El contrabando atenta contra el Estado al escamotear tributo al fisco. Perjudica al empresariado por representar competencia desleal. E igualmente deteriora la fuente laboral porque algunos productos son producidos a menor costo y, en otros casos, hechos incluso por manos en estado de esclavitud.
Por el cuadro descrito es oportuna la crítica hecha en la Feria Empresarial del Paraguay (FEPY 2025), ocasión en que se reclamó más acción contra el flagelo. Del mismo modo es destacable el lanzamiento del operativo Jejoko Mbarete para combatirlo. La medida implica el refuerzo de los controles por tierra, agua y aire con el apoyo de las Fuerzas Armadas.
El contrabando golpea lo económico, repercute en lo social y arriesga la salud de la población. Afecta la economía al reducir ingresos al Estado por medio de los impuestos, produce un comercio desleal y debilita la marca nacional. Sus secuelas llegan en cadena y son letales para la producción local.
Sin ánimo de dramatizar, debe observarse que es un mal que tiene impacto en el fomento del crimen organizado y, por ende, es parte activa de la inseguridad. De hecho, tiene incidencia directa sobre el empleo formal, pues algunos artículos vienen de zonas asiáticas donde aún hay tareas en estado de explotación.
Es posible coincidir que, desde el punto de vista sanitario, hay productos que eluden los controles y que no cumplen los monitoreos de calidad, representando un peligro real para los consumidores. Es una realidad vigente y que merece el reparo y cuidado respectivo.
El Estado es el primero que lo siente, por escamotear las recaudaciones al incidir en los ingresos fiscales. El contrabandista se ingenia para evadir el pago de los aranceles, lo que disminuye los recursos destinados a servicios básicos en educación, salud, seguridad e infraestructura.
Mayormente son ofertados a un precio menor que —obviamente— seduce al consumidor inconsciente. Por eso, son como filosas navajas para los comerciantes y productores locales, que se ajustan y cumplen con las normativas exigidas en un Estado de derecho.
Sin embargo, es prudente la claridad: el contrabando se baila de a dos, es como el vals, uno guía y el otro acompaña. Hay una sociedad entre el privado y el público. Los primeros hacen ingresar los productos y los segundos (funcionarios de aduanas y otras instancias públicas) los dejan ingresar en el territorio nacional.
Advertimos que amenaza al propio corazón de un país agrícola. Paraguay no puede permitir el ingreso de cebollas, ajos, tomate y locotes, por citar ejemplos de productos que se venden en el mismo microcentro de Asunción. Esperamos, por eso, tenga algún eco el grito de los industriales y que la promesa de Jejoko Mbarete sea exitosa.

