La Tribuna cumplió una de sus premisas marcadas desde su retorno como impreso: ser parte de la Sociedad Interamericana de Prensa. El aporte será cumplir con la SIP en la defensa de la libre expresión haciendo igualmente oposición a ese modelo de negocio basado en la desinformación y la extorsión, que mata la credibilidad de la prensa.
Ciertos grupos se resisten a enfocarse en el tema. Les resulta más cómodo aplicar la política del avestruz, que es una metáfora que describe la actitud de ignorar, negar o evitar la realidad en lugar de afrontarla, creyendo que si uno no la ve, dejará de existir. No es así, ese modelo de negocios con foco en el chantaje y la competencia desleal es una de las causas del declive de la confianza en la prensa.
En la propia Asamblea de la SIP, en ciertas charlas, se mencionó el terrible flagelo. En Paraguay, por citar la situación local, hay un ambiente de ocultamiento del despropósito antes que la atención a la autoevaluación en el objeto de evitar y corregir errores. Increíblemente, los que más pontifican sobre la libertad de prensa son los que apelan a la coacción mediática, con lo que deterioran –con sus actos– la imagen del periodismo.
El costo que pagamos por volver en papel e integrar VMedia con canales de televisión, emisoras de radios, digitales y todos los soportes modernos actuales es muy alto para eludir un cáncer que mata: ese modelo de negocio que utiliza a la prensa para beneficios personales y de grupos. Eso se sabe, ya no se puede ocultar a la opinión pública, que no es ciega ni muda.
Lucrar con la desinformación está lejos del deber de la prensa, la cual está obligada a verificar y contrastar sus contenidos. La gente no es tonta: percibe perfectamente cuándo una línea editorial responde solo a los intereses de un determinado grupo o actor, desplegando campañas interminables para perjudicar incluso a su competencia directa.
El papa León XIV habló de eso, sabiamente, en su encíclica “Magnífica humanitas”: las narrativas tendenciosas disfrazan, tergiversan y aniquilan los hechos. Existen medios que exageran, confunden y mienten adrede en nombre de la libre expresión. ¿Es esto real? Por supuesto; es un modelo que se sustenta en la desinformación.
Se debe hacer el esfuerzo, duela a quien duela, de proteger el ADN y la razón de ser de ese “mejor oficio del mundo” del cual sentía afecto y orgullo el gran Gabriel García Márquez. No se puede permitir que sea desplazado por esa desinformación industrializada tomada como estrategia lucrativa.
La prensa es noble. Por ende, no debe caer y mantenerse en manos de perversos que hacen y buscan negocios sostenidos en falsedades. Por más estudios que muestren que las noticias falsas cargadas de emociones intensas se propagan más rápido que las verdaderas, hay que ventilar ese negocio de la desinformación, que actualmente está liquidando el crédito del periodismo ante el público.


