En Paraguay, la palabra “futuro” tiene rostro de niña. A veces aparece en una escuela pública de Villa Hayes, otras en un comedor comunitario del interior, con los ojos abiertos de par en par frente a una notebook que, por primera vez, no solo sirve para mirar videos: sirve para crear. De esa chispa nace Girls Code (https://girlscode.com.py/), una organización que decidió convertir la curiosidad en oportunidad y los estereotipos en combustible para el cambio. Su misión es tan clara como urgente: generar los espacios que las mujeres necesitan para romper con la brecha de género en tecnología y formar agentes de cambio que desafíen el statu quo en todos los campos STEM.
La historia tiene nombres propios. Vanessa Cañete, ingeniera informática, aprendió desde chica que la tecnología podía ser un puente hacia el mañana. En la universidad fue minoría y, muchas veces, subestimada. Esa experiencia no la detuvo: la volvió más nítida. Con el tiempo sumó liderazgo empresarial y gremial, y, junto con Gabriela Gaona y Liliana Estigarribia, puso en marcha un sueño colectivo: Girls Code. La convicción era sencilla y poderosa: cuando las niñas se encuentran con modelos cercanos, su imaginación se expande, su interés se duplica y la puerta de entrada a la ciencia deja de parecer una muralla.
La realidad, sin embargo, es terca. La ONU estima que el 75% de los empleos del 2050 estará ligado a STEM (acrónimo en inglés para Ciencia (Science), Tecnología (Technology), Ingeniería (Engineering) y Matemáticas (Mathematics)), pero hoy las mujeres ocupan apenas el 22% de los puestos en inteligencia artificial. En Paraguay, entre las personas expertas categorizadas en el programa nacional de investigadores, solo el 15,7% de especialistas en Ingenierías y Tecnologías, Matemática, Informática y Física son mujeres. Esa distancia no es solo estadística: es una oportunidad perdida para el país y un techo impuesto a miles de talentos.
Girls Code eligió interrumpir ese ciclo. Desde el 2017, sus talleres de programación, robótica y electrónica para niñas y adolescentes (6 a 18 años) muestran que la tecnología no es un producto para consumir, sino una herramienta para crear. El aula se transforma: donde antes había silencio y timidez, aparece la voz propia; donde había miedo a equivocarse, surge el algoritmo que prueba, falla y mejora. Con el tiempo, el programa sumó jóvenes y mujeres, y hoy ya son más de mil las que recibieron formación, muchas de ellas en contextos vulnerables y con acceso limitado a Internet o equipos.
El impacto más profundo es intangible, pero decisivo. Como dice Gabriela, ver a otras chicas en un espacio pensado para ellas cambia la perspectiva de vida. Una niña que controla un robot desde el celular o arma su primer videojuego entiende que el futuro no se hereda: se programa. La cultura machista, la brecha digital y los estereotipos pesan, sí, pero se vuelven menos pesados cuando aparece una mentora que ya cruzó ese mismo puente y vuelve para acompañar.
No se trata solo de enseñar código: se trata de crear condiciones. Por eso Girls Code apuesta por alianzas con instituciones públicas y privadas, y sueña con gestionar fondos de investigación para mujeres científicas. Se trata de encender múltiples luces: formación técnica, apoyo emocional, red de referentes, oportunidades de pasantías y trabajo. En ese ecosistema, las campañas de concienciación sobre violencias —incluida la violencia digital— y el trabajo conjunto con organismos como el UNFPA o el Mitic suman capas de protección y libertad para que ninguna renuncie a su vocación por miedo al acoso o al descrédito.
El liderazgo también se contagia. En el 2024, Vanessa se convirtió en la primera presidenta mujer de la CISOFT, y con ese hito envió un mensaje al sector: la economía del conocimiento no será inclusiva si mantiene viejas puertas entreabiertas. La diversidad es una ventaja competitiva; integrar más mujeres al diseño de productos, al análisis de datos y a la toma de decisiones hace que el software funcione mejor para toda la sociedad.
Romper el “círculo del huevo y la gallina” —hay pocas referentes porque hay pocas mujeres, y hay pocas mujeres porque faltan referentes— exige un gesto inicial de generosidad: compartir lo que una aprendió. Cada taller de Girls Code es ese gesto. Padres y madres que al principio dudan regresan con una demanda que emociona: “Mi hija quiere una notebook para programar”. Esa escena, repetida, es política pública en miniatura: una política de futuro.
Lo que está en juego no es solo la carrera de una niña, sino el perfil de desarrollo del Paraguay. Si el país quiere transformar su energía emprendedora en productividad y empleo de calidad, necesita multiplicar las trayectorias femeninas en STEM. No hay innovación con la mitad del talento afuera. No hay justicia social sin libertad para elegir.
Girls Code avanza a pulmón, con recursos escasos y resultados palpables. Sueña con su propia obsolescencia: que un día la brecha se cierre y ya no haga falta un programa exclusivo para chicas. Hasta entonces, seguirá abriendo aulas, formando mentoras, conectando becas, buscando Internet donde no lo hay, poniendo el cuerpo y el corazón donde más falta hace.
Porque cuando una niña descubre que puede escribir las líneas de su propio destino, el país gana mucho más que una programadora. Gana una ciudadana con voz, criterio y herramientas para cambiar su comunidad. Gana una agente de cambio. Gana, en definitiva, el futuro.










