En el corazón rural de Paraguay, donde las sequías golpean con fuerza a las familias agricultoras, Ylsa Ramona Vera encontró en los árboles una esperanza de futuro. Esta madre de 42 años, junto a su esposo y sus hijas, apuesta por combinar especies nativas con variedades de rápido crecimiento para fortalecer la economía familiar, cuidar el ambiente y asegurar la alimentación de los suyos frente a los impactos del cambio climático.
En el asentamiento Calle 25 de Febrero, Capiibary, departamento de San Pedro, la crisis climática no se mide solo en calor extremo, tormentas o granizadas, sino sobre todo en las prolongadas temporadas de sequía. “En esas temporadas los cultivos no germinan, si germinan no se desarrollan o lo hacen deficientemente”, explica Ylsa.
Cuando la producción falla, las familias recurren a la venta de animales, al uso de reservas de granos guardados como semilla o alimento, o buscan empleos temporales. Esa resiliencia heredada de generaciones les permite sobrevivir, pero cada año el desafío se vuelve más duro.
La historia de Ylsa refleja también un desplazamiento silencioso. Hace 15 años su familia migró desde Yhú, Caaguazú, porque la tierra ya no producía como antes. “Mi papá vino primero, encontró un lugar para él. Y después se fue a traernos. Cuando eso era monte acá”, recuerda. Hoy, su chacra de cinco hectáreas produce maíz, porotos, maní, caña dulce, naranjas, mandarinas, sandías y melones, además de mandioca, batata y piña orientadas a la venta. Gallinas, ovejas, cerdos y vacas completan el sostén económico.
Mujeres en primera línea
Como tantas otras agricultoras, Ylsa organiza sus días desde las 6:00: cocina, cuida a sus hijas y a los animales y trabaja en la chacra sembrando, carpiendo o cosechando junto a su marido Catalino. Su hija mayor estudia en Asunción, mientras que las más pequeñas asisten a la escuela local.
El rol femenino es clave. En el Proyecto PROEZA (Pobreza, Reforestación, Energía y Cambio Climático), del que Ylsa forma parte, el 80 % de participantes son mujeres. En Calle 25 de Febrero todas las beneficiarias son mujeres que cargan sobre sus hombros tanto la economía doméstica como la adaptación al clima cambiante.
Un proyecto innovador
PROEZA es una de las iniciativas ambientales y sociales más ambiciosas del Paraguay que, liderado por el Ministerio de Economía y Finanzas (MEF), con apoyo técnico de la FAO y financiamiento del Fondo Verde del Clima (FVC), busca reducir la pobreza, mitigar el cambio climático y fomentar la reforestación en ocho departamentos de la Región Oriental.
El programa ofrece seis modelos agroforestales, que combinan yerba mate, cítricos, árboles nativos o eucaliptos con rubros de autoconsumo. Las familias reciben incentivos por mantener sus fincas, capacitaciones de técnicos forestales y transferencias monetarias condicionadas ambientales. Además, se les entregan cocinas eficientes “Tata Piriri”, que reducen humo y gases contaminantes, mejorando la salud y aliviando las tareas domésticas.
Árboles que devuelven la esperanza
La familia Vera eligió plantar alrededor de 500 árboles nativos —como yvyrapytã, urunde’y, guayaibí y petereby— junto con 400 eucaliptos. Entre los surcos se extiende un mar verde de 15.000 plantas de piña, cultivadas para generar ingresos. Antes de la piña, en esas tierras crecieron sandías y porotos.
“Los eucaliptos ya alcanzaron seis metros de altura. Me alegra mucho ver que están creciendo bien y me anima bastante para seguir dedicándome”, comenta Ylsa, recordando que incluso tuvieron que enfrentar el ataque de hormigas cortadoras, un problema que lograron controlar con el apoyo técnico del proyecto.
Recuperar lo perdido
Cuando llegaron a Capiibary, el monte aún guardaba venados y armadillos. Hoy la deforestación y el cambio de uso de suelo borraron esos ecosistemas. “Ahora ya no quedan ni bosques ni fauna silvestre”, lamenta. Frente a esa pérdida, las familias rescatan prácticas tradicionales: conservación de semillas, asociación de cultivos y siembra compartida entre vecinos.
El esfuerzo comunitario también tiene un horizonte compartido: reconstruir pequeños bosques familiares que actúen como barreras vegetales, proveen leña, madera y sombra, y devuelvan la biodiversidad perdida.
Mirando al futuro
El desafío es enorme, pero Ylsa confía en que la siembra de hoy será la seguridad de mañana. “Calculo que en unos cinco años más tendremos un montecito cerrado en nuestra chacra”, afirma con esperanza.
Ese “montecito” no solo será un refugio verde para su familia, sino también un símbolo de resistencia y adaptación. Para ella, los beneficios vendrán en forma de alimentos, sombra, madera y suelo fértil.
El Proyecto PROEZA representa, en este contexto, un esfuerzo histórico del Paraguay para cumplir compromisos internacionales como los asumidos en la COP21. Combina tres sectores estratégicos: plantaciones a pequeña escala para familias pobres, plantaciones a mediana escala para bioenergía y corredores de biodiversidad, y fortalecimiento institucional con normas y buenas prácticas forestales.
Entre el presente y la esperanza
Hoy, Ylsa sonríe al ver cómo los eucaliptos crecen hacia el cielo y cómo las piñas florecen entre los árboles jóvenes. Sabe que el camino es largo, pero también que su trabajo diario dejará raíces profundas.
“En cinco años tendremos muchos beneficios con los árboles que plantamos”, dice convencida. Y en esa frase se resume el espíritu de cientos de mujeres rurales que, con el sudor de su frente y el apoyo de proyectos, como PROEZA, buscan garantizar que la próxima generación herede no solo una chacra productiva, sino un futuro más verde y justo.










