En otras épocas, en Paraguay bastaba con la simple sospecha de ser comunista para quedar expuesto a la prisión, el exilio o la desaparición. Era el arma de los gobiernos autoritarios para perseguir a opositores, de la misma forma en que utilizaban meras suposiciones para arrastrar al calabozo a quienes no caían en gracia al régimen.
Los regímenes dictatoriales, en cualquier país, no necesitan argumentos para imponer sus arbitrariedades. Actúan al margen de la credibilidad y se conceden el capricho de decidir según sus intereses. No precisan ser fiables. Es la antítesis de lo que representa una sociedad abierta.
En la democracia, en cambio, rige el Estado de derecho. Allí las conjeturas no alcanzan ni siquiera para una denuncia penal. Se requieren fundamentos y pruebas, porque el sistema judicial se sostiene en evidencias para reconstruir los hechos, no en meras inferencias.
En un sistema democrático tampoco tiene cabida la falta de credibilidad. La denuncia y la veracidad de los hechos son evaluadas en un proceso judicial, lo que blinda a la sociedad contra acusaciones antojadizas, como aquellas que en el pasado bastaban para tildar a un vecino de comunista y amenazarlo junto a su familia.
Es importante reconocer que en Paraguay se está construyendo una democracia, la primera que se consolida en la historia del país. Por ello, volver al método autoritario de fabricar denuncias falsas o maliciosas constituye un atentado contra la República. Tales prácticas responden a intereses que no buscan justicia, sino provocar consecuencias semejantes a las de regímenes cerrados.
En un Estado de derecho, expresiones como “dicen que”, “me contaron” o “parece que” tienen escaso o nulo valor. Ni siquiera son suficientes para una nota en la prensa seria. Una investigación penal se nutre de indicios firmes que permitan inferir la existencia de un delito. Por lo tanto, no caben las sospechas fabricadas sobre simples suposiciones.
La experiencia de gobiernos como los de Nicolás Maduro en Venezuela, Daniel Ortega en Nicaragua o la herencia de los Castro en Cuba confirma que se recurre al “dicen que” para perseguir a los considerados rivales. En esos países, los medios de comunicación se llenan de hipótesis que degradan la calidad de la información.
Este paralelismo reafirma que la responsabilidad por la credibilidad y la veracidad también recae en los medios de prensa. La democracia se fortalece con hechos comprobados, y es un ejercicio cotidiano en todas las áreas de la vida social.
La Tribuna cuida de no dar titulares ni portadas a suposiciones. Partimos de un principio claro: si no alcanzan para una denuncia penal, menos aún sirven para una cobertura periodística seria. Carece de lógica y solo genera ruido vacío.


