El bien común será eje de la homilía central hoy en Caacupé y sobre el cual se proyecta la tarea pastoral 2026 de la Iglesia católica. Con eso se pretende solidaridad y mayor compromiso social. De hecho, es una doctrina clásica de la Conferencia Episcopal Paraguaya (CEP), que cobra mayor valor por el momento que pasa el país.
Suena desafiante la meta del próximo año de los obispos paraguayos, que debe verse como parte del encuadre marcado por el papa León XIV. Sin embargo, el papa León XIII ya abordó dicho concepto de manera central en su encíclica Rerum Novarum (1891), que sentó las bases de la moderna Doctrina Social de la Iglesia.
Como sociedad será saludable entender que el objetivo de la CEP es parte de una agenda global que viene del Vaticano. Ciertamente, tendrá sus aristas adaptadas a la realidad nacional. Otro detalle que debe tenerse en consideración es que la matriz de referencia es una entidad organizada de siglos, con disciplina interna, línea ejecutiva y que opera de manera vertical.
Lo que se reflejará en la eucaristía principal en Caacupé fue anunciado en el marco de la 246.ª Asamblea General Ordinaria de la Conferencia Episcopal Paraguaya. El lema apunta al deber con el más necesitado y tiene como lema “Denles ustedes mismos de comer”, centrado en el concepto del bien común. Es conveniente que autoridades públicas y sociedad civil comprendan sus alcances.
Por lo decidido por la CEP y por los reflejos que salieron durante todo el novenario de Caacupé, es conveniente asumir que el esfuerzo de la Iglesia irá encaminado a cumplir la agenda decidida. Es decir, apuntará a un conjunto de estructuras y hechos que permiten, limitan y traban que las personas alcancen su desarrollo de forma plena.
Ese entendimiento debe darse (si se busca el éxito) en los tres poderes del Estado, en los grupos empresariales, organizaciones sindicales, grupos campesinos y en los medios de comunicación. Lo que pretende la Iglesia es una contribución compartida: todos los miembros de una ciudadanía tienen la obligación de contribuir al logro de los fines, no que solo sean receptores pasivos.
Confiamos en que el compromiso de salir de la comodidad incluye también a los líderes de la Iglesia católica. A eso se referían algunos de nuestros anteriores editoriales. Por suerte, en la semana, el cardenal Adalberto Martínez con sabiduría aclaró que la pobreza es igualmente secuela de la corrupción y que el último flagelo se empodera debido a esa impunidad alentada desde los sectores que dicen una cosa y hacen otra distinta.
Claramente, en términos genéricos, en el foco de la homilía estarán los de siempre: educación, tierra, trabajo, equidad, salud y la convivencia social a la luz de los valores evangélicos. Sin embargo, el agregado que se espera es que la corrupción, una de las bases que afecta a todas las necesidades humanas citadas en el párrafo anterior, sea posicionada como el mal protegido por la impunidad alentada por los poderosos de siempre.
A juzgar por las palabras del cardenal Martínez se puede colegir que los obispos empezaron a profundizar que, además de buenas leyes en el Congreso y el hacer lo correcto desde el Ejecutivo, se precisa liberar a la justicia. La liberación pasa por hacer frente —con valentía— a esas coacciones de años que llegan con los verbos más fuertes y los adjetivos de mayor dureza en que para la consumación del daño se usaron hasta en portadas y editoriales de prensa.


