El fortalecimiento de la democracia pasa por la política creíble. Contrariamente, en un alto porcentaje se percibe diferencia entre el decir y el hacer. Ante dicha verdad, es tiempo que a la capacidad de elegir los ciudadanos validen mayor exigencia sobre los electos para que cumplan las promesas de campaña.
Para no generalizar y para estar acorde a lo más reciente, en los comicios de ayer en Ciudad del Este se escucharon promesas de todos los colores. Hoy ya se tiene al intendente elegido, quien desde ahora tiene sobre su espalda la responsabilidad de sus propias palabras. Por ende, debe comenzar a hacer realidad sus dichos.
El espacio de libertad será más valorado en la medida que las personas que lograron el respaldo popular por medio del voto libre y soberano comiencen a ser respetuosos de sus palabras. En consecuencia, también serán recíprocos con la gente que les apoyó en el cuarto oscuro.
Ese contraste entre la intención, expresada en palabra (teoría), y la acción concreta, que es tangible (hecho) devalúa la práctica de una tarea tan noble como es la actividad política. Dicha contradicción es una filosa navaja incrustada en el corazón de la propia democracia.
En este tiempo de 36 años de libertad no se puede continuar permitiendo impunemente que las promesas de mejores servicios queden en el espacio de las ideas. Lo prometido en tiempos preeleccionarios debe ser materializado. Debe concretarse en resultado real en beneficio de toda la sociedad.
La Justicia Electoral gasta el dinero público en publicidad invitando a votar y mostrando cómo sufragar. Lo que tiene que hacer es capacitar a los electos para saber de sus funciones en el cargo. Es posible que el TSJE responda que no es su competencia, empero, en su lema dice ser “custodio de la democracia”, y el fracaso de ella se expresa en el incumplimiento de las promesas electorales.
En Paraguay mayormente la dificultad no está en el votante, el problema está en el electo. ¡Así como suena! Los políticos, en buen número, no pasaron con eficiencia del acto verbal del decir (promesa) al acto físico (ejecución). El primer deber del ganador de las elecciones, el que fuera, es llevar a cabo lo prometido.
Es necesario salir del dicho (expresiones en el aire, intangible) y pasar al hecho (realidad que se puede observar y experimentar). Una forma de garantizar el hacer de la promesa electoral, está en el propio electorado (hablamos de la gran ciudadanía, no de los grupitos de inadaptados que andan detrás de las candidaturas), que tiene que comenzar a reclamar, legítimamente, y no quedarse únicamente con el ejercicio del derecho al voto.


