En medio del bullicio del Mercado de Abasto, donde miles de kilos de frutas y verduras cambian de manos cada día, un grupo de jóvenes emprendedores paraguayos decidió mirar donde nadie miraba: la basura. Lo que para la mayoría era un problema inevitable, para ellos se transformó en una oportunidad. Así nació Entofood, un proyecto que convierte residuos orgánicos en proteína y fertilizante sostenible mediante insectos, promoviendo la economía circular.
Ronen Kohan y Mauricio Cáceres, los impulsores de esta idea, participaron del programa Moonshot, una incubadora que promueve la innovación nacional. Entre más de 900 proyectos presentados en todo el país, Entofood alcanzó el tercer lugar en la gran final, marcando un hito para los emprendimientos sostenibles del Paraguay.
“Participamos porque queríamos dar un paso más. Llevábamos años viendo cómo toneladas de frutas y verduras se echaban a perder cada semana. Era frustrante. Pero un día pensamos: esto que se pudre, ¿no podría transformarse en algo útil?”, recuerda Ronen.
La respuesta llegó con la naturaleza misma. La mosca soldado negro, una especie común en climas tropicales, se convirtió en la aliada perfecta. Sus larvas se alimentan de residuos orgánicos —bananas, tomates, verduras en descomposición— y en pocos días los transforman en biomasa rica en proteínas. “Es un proceso simple, pero increíble. Las larvas comen basura y la convierten en alimento”, explica Ronen.
El resultado es una harina proteica que hoy se usa como insumo en alimentos balanceados para animales, especialmente peces, aves y mascotas. “No inventamos nada —dice Kohan—, esto ya se hace en otros países. Pero en Paraguay es algo nuevo, y nuestro clima es ideal para producir a gran escala”.
Basura que alimenta el futuro
El impacto ambiental de la idea es profundo. Mientras la ganadería, la pesca o el cultivo de soja consumen grandes cantidades de agua, tierra y energía, la producción de proteína a partir de insectos reduce en un 90% la huella ambiental. “Lo más lindo es que partimos de la basura: no usamos agua ni tierra, y eliminamos un residuo que, de otro modo, liberaría gases de efecto invernadero”, cuenta Ronen.
Actualmente, Entofood procesa más de 150 kilos de residuos orgánicos por semana y mantiene una colonia de entre 80.000 y 100.000 larvas en su depósito. “Nuestra materia prima es lo que otros desechan. Eso garantiza que siempre tendremos material para trabajar”, dice entre risas.
El proyecto no solo genera proteína. También produce aceite y abono natural, dos derivados con alto potencial comercial. El aceite puede utilizarse como complemento alimenticio o energético, y el abono, resultante del proceso biológico, es rico en nutrientes para el suelo. “Nuestra meta es vender tres productos: harina, aceite y fertilizante. Todo del mismo proceso. Cero desperdicio”, resume Kohan.
Un futuro que ya comenzó
Por ahora, el principal destino de la harina es la alimentación animal. La proteína de insectos se ha posicionado globalmente como una alternativa viable para balanceados, no solo por su valor nutricional, sino porque es hipoalergénica y de fácil digestión. “Muchos productores de alimento para perros ya usan harina de insectos para mascotas con piel sensible”, explica.
Pero Ronen mira más lejos. “Soñamos con que, en 50 o 60 años, esta proteína también sea parte del consumo humano. Suena extraño para Paraguay, pero en países como México, Tailandia o Filipinas ya es algo cotidiano. Lo mismo pasó con el sushi hace unas décadas: primero generaba rechazo y hoy es parte de la gastronomía global”.
Para el emprendedor, la necesidad será la mejor maestra. “En el 2050 seremos 10 mil millones de personas. Los recursos no están creciendo, se están agotando. Necesitamos nuevas fuentes de alimento. Esta puede ser una de ellas”.
De la idea al impacto
La historia de Entofood es también una historia de perseverancia. Durante más de una década, Ronen y su equipo trabajaron en el Mercado de Abasto. “Veíamos montañas de frutas podridas. Cada día, toneladas de comida que nadie aprovechaba. La idea nació de esa impotencia”.
Hoy, lo que empezó como un experimento se encamina hacia la industrialización. Con el capital obtenido en el programa Moonshot, planean mejorar sus procesos de refinamiento, optimizar la producción de harina y escalar el modelo. “Queremos lograr una harina más fina y pura, con estándares internacionales. Ese es el próximo paso”, afirma.
Para ellos, la innovación no es solo tecnología: es actitud. “Innovar es mirar donde todos ven basura y ver alimento, energía y futuro”, dice Ronen con convicción. “Somos un país productor, pero también generador de residuos. Si aprendemos a transformar lo que desechamos, podemos construir una economía más justa, limpia y sostenible”.
Moonshot los premió con un podio, pero el verdadero premio, dicen, es ver cómo una idea paraguaya puede competir de igual a igual con proyectos de todo el mundo. Entofood es la prueba de que la sostenibilidad también puede empezar en un cajón de bananas olvidadas.


