Una campaña sucia guiada, en el contexto de la competencia desleal en un mercado libre, es una estrategia fraudulenta. En ese marco están el que lidera la comunicación y los satélites encuadrados a repetir y seguir la misma línea de vocería. Se produce en un ámbito orientado a confundir, desprestigiar y perjudicar –de forma premeditada– al competidor.
Con 100 años de vida hemos aprendido a desarrollar el análisis para ubicar esas operaciones periodísticas, sean las usadas para destruir una marca, la imagen de una persona o institución o las que están dirigidas a aplacar a la competencia. Esas tácticas deshonestas, en palabras directas, constituyen una guerra sucia.
Quienes recurren a tales acciones lo hacen, mayormente, por algún complejo, por propia incapacidad en asumir la realidad o para desviar la atención de la opinión pública ante algún foco, tal vez, de jurisdicción judicial. Los que la ejecutan hacen el despropósito sin descaro. Obviamente no se detienen a medir reputación, crédito ni honorabilidad.
La descripción que hacemos de la campaña sucia no azuza ni busca la devolución de la agresión. No. En absoluto. La idea es hacer notar que es una torpeza pretender que las artillerías con su intencionalidad no sean percibidas. En nuestro caso las distinguimos con mayor claridad, pues desde el retorno en impreso somos objeto de la atención del medio colega que lleva la batuta en la práctica del engaño.
Es grave y existe hasta mala fe en lo que insinúa y hace correr bajo la mesa, ya que con cierta cobardía quiere dar a entender que los puestos periodísticos y el trabajo en general se sustentan en lo ilegal y que nuestra voz como prensa es para blindar presuntamente dichas anomalías legales. Observando desde todo punto de vista, eso es grave.
Los que mantienen, históricamente, ese estilo de prensa, que daña la profesión y el negocio, se engañan a sí mismos desde el momento en que subestiman al público. En este punto, aprovechamos la ocasión para agradecer la solidaridad de los lectores, que se dan cuenta de la hipocresía del colega ABC Color.
Pese a todo, no vamos a caer en ninguna reacción. Ni a pedido alguno para el cese de esas conductas indebidas. Cada quien es responsable de su comportamiento. Aunque nuestro caso es diferente al de la sociedad en general, que debe saber su derecho a la rectificación pública en caso de verse afectada por alguna campaña sucia.
En el campo político hay un ejemplo claro de guerra sucia. Lo soportó el expresidente y actual titular de la Junta de Gobierno, Horacio Cartes. Esa misma prensa lo sometió a un implacable linchamiento mediático: lo perjudicó sobremanera, y hoy a la luz de los perjuicios causados no se conoce de alguna indemnización por daño económico/financiero, lucro cesante y lo emergente a la reputación y probables otras consecuencias.
Moraleja: la prensa no está para denigrar, difundir información falsa o dirigir una malintencionada campaña sobre marcas, productos, servicios, solvencia financiera, instituciones o para denigrar la reputación del competidor. Eso constituye un atentado contra la sana competencia y la libertad de mercado y, especialmente, contra la confianza en el periodismo.


