En Mbaracayú, la yerba mate vuelve a contarse al oído del bosque. No como una promesa que agota la tierra, sino como una alianza que la regenera y sostiene a las familias que la habitan. Así late el Proyecto BMZ Nº 6293 “Yerba mate sostenible”, implementado por la Fundación Moisés Bertoni (FMB) junto a Global Nature Fund (GNF) con financiamiento del Ministerio Federal de Cooperación Económica y Desarrollo de Alemania. Su meta es simple y poderosa: que producir bajo monte —en sistemas agroforestales— mejore los ingresos sin romper el equilibrio del agua, el suelo, la biodiversidad y la vida comunitaria en la Reserva de Biosfera del Bosque Mbaracayú.
Entre el 12 y el 15 de junio, Katharina Gehrig, representante de GNF, recorrió parcelas, escuelas y senderos para mirar de cerca ese impacto. La recibieron equipos de Extensión Rural, Investigación, Educación y Turismo de la FMB, tejiendo una historia común: productores que certifican su yerba, niñas y jóvenes que transforman el conocimiento en materiales didácticos, visitantes que descubren el territorio a través del circuito “Mbaracayú yerba mate guataha”.
El corazón productivo late en Villa Ygatimí. Allí, la planta procesadora recibe la cosecha de los beneficiarios y la transforma con mejores tiempos gracias a una nueva máquina de molienda. La asistencia técnica llega a las fincas y se traduce en calidad y trazabilidad. Hasta el 2024, 69 personas son beneficiarias directas y 280 más integran la cadena como beneficiarias indirectas, con ingresos anuales seguros que empiezan a ordenar la economía doméstica. Junto con la yerba mate, florecen huertas familiares, cría de animales menores y el aprovechamiento de subproductos (como el compost), multiplicando alimentos para el autoconsumo y reduciendo gastos.
Los cambios se ven también en el paisaje: en las superficies abarcadas por el proyecto aumentó la reforestación y la recuperación de suelos; con mayor cobertura de yerba mate se observó una disminución de la infiltración del agua, un dato clave para entender la dinámica hídrica del suelo y orientar el manejo. En paralelo, el monitoreo científico —en Tendal, Villa Ygatimí, Nueva Alianza y 1° de Mayo— registra señales que importan: presencia de pequeños felinos, aves con estatus de conservación, incremento de especies forestales y abundancia de mariposas. Son indicadores de calidad de hábitat que confirman que el enriquecimiento con yerba bajo bosque puede convivir con la vida silvestre.
La educación es el hilo que cose el futuro. El Centro Educativo Mbaracayú, un internado para jóvenes mujeres rurales e indígenas, convierte la experiencia en factorías de conocimiento: talleres que producen títeres y obras sobre producción sostenible, libros de cuentos de conservación, calendarios, y un plan de visitas y seguimiento a 12 escuelas para replicar los contenidos. En una de esas jornadas, las alumnas presentaron su obra, jugaron, enseñaron y volvieron a la plantación que ellas mismas establecieron un año atrás. Aprender en el bosque, del bosque y para el bosque.
El turismo suma la emoción del descubrimiento. El circuito “Mbaracayú yerba mate guataha” estrenó mejoras: una serie de videos documentales que narran historia, cultura y prácticas de producción; una línea de merchandising inspirada en el recorrido; y un juego final que pone a prueba lo aprendido. El 7 de agosto, en el Mbaracayú Lodge, la yerba mate se volvió sabor y oportunidad: un taller culinario —organizado por la FMB en el marco del proyecto— mostró que la infusión también puede ser ingrediente estrella en helados, brigadeiros y rolls. La yerba utilizada nace bajo monte, de productores de la zona, y se procesa en Villa Ygatimí, cerrando un círculo virtuoso. Entre las manos que dan ejemplo está Graciela Franco, capacitada para crear alfajores, jaleas, panes y velas a base de yerba mate: cada producto es ingreso, identidad y relato para el visitante.
Detrás de cada cifra hay un rostro. El del productor que ve su parcela ordenarse con árboles y sombra, el de la estudiante que convierte una mariposa en cuento y ese cuento en conciencia, el de la guía que explica por qué el bosque no es un telón de fondo, sino el escenario donde ocurre la vida. La GNF, fundada en 1998 para proteger la naturaleza mediante proyectos internacionales de desarrollo sostenible y conservación, acompaña este proceso que ya traspasó metas: más diversidad en los patios, más alimentos en la mesa, más conocimiento circulando.
Producir yerba mate bajo monte no es solo una técnica, es una elección ética y económica. Una forma de decir que el bosque vale más en pie, que la dignidad se cultiva con paciencia y que la prosperidad puede oler a hoja verde, a pan recién horneado y a mbaracayú después de la lluvia. Cuando la comunidad, la ciencia y el turismo tiran del mismo carro, el resultado es un territorio que aprende a sostenerse a sí mismo. Y ese, quizá, sea el impacto más profundo: que cada kilo de yerba certificada, cada taller en una escuela, cada visitante que termina el circuito sabiendo más, sea una apuesta concreta por el futuro compartido del bosque y su gente.


