Paraguay? “Sí, pero hay que ser fuerte mentalmente y saber hablar”, subraya. “Romantizamos que ‘hablamos con el cuerpo’ y dejamos en segundo plano hacernos escuchar. Hay que dignificar el trabajo: negociar cachés, no dejar que te tomen el pelo, saber tratar con políticos, autoproducirse. Para salir adelante como artista en Paraguay se necesitan muchas cualidades; más que las de un simple bailarín profesional”.
El horizonte temporal también se asume sin dramatismos. “La vida de bailarín dura hasta los 40 o 42. Yo creo que puedo llegar a 38 o 40 si el cuerpo acompaña. Después, me gustaría transitar hacia lo contemporáneo —menos impacto que los grandes saltos, donde me suelo destacar—, dar más clases y dedicarme a la docencia”. Hay, además, una inquietud sonora: la música electrónica —“no la de pista”, aclara—, más abstracta, pensada para obras de danza. Ya colabora con amigos del contemporáneo y presenta piezas conjuntas en los Talleres Coreográficos de San Martín. “Siempre vinculado al arte”, dice, como quien no sabe —ni quiere— imaginarse lejos del escenario.
Jiva habla con serenidad de prejuicios, de salarios, de negociación y de cuerpos que piden descanso. También de orgullo y pertenencia. “En Paraguay hay talento. Faltan condiciones y políticas, sí, pero también nos falta hacernos valer”. En su voz no hay queja estéril: hay método, comunidad y oficio. El mismo que lo llevó de una butaca asombrada ante “El cascanueces” a los protagónicos del Colón. El mismo que hoy convierte cada ensayo en una apuesta a largo plazo: bailar mejor es, también, vivir mejor el propio tiempo.
Porque al final —parece decir—, el ballet no es solo belleza suspendida: es una conversación. Con el público, con la tradición, con la ciudad que te formó, con el país al que volvés en cada saludo. Y para que esa conversación tenga futuro, además de girar y volar, hay que aprender otra cosa: hacerse escuchar.
* Bailarín paraguayo. Integrante del Ballet Estable del Teatro Colón desde el 2014. Formado en el IMA y el ISBA de Asunción; participó en Varna IBC y Youth American Grand Prix.


