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Sofía Ferreira: de un país sin mar a custodiar los corales del mundo

Desde Hawái, entre estructuras rocosas de coral y líneas de código, Sofía Belén Ferreira Colmán abrió una puerta que hasta hace poco parecía cerrada …

| Por La Tribuna
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Desde Hawái, entre estructuras rocosas de coral y líneas de código, Sofía Belén Ferreira Colmán abrió una puerta que hasta hace poco parecía cerrada para Paraguay: la del océano como destino profesional. A sus 27 años, esta joven se convirtió en la primera científica marina paraguaya dedicada al estudio y la conservación de los corales. Su historia, sin grandilocuencias, es la de una vocación temprana que encontró un método: bucear para medir la salud de un arrecife y, luego, transformar esas observaciones en modelos estadísticos que orienten decisiones de restauración.

“Desde chica quería estudiar el océano”, cuenta. Crecer en un país mediterráneo no la disuadió, la desafió. Apenas terminó el colegio, empezó a escribir correos, hacer llamadas y buscar programas que le permitieran formarse. La Universidad de Hawái —referencia global en ciencias marinas— aparecía en todas las búsquedas y, sobre todo, encendía su imaginación: ese lugar que veía “solo en la tele” pasó a ser su horizonte concreto.

La carrera fue, como el mar, amplia y cambiante. En su licenciatura abordó ballenas, tiburones, corales, peces; estudió cómo se forman las olas y la física que gobierna los océanos. Cinco años de formación sólida desembocaron en un masterado en ciencias ambientales y conservación. Durante pasantías y trabajos de campo, un ecosistema la atrapó para siempre: los arrecifes de coral. Desde entonces, su brújula científica apunta allí. Hoy se desempeña como ecóloga computacional en Coral Gardeners, organización dedicada a la restauración de corales, donde combina dos mundos: días de buceo recolectando datos y días delante de la computadora, afinando modelos que ayuden a entender y proteger un sistema extremadamente sensible.

Nada de eso fue sencillo. “No fue fácil para mis padres”, admite, aunque desde niña les repetía cuál era su sueño. El apoyo llegó porque su determinación era evidente. Ya graduada del masterado, trabaja con una visa que le permitirá permanecer dos años más y proyecta un doctorado (PhD) que le dé mayor profundidad a sus investigaciones. Sabe que el campo es “extremadamente competitivo a nivel global”, donde el 99% de las oportunidades dependen de la experiencia acumulada: qué estudios hiciste, dónde hiciste pasantías, con quiénes trabajaste. Ese mérito concreto —no el diploma en sí— es la llave para abrir puertas.

En estos años, Hawái fue escuela y casa. Sofía vive allí desde hace ocho años. Comparte techo con su novio —administrador de empresas—, quien también trabaja en una compañía orientada a proteger el océano, “de otras formas”. Su día a día cambia como la marea: a veces empieza al amanecer, con tanque y aletas; otras transcurre entre reuniones y análisis de datos, y, cuando termina, vuelve al mar por gusto, para surfear, hacer snorkel o simplemente flotar. “Puedo trabajar en el mar todo el día y al día siguiente volver por diversión”, dice, sin rastro de fatiga.

Su mapa profesional se expandió más allá de Hawái. Entre el año pasado y este comenzó a trabajar en la Polinesia Francesa, otro conjunto de islas del Pacífico con algunos de los mejores arrecifes del mundo. Mira también hacia Australia —con la Gran Barrera de Coral— y hacia institutos europeos, porque “hay por todas partes” lugares donde aprender y aportar. No se trata de coleccionar destinos, sino de seguir un hilo: entender mejor los arrecifes para diseñar nuevas formas de protegerlos.

Hubo, claro, momentos difíciles. El primer año, sin conocer a nadie, con un inglés “más o menos”, la adaptación cultural pesó. El acento sigue delatando su origen cuando conversa largo, pero el idioma ya no es una barrera. Construyó una red de amistades entre estudiantes internacionales y colegas que hoy son parte de su comunidad diaria. “Es otro mundo —describe—: otro idioma, otras tradiciones, el mar al lado todo el tiempo”. Y, sin embargo, hay puentes invisibles entre la cultura hawaiana y la paraguaya: un respeto común por la naturaleza y la vida en comunidad.

Sofía evita el discurso solemne. Cuando habla de su trabajo, no hay épica, hay proceso: bucear, medir, registrar; luego, limpiar bases de datos, correr modelos, interpretar patrones. Los arrecifes están “muy amenazados por muchas cosas”, resume, y ahí vuelve a la premisa que guía su carrera: generar evidencia para actuar mejor. Restaurar no es plantar corales como si fueran macetas, es entender las interacciones del ecosistema, elegir sitios, especies y métodos, y monitorear resultados para ajustar a tiempo.

Su ejemplo interpela a Paraguay de una forma particular. Aunque el país no tiene mar, forma parte de una red hídrica y climática que desemboca en el océano. Lo que ocurre en nuestros ríos, suelos y ciudades no es indiferente a los arrecifes que Sofía estudia; el planeta es un sistema continuo. Por eso, su trayectoria no solo enorgullece: invita a ampliar el mapa mental de lo posible. Para quienes sueñan con carreras “lejanas” a su geografía, su hoja de ruta es clara: curiosidad, oportunidades buscadas sin miedo, y mucha, muchísima práctica.

“Siempre con el enfoque de crear nuevas formas de proteger mejor al ecosistema”, insiste cuando habla del futuro. Quizás sea en Hawái, tal vez en la Polinesia, Australia o Europa. Lo importante, parece decir, es mantener el rumbo: bucear entre arrecifes y algoritmos, para que el mar —ese que un día miró por televisión— siga siendo más que un paisaje: un hogar al que hay que cuidar.

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