La nación está en un momento histórico, en condiciones positivas y con perspectivas aún favorables. Lo mejor será posible siempre que se tenga una visión clara de lo que se quiere en las próximas décadas. Es necesario apuntalar una agenda que incluya la tecnología y dirigencias visionarias que con eficiencia acompañen el caminar del mundo.
El crecimiento económico experimentado es una base para la transformación del devenir. Pero no es sano el conformismo con hacer “más de lo mismo”, o hacer “mejor lo mismo”. Es perentorio el diseño que ayude a pasar de la democracia política a una evolución económica y social para potenciar el país.
La “gran transformación” requiere osadía, innovación, creatividad. Se debe asumir que el mundo vive una época de revolución económica (industrial, tecnológica, etcétera). Los cientistas la definen como “la cuarta revolución” en la historia humana. Otros ya observan, de hecho se está, el umbral de la quinta, que viene con la inteligencia artificial.
Este tiempo acelerado encuentra a la nación preparada parcialmente: con un estado poco competente aún para acompañar los procesos, incluyendo una clase política, en buen porcentaje, todavía carente de una agenda país.
Sin embargo, hay procesos, como la gestión económica y financiera pública, que se destacan por sus mecanismos y resultados, tras más de 20 años de profesionalización de la gestión financiera (BCP) y de la política económica y fiscal (Ministerio de Economía, DNIT).
En el sector privado hay una élite próspera, pero poco propensa a la transformación que, ciertamente, cree que podría afectar sus intereses. Empero, la irrupción de una nueva generación de empresarios y emprendedores, y la llegada de emprendimientos innovadores van diversificando la matriz económica, y son señales de que hay condiciones de evolucionar hacia hechos audaces con mayor efecto potenciador para el desarrollo.
Hace falta dibujar un consenso nacional. Esto significa generar el pensamiento sistemático que configure cómo se quiere crecer y desarrollar las próximas décadas, a partir de una agenda mínima inmediata.
Es crucial, de ser así, empezar a trabajar sobre la base de un programa de gobierno a partir de ahora, y sobre todo desde el 2028. Eso conlleva una visión integral, que contenga todo lo que se debe encarar para que se cumplan las metas establecidas desde ahora hasta, al menos, el 2050.
Para construir ese consenso se requiere un conjunto inicial de visionarios con alto sentido de propósito, práctico y patriótico. Este proceso debe tener su primer capítulo concluido con la adopción de propósitos que incluya a todos los candidatos presidenciales del 2028.
Este grupo inicial debe contar con la participación de personas provenientes de los principales sectores decisores: empresarios, iglesia, académicos, políticos, constitucionalistas, dirigentes sociales, etcétera.
En tal cónclave inicial debe hacerse preguntas para definir cuáles deben ser los primeros pasos para esa transformación, definiendo así las condiciones “sine qua non” para que el futuro imaginado sea viable, marcando un proceso de un cuarto de siglo en el que la juventud actual se hará cargo del país en pleno proceso de cambio.
También hay que decir que en estas décadas democráticas predominaron y hegemonizaron fuerzas esencialmente conservadoras del sector privado. A este grupo solo interesó lo suyo, para lo cual usan hasta medios de prensa, incluso, para evitar la competencia.
Aún así, el cambio es inexorable. Ahora es el momento de abrir mentes y espacios de diálogo para incluir a los portadores de la innovación y la transformación, tanto en lo económico y financiero como en lo político y social.
Del resultado de ese diálogo hacia un nuevo consenso nacional dependerá en buena medida que se realice el potencial que anhela como país y como sociedad. El objetivo final es un Paraguay con una democracia que incluya a todos, y que debe hacerse ahora, duela a quien duela, mirando ya el 2028.


